Monday, January 05, 2009

O androide que odiaba as mulheres


El androide que odiaba a las mujeres

Por Louis Bourdon

trad. Luis Elvira


Esquirlas de Antonia soñaba con los campos de batalla de la guerra de las máquinas, fraguando una conspiración en contra del doctor Otrora y lanzándose cabeza en llamas frente a los cuerpos metálicos de las tanquetas anti-motines, como un paisaje estallado en explosiones y escombros, en el cual pudiera escuchar cantos evangelizantes en el último momento de expirar para siempre.


Erwin era un androide borracho que gustaba de la música grunge y sentarse en las tardes en los columpios de los parques infantiles que le recordaban a su propio hijo, al cual había perdido en los litigios al considerársele un androide disfuncional y depresivo al cual su propio dominio era claro le resultaba inaprensible.


Me gustaba consolarme del dolor del mundo en el bar de arriba, en el cual acostumbraban a dejar el ten de Pearl Jam sonando toda la tarde, la cerveza, no entraban chicas, el sol sobre los tejados de la ciudad a los cuales podías observar desde la ventana de aquel bar y refugiarte en el horizonte como último refugio para opacar las lágrimas; ya sabes, ya sabes. Como lo mismo de siempre, una manera de respirar en el mundo pero sin disturbar a nadie, nadie se percataba de tu presencia y tu sorbías tu cerveza helada fijo en el sol desfalleciente de aquella tarde de imprecaciones mudas, absorto en tus pensamientos, tus renovadas nostalgias, como con nuevas alas zurcando los cielos de las brillantes tristezas, y sintonizado en su propio ritmo, en su propio ritmo de vértigos; ay, ya sabes, el cansancio tiene sus maneras de menearse en tu cabeza.


Erwin lo miro a él. Es un androide borracho sin esperanzas. Alguna vez quiso también entrar en las disputas de las guerras de máquinas pero ya antes de haber entrado lo había aplastado su propio miedo, sus culpas, ese remordimiento atascado en su corazón de polímero.


También Esquirlas de Antonia mira a Erwin, pero esto yo no lo podría saber, supongo que ella también lo habrá mirado, por la forma en que observa el mundo. Alguien dijo alguna vez algo brillante en el prólogo de su propio libro: esta diatriba nace de la inquietud que me causa lo inquietante. Esquirlas de Antonia sabe que Erwin no es el androide que recibirá la beneficiencia del estado ni de los hombres.


Erwin está sentado en el parque infantil, meciéndose en su propio columpio de incertidumbres, con una mano agarrada al oxidado hierro y la otra con una botella de ron. Está borracho, cómo más cabe imaginarlo, pero no muerto, sino deseoso de muerte, vitalmente lleno de tinieblas en sus propios ojos de pasmado de la muerte.


Erwin sabe que allá afuera hay tanta vida, tanta felicidad de por medio, tantos deseos y lujuria; manifestaciones eróticas para no morirnos. Pero resulta que Erwin es tan feo como yo, es un pobre hijueputa, eso es, un pobre nada, un idiota a lo sumo. Alba le dice a Erwin: Erwin no eres filósofo, ni periodista, ni hetero, ni gay... no eres hombre ni eres robot. Qué eres Luis, nada. Dime qué te crees Erwin. Acaso hay que ser algo y no sólo un idiota androide.


Mire Erwin no tiene el pelo castaño, ni tiene una risa matadora, no tiene una inteligencia deslumbrante, ni gran cuerpo, es tonto, parece un idiota, un bobo, Erwin se parece tanto a quien lo observa desde este bar de arriba que me resulta horrible hablar de él, me resulta horrible escribirlo.


A Erwin una mujer no se lo follaría a la primera noche de conocerlo, eso se lo ha dicho su propia ex-androide la noche pasada. Erwin qué es. Si no fuera por su hijo, al que se lo han arrebatado, sería una pobre lata yonqui tirada en la cloaca, y a esta conclusión llegó su ex-androide, junto a su amiga Salx. Por otra parte a las anteriores androides que tuvieron relaciones con Erwin por pura desfachatez les encanta presumir de que tiran cada noche con el primero que conocen; sí, para reafirmele su idiotez de haber amado puras putas.


A Erwin la única manera de estar con mujeres, es decir, del género humano, es pagando, descargando de su tarjeta de emergencia. Vamos a imaginar el cuadro:


Son las tres de la tarde de un viernes en el que en todo caso no habrá sexo con ninguna desconocida. Erwin va a sacar una declaración extrajuicio a una notaría. Después de la diligencia se sienta a tomarse una cerveza para aliviar la sed. Allí la camarera lo ve con algo de pesar y simpatía. Una chica simpática. Le encantaría hacerle el amor, ahí mismo, y luego irse y pensar en lo fascinante que fue hacerle el amor a esa perfecta extraña, con un color de piel tan fascinante, con su pelo rubio aún recogido de los deberes. Pero ella lo mira como con pesar y piensa: qué desperdicio de chico este androide. Entonces Erwin sale ya medio muerto de aquella pretensión de refrescarse, sólo para morirse de sed en ser deseado, y termina en una barricada de frente de guerra, dispensando monedas a una tragaperras y de allí sale una manguera en forma de vagina y él la conecta a su miembro, empieza a descargar todo su dolor sobre esta máquina y la máquina le dice "karlo me estás tallando el hombro" pero perdura hasta terminar. Se pone los pantalones muerto de la tristeza por tener que pagar algo que muchos consiguen con sólo mostrar sus caries. Y la máquina le dice: te espero pronto guapo.







5 comments:

Lain said...

Eso nunca lo dijo ex-androide, lo dijo el mismo Erwin mientras a ella le lanzaba repetidos puñetazos a la cara.

Lain said...

Eso nunca lo dijo ex-androide, lo dijo el mismo Erwin mientras a ella le lanzaba repetidos puñetazos a la cara.

Viviana said...

Elvira era un personaje tierno e ingenuo en medio de todo, deberías llevar otro seudónimo, ese no te queda muy bien, no va con tu espíritu gilipollas

Addiction Kerberos said...

Es porque Elvira no escribió el texto, fue su traductor sencillamente.

Viviana said...

Como sea, el pequeño abejorro tampoco odiaba a las mujeres, ni siquiera les ponía una mano encima