Tuesday, April 29, 2008

Kerberos Monogatari

En el antejardín de mi casa decidí recostarme un poco a tomar sol. Sentí un poco de alivio al poder recargar las energías de mi cuerpo en este breve plazo sin lluvia y niebla. Me cubrí los ojos con los dos brazos y yací con los ojos cerrados sintiendo el abrigo del sol en mi barbilla, en mis mejillas, en mis brazos, en mis piernas. Me vino a la memoria la imagen que mi amigo me mandó al correo, en el que se veía cómo el sol era inclementemente atacado por una gigantesca ola de gas caliente desplazándose a una velocidad desmesurada recubriendo el sol por completo en media hora. El fenómeno fue llamado por los científicos, a manera de analogía, como el tsunami solar y resultaba asombroso comprobar que la energía provocada por el fenómeno podía desatar en un segundo dos mil millones de veces todo el consumo de la energía mundial. Pensé en el pobre sol allá sumergido a la vertical de una galaxia hermosa, que no por necedad se llamó la vía láctea, compuesta por millones de soles y en el centro una hermosa conflagración de luminarias divinas a las que se dirige su ápex. Volteé la cara un instante y un penetrante olor a sal me llegó al fondo de la nariz. De inmediato reconocí su repugnancia y aún con los ojos cerrados traté de explicar el origen de este hedor. Incluso me olí al pensar que yo era el origen de esta pestilencia. Lo sorprendente es que olía a carne. Sentí por un instante como si hubiera pasado un año sin que yo me hubiera percatado y fuera yo quién empezara a desintegrarme bajo el efecto de un sol voluntarioso empeñado en surcar su camino hacia el centro de la luz absoluta. Decidí abrir los ojos asustado por el rumbo de mis pensamientos y al volver de nuevo mi cara encontré el origen del apestoso olor. Dos pedazos de costilla se podrían en el césped. No sé el por qué se encontraban allí pero dejaban una desalentadora premonición de muerte. Es algo que no quieres ver en el centro de tu antejardín en la apacibilidad de un mediodía. Quieres ver las flores celebrando su alimento solar, quieres ver los niños jugando, quieres ver el verde brillando. De repente estás acostado y tu cabeza está en medio de dos pedazos de costilla en estado de putrefacción desde hace varios días. Entiendes que tu cabeza también se pudre por efecto de ese sol sin el que nada sería tampoco posible. Anoche tuve un sueño que de alguna manera me conecta con el episodio de las costillas podridas. Me encontraba con ella y a veces yo llevaba en mi maleta dos cervezas. Una para ella y otra para mí. Nos la tomábamos en el bus. Un señor nos preguntó si ese ramo de flores era artificial. Yo recuerdo que lo llevaba como si fuera una bolsa y la pobre matica sufría mucho. Es natural, le contesté al señor que iba en el bus. Ellos eran de Pereira por la conversación, pero tenían una charla tan amena y grata que más de una vez me descubrí sonriendo con ella de las ocurrencias de la pareja. La noche era triste y terminamos en una cantina oscura hasta que cerraron las puertas y terminaron sacándonos. Antes compramos una media de aguardiente y la terminamos en el parque. En el sueño yo estaba al lado de un reconocido escritor bogotano. Él bajaba por las escaleras eléctricas, pero como eran tan estrechas yo había decidido cogerlo de la mano y bajar de un lento salto como un aterrizaje de superhéroe. El escritor sorprendido me preguntaba cómo lo había hecho y yo le había contestado: ya ves, tu escribes, yo vuelo. Luego él se encontraba con su familia y lo habían recibido de una manera que me parecía tan bogotana que había decidido mantenerme aparte porque no tolero mucho estas muestras de afecto retenido de los bogotanos clase media-alta. Luego me había dirigido al baño y el escritor me había dicho que lo esperara. El baño estaba atestado de viajeros que seguramente habían sometido sus tripas a lo largo de todo el viaje y ahora se desquitaban. Lo recuerdo porque veía debajo de las puertas para ver qué cabina se encontraba vacía y todo lo que veía eran zapatos mirando al frente con pantalones caídos. No había remedio, tenía que usar el orinal. Allí ya se encontraba ese escritor bogotano orinando. Yo me saqué la pollita para orinar pero me resultaba incómodo. Eran de esos orinales que se disponían de a cuatro. Dos en un lado y otros dos justo al frente, así que uno tenía que ver a la persona que estaba en frente de uno meando. A mi lado estaba el escritor bogotano, ya empezaba a soltar el chorro. Al frente mío un negro de pelo corto afro esponjado. Saqué mi pollita para disponerme a orinar. Siempre me ha resultado lo más de incómodo del mundo tener que orinar al lado de una persona, ahora al frente inmediato de otra se me hacía imposible sencillamente. Para empeorar la situación el negro jadeaba. Ahora se quejaba y hacía toda clase de sonidos. Yo esperaba a que el chorro saliera. El negro empezó a remilgar en inglés. Yo me miré con el escritor. EL escritor dibujó una risa en la cara, mientras satisfecho se guardaba su pija en el pantalón. Yo traté de concentrarme y no hacer caso del hombre del frente. Pero el hombre empezó de nuevo: oh my god, yes, yeah, come on' man, yes, let it go man. Bajé la cabeza hasta tocar la mandíbula con el pecho y empecé a sonreír un poco. Subí la mirada y el hombre me miraba con cara de reproche. Cerré los ojos y traté de seguir en lo mío. Pero el negro seguía y cada vez lo hacía con un acento sureño más pronunciado: yes, man, come on, show me what you got. Ahora no podía retener la risa y empecé a reirme. Ahora ya no podía aguantar más la risa y resulté soltando una carcajada lo más de estruendosa: JAJAAJAJAJA y era como si la carcajada me ganara porque el hombre me miraba con la frialdad de un asesino pero yo no apenas me detenía en su cara y escuchaba sus quejidos ingleses y otra vez la carcajada volvía cada vez en un grado que yo desconocía capaz de contener. Viendo que era imposible mear en estas condiciones decidí meterme la polla en el pantalón e ir a lavarme las manos. Atrás de mí venía el hombre negro de mediana edad, tamaño promedio y peso pluma. Yo me lavaba las manos y el escritor al ver problemas decidió retener la amenaza. El negro se abalanzaba hacia mí pero el escritor lo lograba controlar. Entonces el negro empezó a gritarme: tú motherfucker no sabes quién soy yo, yo en mi juventud fui boxeador y tú una pequeña mierda, eres una pequeña mierda que se burla de los viejos. A mí me daba mucha risa el señor y la situación. Recuerdo a la gente saliendo de las letrinas, aún un poco desconcertadas por tener que verlas con su sistema digestivo, y sin entender el por qué de la tensión latente entre el señor moreno y yo. En un momento de descuido de mi amigo (¿?) escritor, el exboxeador se soltó y se abalanzó sobre mí. Me cogió del cuello y yo trataba de vencerlo con mi altura pero era imposible ante la fuerza de él. Trataba de codearle la cara pero el verle la cara me daba mucha risa, así que en un momento en que no contuve mi risa el hombre aprovechó y me pegó mi primer puño a la ceja derecha y recuerdo que en ese instante yo tenía tanta energía que no podía sino reir como un desesperado aún cuando tuviera la mitad de la cara llena de sangre por el chorro que se desprendía de la ceja. Yo seguía de píe y lo empujaba y le decía: yeah, let it go man. El hombre más se enfurecía y me daba golpes al estómago que me provocaba flatulencias que eran recibidas con mucha gracia y me provocaban más carcajadas frenéticas. En un momento el negro se abalanzó sobre mi cuello y me llevó a una letrina que quedaba en una esquina. Me cogió la cabeza y me la dirigió con el fin de hundirla en el agua. A lo que yo le decía: No, es demasiado americano, lavarme la cabeza en la taza de baño es demasiado americano.. y no podía dejar de reir. El escritor me salvó de las garras del endemoniado hombre negro y me llevó al lavamanos con el fin de lavarme un poco las heridas. Pero el negro se acercó con las manos empapadas y decía: esto es agua de la taza de baño y tendrás que chuparla de mis dedos hijoputa. Así que aún con el escritor teniéndome medio arrastrado en el piso, el negro se puso encima mío y me metió los dedos a la boca y me decía: chupa, chupa que estos es lo tuyo, agua de mierda, hermano. Y yo le chupaba los dedos con mucha gracia, como si fuera un acto de la más excelente calidad sexual y le decía: hmmm qué rico, qué rico papi esos deditos. Recuerdo que amanecí, aún con el recuerdo de esa risa frenética en mis labios, con esa sensación de ser mancillado hasta la muerte pero con una risa encarnada en lo más fondo que ponía una distancia entre mí y las situaciones que me ocurrían, como si mi cuerpo también fuera una bolsa que requiere explotar para encontrar qué ahí allí adentro. Hoy siento que perfectamente podría ir a la tienda y encontrarme a ese hombre de cabellera corta afro y decirle que ejecutáramos un acto igual de escandaloso sólo para probar las posibilidades de nuestra embriaguez.

1 comment:

andres felipe said...

Y cómo los sueños se repitenen estas vigilias hasta ser una masam un tsunami atestado de pesadillas continuas.