Friday, March 28, 2008

la cárcel

Soy un fugitivo. Juzgado por cometer el peor de los crímenes en la presente Tierra. Alta traición. Cómo no cometer tal crimen? Pero todos se creen dignos de juzgar. Soberbios señalan y decretan. El planeta Tierra debería llamarse planeta legajo judicial. En la nave en que me abordaban al planeta de la espuria me llamaban el preso Kafka. Abría mis ojos para proveer de luz a mi alrededor. Mis dedos eran rayos de sanación. Mi cuerpo era una morada traicionera de altas montañas de supremacía dolorosa. Y tuve que partir del planeta legajo judicial hacia mi propia colonia penitenciaria. Una colonia capaz de rebanarme a tajos y aplanarme como una rata enferma. En medio de los rayos solares y los gases del universo que me rodearan como un ciclón en torno a mis sueños. A Franz Kafka le llamaban El Topo a su vez. Curioso que no me llamen El Topo y me digan Kafka. A Franz Kafka lo sentó definitivamente el decreto de la tuberculosis. Tuvo que morir en medio de los legajos. La gravedad de la fuerza de ley. No llegarás ni a Andrómeda si te atienes a las pesas de la fuerza de ley. Soy un santo, pero no me entenderías si te digo santo y no fugitivo, entiendes fugitivo porque entiendes el lenguaje del legajo. Me desempeñaba como misionero ante los nativos de Io. Largas jornadas de camadarería y trabajo en conjunto para la construcción de templos y muros de los lamentos. Amé a la nativa Adriana. Ella me cobijó en sus brazos y debajo de la tienda de campaña consumamos nuestro fervoroso amor en la entrega de nuestros cuerpos. En las ocasionales mañanas que el estúpido planeta obeso concedía, la encontraba desnuda, su cuerpo ovillado brillante como un mineral enriquecido, sus manos cerradas sobre sus pómulos. Las jornadas continuaban y los trabajos dignificaban nuestra presencia en la peturbada luna. A veces escapaba hacia las nubes doradas para encontrar mi sitio de lágrimas. Una melancolía que me llenaba y me hacía sentir un hombre. Me arrodillaba ante el holograma de una zarza ardiente y cerraba mis puños sobre mis agotados ojos. Las naves de la jurisdicción policial del Universo Humano no tardaron en demorar con sus cachiporras y arbitrariedades justificadas. Para ellos ya no existe Dios. Para ellos Dios ha sido lo creado por el Universo Humano. Legisladores, poetas, músicos, misioneros, científicos; todos no son más que policias del Universo Humano. Universo de Policias y Cachiporras, si me lo preguntan. El obispo Hare se ha enterado por fuentes confiables de mi relación pecaminosa con una de las nativas de Io. Un misionero que no contenga las flaquezas de la carne no vale una mierda para la arquidiócesis del sistema solar. Es un ser que merece todo el desprecio y repugnancia de la santidad de la oficina de relaciones públicas de Dios. Como el pájaro espino de Io divago por los sistemas de volcanes y lava en suspensión. Me albergo a merced de criaturas ignominiosas que me lavan los cansados pies en saliva silícea. Abro el cofre de mis sacrificios a ellos y se los entrego en sangre ardiente para que lo conserven en sus cuevas a fin de llenarlas de murmullos de magia. A Adriana la encapsularon en una caja de tornillos. Le llamaron Puta y le cercenaron el color petróleo de su carne. Dios perdona; ellos señalan. Dios redime; ellos acusan. El Dios que yo predico es otro. Es uno compasivo, rebosado de amor y cariño por su creación. No temo en declarar que mi Dios está más vivo que el falso Dios inflexible y severo de los policias que se hacen llamar raza humana. Veo a mi Dios en los ojos de la criatura que me escupe su milagrosa saliva silícea al fondo de la cueva de Io y se preocupa por mi cuidado y salvarme de las cachiporras de mis semejantes que vienen a toda prisa, con sus libros putrefactos llenos de letras muertas. Ellos reclaman "al nuestro". Ellos se reconocen fácilmente en mí porque todo lo que odian de ellos yo lo encarno. Sometiéndome, rebajándome, ellos son más puros y más libres. Beso al inhumano y subiendo delicadamente mi puño sobre su trasero hasta llegar al fondo de su corazón le transmutó la información sobre mi obligación de entregarme a las cadenas de las voces de las bestias humanas. Me aferra dentro de sí, succionándome con toda la fuerza de su ano hasta arroparme de lleno en su carne. Ahora estoy dentro de su reino. Soy parte suya como él es algo mayor a mí. Bajo su piel comprendo el Espacio y comprendo que no existe un solo Espacio. No fue un sólo estallido. No fue una sola realidad desprendida. No es ni siquiera lo que imaginamos que es o no es. Dentro de la capa de su naturaleza foránea siento como las novas estallan de júbilo por la belleza de mis ojos. Es algo que requeriría del esfuerzo de un centro de alta investigación poética para poder ser expresado y ni siquiera de esa forma se expresaría. Es como una semántica de las luces que recorren las corrientes del cosmos confesando una historia de amor entre un niño y una comadreja. Me pego puños en la nariz de lo puro triste que estoy. Me pego golpes en el vientre. Siento alegría de estar tan triste. Quiero perderme en esta tristeza que me arrebata de mi propio ser y seguir esta corriente que me pierde en la noche. Yo estoy bailando en mi propio desarraigo pero ellos sólo ven a uno "de los suyos". Ellos hablan un lenguaje que sólo expresa las órdenes que ellos comandan. Digo Hola pero no es Hola lo que significa cuando digo Hola y ellos entienden Hola y me esposan las manos pero ni siquieran han tocado mis manos porque mis manos están tocando el rostro de Adriana que es otra forma de Andrómeda. La raza policiaca prueba sus cachiporras con mi cabeza y me dirige hacia el exoplaneta de la espuria. Me llaman sardónicamente el preso Kafka. Pero deberían llamarme de verdad Kafka y decirme El Topo. Al César lo que es del Káiser, mi cuerpo responde a otra correspondencia. Morí con Adriana. Tragando tornillos y quebrando todos mis huesos en la diminuta caja. Morí de esta forma porque morí con la raza humana. Morí con las víctimas que el hombre consideró culpables. Mi misión en Io fue revelar a Dios y revelé la libertad inherente a la tela del Espacio. Soy un fugitivo aún estando a la merced inmisericordiosa de ellos. Sobre mi piel brota otra piel ajena a la naturaleza familiar. Mi mirada se posa sobre los astros y mis oídos son antenas de versos divinos. Ante los hombres no lloro pero dentro de mí soy un río de lágrimas y rendición ante el milagro absoluto de la palabra viva. La sangre que me recorre no es la que brotará ante mi muerte en cualquier andén de Bogotá, verdadero nombre del exoplaneta de la espuria, es una sangre que eleva los horizontes hacia su palacio. No soy "uno de ellos", ni "uno de los suyos", sus leyes no me afectan, sus deseos no tienen resonancia en mi corazón. Nací en los llanos orientales siendo un fugitivo, estando ya tragado por el culo de otra entidad del Universo. Bajo ella respiro y en sus dominios inscribo la progresión de las rosas que deben contarse sobre la tierra. Adriana me espera y Adriana me deja. Adriana sabe que nuestro lugar está más allá de las nebulosas, en donde telamos risas de bebés. A veces me olvido. A veces me reconozco sobre el polvo que rodea el planeta. A veces me sumerjo en el océano por las noches y me hago llamar el hijo del sol. Un espejo se cierra sobre el cielo de la noche y me impide ver de dónde provengo. Me robo la nave de FedEx pero las puertas están cerradas para los ojos ciegos. Me pierdo en la noche de la vida sin saber que mi estrella brilla en el sendero de la muerte. Ráfagas fulminantes de condenas atan mis hombros y me impiden exhalar el verdadero aliento de las voces que cobijo. Sólo cuando me encuentro con mi verdadero pecado, con mi verdadera culpa, es que reconozco la criatura que me protege. Morí en las montañas de Io pero de las cenizas surgió una llama. Dios no necesita moralistas de su lado sino gente que lo ame. Me atraganto con mi propia condición y es cuando le imploro a mi protector que no me abandone. No abandonarme a mi miseria en este oscuro vacío. Soy pura tecnología y mis venas son cables fríos, con algo de información religiosa aprendí a apostarle a Dios y ahora ante el límite de mi calculada hora sólo imploro por calor divino. Quiero creer, quiero ser uno contigo.

2 comments:

Homo habitus said...

que imagen la del niño con el revolver en la cabeza. cuando estamos niños no nos damos cuenta del límite entre la realidad y el juego, no sé el contexto de la imagen pero me impactó.

verónica
www.homohabitus.org

Tadeshina said...

Luigi lugosi: Qu� bonito texto Luis, emana esa tristeza que me acab� de despedazar...Qu� bello y acertado acercamiento a los t�rminos de lo feo y lo divino. Lo que habl�bamos esta tarde de los m�sticos, de Witkin, recuerdas?.

Ver�nica: La foto es de Steve McCurry :P