Friday, March 28, 2008
la cárcel
Soy un fugitivo. Juzgado por cometer el peor de los crímenes en la presente Tierra. Alta traición. Cómo no cometer tal crimen? Pero todos se creen dignos de juzgar. Soberbios señalan y decretan. El planeta Tierra debería llamarse planeta legajo judicial. En la nave en que me abordaban al planeta de la espuria me llamaban el preso Kafka. Abría mis ojos para proveer de luz a mi alrededor. Mis dedos eran rayos de sanación. Mi cuerpo era una morada traicionera de altas montañas de supremacía dolorosa. Y tuve que partir del planeta legajo judicial hacia mi propia colonia penitenciaria. Una colonia capaz de rebanarme a tajos y aplanarme como una rata enferma. En medio de los rayos solares y los gases del universo que me rodearan como un ciclón en torno a mis sueños. A Franz Kafka le llamaban El Topo a su vez. Curioso que no me llamen El Topo y me digan Kafka. A Franz Kafka lo sentó definitivamente el decreto de la tuberculosis. Tuvo que morir en medio de los legajos. La gravedad de la fuerza de ley. No llegarás ni a Andrómeda si te atienes a las pesas de la fuerza de ley. Soy un santo, pero no me entenderías si te digo santo y no fugitivo, entiendes fugitivo porque entiendes el lenguaje del legajo. Me desempeñaba como misionero ante los nativos de Io. Largas jornadas de camadarería y trabajo en conjunto para la construcción de templos y muros de los lamentos. Amé a la nativa Adriana. Ella me cobijó en sus brazos y debajo de la tienda de campaña consumamos nuestro fervoroso amor en la entrega de nuestros cuerpos. En las ocasionales mañanas que el estúpido planeta obeso concedía, la encontraba desnuda, su cuerpo ovillado brillante como un mineral enriquecido, sus manos cerradas sobre sus pómulos. Las jornadas continuaban y los trabajos dignificaban nuestra presencia en la peturbada luna. A veces escapaba hacia las nubes doradas para encontrar mi sitio de lágrimas. Una melancolía que me llenaba y me hacía sentir un hombre. Me arrodillaba ante el holograma de una zarza ardiente y cerraba mis puños sobre mis agotados ojos. Las naves de la jurisdicción policial del Universo Humano no tardaron en demorar con sus cachiporras y arbitrariedades justificadas. Para ellos ya no existe Dios. Para ellos Dios ha sido lo creado por el Universo Humano. Legisladores, poetas, músicos, misioneros, científicos; todos no son más que policias del Universo Humano. Universo de Policias y Cachiporras, si me lo preguntan. El obispo Hare se ha enterado por fuentes confiables de mi relación pecaminosa con una de las nativas de Io. Un misionero que no contenga las flaquezas de la carne no vale una mierda para la arquidiócesis del sistema solar. Es un ser que merece todo el desprecio y repugnancia de la santidad de la oficina de relaciones públicas de Dios. Como el pájaro espino de Io divago por los sistemas de volcanes y lava en suspensión. Me albergo a merced de criaturas ignominiosas que me lavan los cansados pies en saliva silícea. Abro el cofre de mis sacrificios a ellos y se los entrego en sangre ardiente para que lo conserven en sus cuevas a fin de llenarlas de murmullos de magia. A Adriana la encapsularon en una caja de tornillos. Le llamaron Puta y le cercenaron el color petróleo de su carne. Dios perdona; ellos señalan. Dios redime; ellos acusan. El Dios que yo predico es otro. Es uno compasivo, rebosado de amor y cariño por su creación. No temo en declarar que mi Dios está más vivo que el falso Dios inflexible y severo de los policias que se hacen llamar raza humana. Veo a mi Dios en los ojos de la criatura que me escupe su milagrosa saliva silícea al fondo de la cueva de Io y se preocupa por mi cuidado y salvarme de las cachiporras de mis semejantes que vienen a toda prisa, con sus libros putrefactos llenos de letras muertas. Ellos reclaman "al nuestro". Ellos se reconocen fácilmente en mí porque todo lo que odian de ellos yo lo encarno. Sometiéndome, rebajándome, ellos son más puros y más libres. Beso al inhumano y subiendo delicadamente mi puño sobre su trasero hasta llegar al fondo de su corazón le transmutó la información sobre mi obligación de entregarme a las cadenas de las voces de las bestias humanas. Me aferra dentro de sí, succionándome con toda la fuerza de su ano hasta arroparme de lleno en su carne. Ahora estoy dentro de su reino. Soy parte suya como él es algo mayor a mí. Bajo su piel comprendo el Espacio y comprendo que no existe un solo Espacio. No fue un sólo estallido. No fue una sola realidad desprendida. No es ni siquiera lo que imaginamos que es o no es. Dentro de la capa de su naturaleza foránea siento como las novas estallan de júbilo por la belleza de mis ojos. Es algo que requeriría del esfuerzo de un centro de alta investigación poética para poder ser expresado y ni siquiera de esa forma se expresaría. Es como una semántica de las luces que recorren las corrientes del cosmos confesando una historia de amor entre un niño y una comadreja. Me pego puños en la nariz de lo puro triste que estoy. Me pego golpes en el vientre. Siento alegría de estar tan triste. Quiero perderme en esta tristeza que me arrebata de mi propio ser y seguir esta corriente que me pierde en la noche. Yo estoy bailando en mi propio desarraigo pero ellos sólo ven a uno "de los suyos". Ellos hablan un lenguaje que sólo expresa las órdenes que ellos comandan. Digo Hola pero no es Hola lo que significa cuando digo Hola y ellos entienden Hola y me esposan las manos pero ni siquieran han tocado mis manos porque mis manos están tocando el rostro de Adriana que es otra forma de Andrómeda. La raza policiaca prueba sus cachiporras con mi cabeza y me dirige hacia el exoplaneta de la espuria. Me llaman sardónicamente el preso Kafka. Pero deberían llamarme de verdad Kafka y decirme El Topo. Al César lo que es del Káiser, mi cuerpo responde a otra correspondencia. Morí con Adriana. Tragando tornillos y quebrando todos mis huesos en la diminuta caja. Morí de esta forma porque morí con la raza humana. Morí con las víctimas que el hombre consideró culpables. Mi misión en Io fue revelar a Dios y revelé la libertad inherente a la tela del Espacio. Soy un fugitivo aún estando a la merced inmisericordiosa de ellos. Sobre mi piel brota otra piel ajena a la naturaleza familiar. Mi mirada se posa sobre los astros y mis oídos son antenas de versos divinos. Ante los hombres no lloro pero dentro de mí soy un río de lágrimas y rendición ante el milagro absoluto de la palabra viva. La sangre que me recorre no es la que brotará ante mi muerte en cualquier andén de Bogotá, verdadero nombre del exoplaneta de la espuria, es una sangre que eleva los horizontes hacia su palacio. No soy "uno de ellos", ni "uno de los suyos", sus leyes no me afectan, sus deseos no tienen resonancia en mi corazón. Nací en los llanos orientales siendo un fugitivo, estando ya tragado por el culo de otra entidad del Universo. Bajo ella respiro y en sus dominios inscribo la progresión de las rosas que deben contarse sobre la tierra. Adriana me espera y Adriana me deja. Adriana sabe que nuestro lugar está más allá de las nebulosas, en donde telamos risas de bebés. A veces me olvido. A veces me reconozco sobre el polvo que rodea el planeta. A veces me sumerjo en el océano por las noches y me hago llamar el hijo del sol. Un espejo se cierra sobre el cielo de la noche y me impide ver de dónde provengo. Me robo la nave de FedEx pero las puertas están cerradas para los ojos ciegos. Me pierdo en la noche de la vida sin saber que mi estrella brilla en el sendero de la muerte. Ráfagas fulminantes de condenas atan mis hombros y me impiden exhalar el verdadero aliento de las voces que cobijo. Sólo cuando me encuentro con mi verdadero pecado, con mi verdadera culpa, es que reconozco la criatura que me protege. Morí en las montañas de Io pero de las cenizas surgió una llama. Dios no necesita moralistas de su lado sino gente que lo ame. Me atraganto con mi propia condición y es cuando le imploro a mi protector que no me abandone. No abandonarme a mi miseria en este oscuro vacío. Soy pura tecnología y mis venas son cables fríos, con algo de información religiosa aprendí a apostarle a Dios y ahora ante el límite de mi calculada hora sólo imploro por calor divino. Quiero creer, quiero ser uno contigo.
Thursday, March 20, 2008
Agente Bumbly (1)
Hace calor en este pueblo fantasma y todos los negocios parecen haber cerrado durante una larga pausa que va desde antes del mediodía, cuando empezó la sed, hasta ahora; ahora son más de las tres de la tarde y todo lo que encuentro son puertas cerradas. Finalmente encuentro un puesto de naranjas y allí la muchacha se burla del pantalón que llevo puesto. Podría importarme acaso el comentario de una jovencita impertinente de puesto de jugos? Claro que no. Me pregunta: de qué siglo son esos pantalones que llevas? Seguro que no son de este siglo, reconozco, pero no le respondo. Son pantalones de artista, como siempre he sabido; como siempre mamaíta ha consentido en decirme: Bumbly, sólo las grandes personalidades y los artistas llevan pantalones de rayas. Debo ser una especie de artista ya que no soy una gran personalidad. Cuál es mi arte? Pronto lo descubrirás, paciencia.
En mi maleta jamás pueden faltar mis pantalones de rayas, mis camisas blancas pulcramente planchadas y mi colección de cassetes de Eros Ramazzotti. Me conozco Eros Ramazzotti de pe a pa y me encargo de tenerlo en mi reproductor de cassetes todo el tiempo posible. Desde su revelador Cuori agitati hasta e al cuadrado no hay artista que se le compare o le llegue a los talones. Clara Luz no opinaba lo mismo, claro, ella era seguidora de Andrés Cepeda y aunque Andrés Cepeda también me gusta, no creo ni que se pueda comparar al lado de un grande de la balada como lo es el señor Eros. Mi confidente de viaje.
Clara Luz era mi anterior mujer. Ella también solía burlarse de mis pantalones de artista. Decía que hacían honor al rango sólo si tenemos en cuenta que un domador de monos de circo también es un artista. Por otra parte, Clara Luz no entendió muy claramente mi oficio. Pero la presente crónica no consiste en recordar a la ex Bumbly ni en ir a la par de la melodía de las grandes canciones del mejor artista italiano de todas las épocas. Aunque ahorita que tomo del pitillo de este gran vaso de jugo de naranja se me viene a la cabeza: ir corriendo de un lado a otro, como dos niños, por debajo de los grandes árboles del bosque, ella siguiéndome y yo gritando que no me cogería; yo sujetándole el bolso y ella a punto de explotar de desespero: Bumbly, joder, devuélveme el bolso que tengo que irme. Y yo corriendo en círculos como menos que un macaco al borde de la inanición. Ella a veces atrás, a veces adelante. Corro un poco más rápido y la abrazo con toda mi fuerza; ella se pierde y los dos caemos. Los rayos del sol nos inundan en su diluvio de luz. Me da un puño en la cara y me dice: bobo, por qué me haces perder el tiempo; y yo, boba hazme perder la vida. Tan perfecto como una canción del Ramazzotti.
Termino el jugo y camino al rayo del sol vespertino rumbo a la terminal. Tengo que ir a una vereda cerca a cubrir el acontecimiento. Una niña rubia se me acerca a través de las desoladas calles. Me arrodillo con el fin de poder verle mejor la cara. Sigue su paso, sin detenerse y en el momento en que creo que va a chocar conmigo cierro los ojos. Cuando los abro, vuelvo mi cabeza y ella sigue su camino hasta perderse en la lejanía. Eso significa que me traspasó? Un fantasma. Creo recordar su cara pero una vez creo que la recuerdo se me olvida. La recuerdo cada vez que no piense al respecto. Me siento en la acera, a la sombra, como presa de una terrible agitación.
Bumbly acababa de llegar a la ciudad. Bogotá, una ciudad gris y fea que parecía desgarrar con su filoso aire cada inhalación y volver sobre la herida en la exhalación. Los edificios, curtidos y monstruosos, se levantaban a su paso para cortar el horizonte que le era tan propio. Las avenidas se tropezaban a los hombres repletas de un tránsito imposible, asfixiante y asesino. Los buses eran devoradores de esperanzas y la gente se moría de pena atestada en el corazón de la aglomeración sin despertar el mínimo sentido de solidaridad del vecino, vecino que tenía que velar por el cuidado de sus cinco hijos, también montados en ese transporte infernal y que se embrutecían a puntos de golpes con las varillas y los codos en la cabeza. Gran ciudad Bogotá!, la verdad es que uno se pregunta si vale la pena vivir bajo esas condiciones tan denigrantes o no será mejor colgarse a la sombra de un limonero en el pueblo que lo engendró a uno.
Blumby llegó a la ciudad, maleta de cartón en mano y sombrero en la cabeza. Siguió las instrucciones, cómo tomar el bus hasta la 26 y de allí tomar otro por la décima hacia el sur. Blumby, maleta de cartón en mano, miles de problemas en la cabeza, se bajó obediente en el tráfico enloquecido de la 26, con el fin de tomar su segundo bus. Tendría que cruzar el mar de este imposible tráfico. Llegó hasta el separador. A su lado, una señora de edad media aguardaba la misma oportunidad, agarrando de la mano a su pequeña hija.
- Hermano y la niña se adelantó sin fijarse en el bus que venía.
Blumby se preguntaba si alguna vez sería capaz de perdonarle a una ciudad esta indiferencia.
Tendré que quedarme esta noche en este pueblo muerto. Este pueblo que ya no es capaz de decirme más cosas. Es como si todo se hubiera mudado y sólo hubiera quedado el espacio como una mofa de lo que alguna vez fue. Y alguna vez fueron juegos infantiles, brillos, proyectos y esperanzas. Tenía un caballo que en realidad no era mío, le gustaba pasar los días a la sombra de un árbol frente a mi casa. Era tan flaco que despertaba mi conmiseración y cada tarde le llevaba un banano podrido o una manzana vieja. Alguna vez cuando niño mi mamaíta me compró un chivo. De allí, desde muy temprano, conocí el significado de la frase: más loco que una cabra. Me encantaba darle su tetero. Mientras alimentaba a mi animal le acariciaba el lomo. Me montaba encima del animal y conquistábamos naciones enteras entre los dos, pero fueron recuerdos que también perdí. Alguna vez caí de su cuerpo o me tumbó, cómo saberlo. Mi cara se llenó de sangre pero yo no tenía miedo y sujeté mi chivo porque sabía lo que vendría. Al ver el daño que me había causado el animal lo obligaron a perderse en la espesura de las calles vacías del pueblo. Y él iba llorando al tiempo que yo quedaba llorando. Gritaba por mi chivo, no era su culpa. Y el chivo jamás volvió.
Así que invito a la insolente joven de los jugos de naranja a bailar más tarde. Llévame al mejor sitio de esta pocilga. Ella apenas alza los hombros, ni le interesa ir ni le interesa despreciarme. La recojo en su casa a las 8 de la noche. Vaya, es bonita, debajo de esa tienda no parecía. Llevo mi camisa corta de baile con un estampado de un par de bombos rojos entrelazados en una cinta roja. Es mi camisa preferida. A ella no le gusta bailar salsa, me confiesa. Preferiría escuchar Incubus. Pero a mí no me gusta el rock y lo que quiero es bailar merengue.
Ella me llevaba el ritmo. Debajo de las transparencias de su blusa se perfilaba un hermoso par de senos. El descaderado se ajustaba perfectamente al menear de sus morenas caderas. Ya habíamos terminado la botella de ron y yo me sentía perfectamente listo para otra tanda de danzas y delirio en los brazos de la señorita. A Clara le hubiera parecido una cualquiera, una guisa, una basura pueblerina. Pero algo me decía que jamás lograría complacer a Clara, nunca daría con una chica a su altura, con alguna que se le comparara. Bailábamos un merengue apretadito, rodeados de miles de parejas que se entregaban a la danza como nosotros, en esa misma pista, secundados por la máquina de humo y la oscuridad de la discoteca. Le pregunté al oído a la muchacha: por qué te burlaste de mi pantalón? Y ella me susurró, con una risa contenida: porque te veías ridículo a pleno de rayo de sol vestido como un agente de los años 50's. Fue cuando recordé la misión que venía a cumplir en este pueblo, más exactamente en la vereda del pueblo, y la que había descuidado por el flujo de mis pensamientos y la libre voluntad que le daba a mi deseo. Ahora tal vez sería demasiado tarde.
Ella se llamaba Mónica. Tenía 17 años y le encantaba Incubus. "no los has escuchado, tío, son música del otro espacio". Hablando del otro espacio, tal vez ya sería demasiado tarde, tal vez ya estaría este padrecito William en el sitio, evangelizando las pruebas y dándole un carácter moral al hecho. En mis años de estudio en Criminalística teníamos un gran profesor, el Doctor Cagadory que nos enseñó la doctrina del crimen y me dío, en lo personal, la lección definitiva que marcaría el curso de mis investigaciones en los años siguientes. Un crimen es un hecho positivo que dice y no puede decir nada más allá de su propio ser y obedece a una lógica única como una explicación inmanente a ella: la prueba, muchachos, la prueba irrefutable y material que no concede espacio a las interpretaciones, eso es lo importante, y es la tarea trascendente que a ustedes como autoridades del crimen les compete entregar con lo mejor de su talento y vida en ella. Por esto, mientras bailaba la cucharita de Juan Luis Guerra me entró el odio por ese padre retórico llamado William Nobrainsky, hermano del prestigioso científico Virgilio Nobrainsky. El padre William era un veneno del discurso. Y yo tendría que pararlo. Esa nave, esa nave me pertenece a mí.
Son las tres de la mañana. Las cosas con Mónica prometen más de lo que se podría pedir. Me ha dicho que a pesar de mis excentricidades y de mis años me encuentra guay. Ya le he cogido con disimulo una nalga y sólo se ha limitado a verme fijamente a los ojos con picardía, sin decirme nada. Cuando vuelva del baño actuaré con más sagacidad. Considero que lo que hago es un arte. Voy por la botella a la mesa y me sirvo un poco de lo que queda en el vaso. La música se apaga repentinamente. Por qué? Por qué joder si hasta ahora las cosas iban a empezar? Por qué ahora? Aseguraría que en esta tierra no cerraban los bares sino entrada la madrugada. A través de las cabezas danzantes, ahora inmóviles, las cabezas ex-danzantes, y la bruma del humo los veo llegar. Hombres uniformados se desplegan por toda la pista de baile. Fuertemente camuflados y con sus armas sobre sus hombros. Detienen sus feroces miradas sobre todos los clientes. Uno ordena al dj que no pare la música. La reinicia, a bajo volumen; ya nadie baila, se han perdido todas las ganas.
La niña rubia está a un lado de la pista. Se ríe al verme y sale corriendo de la discoteca. Me estoy volviendo loco? Tiro el vaso a la pared y los hombres armados corren hacia mí. Voy hacia el baño, en donde debería estar Mónica. Le toco a la puerta pero no contesta. La tienen encerrada. Con mi sobrenatural fuerza tumbo la puerta y la veo con la boca arriba hacia el cielo. De ella emana una entidad extraterrestre. Al abandonarla arroja su cuerpo al arruinado piso del baño. Me golpeo la cabeza contras las páredes y es cuando soy detenido. Me sacan a empujones y me dicen que tal vez caí presa del pánico. Pero, en su lógica militar, si caí presa del pánico era porque seguramente ocultaba algo. Vamos habla, si no tienes nada oculto no temes nada. Me golpean contra los barrotes de la cárcel. Y había sido una noche tan bonita, pienso.
El resto de la noche fue una sucesión interminable de emesis y pavor.
En mi maleta jamás pueden faltar mis pantalones de rayas, mis camisas blancas pulcramente planchadas y mi colección de cassetes de Eros Ramazzotti. Me conozco Eros Ramazzotti de pe a pa y me encargo de tenerlo en mi reproductor de cassetes todo el tiempo posible. Desde su revelador Cuori agitati hasta e al cuadrado no hay artista que se le compare o le llegue a los talones. Clara Luz no opinaba lo mismo, claro, ella era seguidora de Andrés Cepeda y aunque Andrés Cepeda también me gusta, no creo ni que se pueda comparar al lado de un grande de la balada como lo es el señor Eros. Mi confidente de viaje.
Clara Luz era mi anterior mujer. Ella también solía burlarse de mis pantalones de artista. Decía que hacían honor al rango sólo si tenemos en cuenta que un domador de monos de circo también es un artista. Por otra parte, Clara Luz no entendió muy claramente mi oficio. Pero la presente crónica no consiste en recordar a la ex Bumbly ni en ir a la par de la melodía de las grandes canciones del mejor artista italiano de todas las épocas. Aunque ahorita que tomo del pitillo de este gran vaso de jugo de naranja se me viene a la cabeza: ir corriendo de un lado a otro, como dos niños, por debajo de los grandes árboles del bosque, ella siguiéndome y yo gritando que no me cogería; yo sujetándole el bolso y ella a punto de explotar de desespero: Bumbly, joder, devuélveme el bolso que tengo que irme. Y yo corriendo en círculos como menos que un macaco al borde de la inanición. Ella a veces atrás, a veces adelante. Corro un poco más rápido y la abrazo con toda mi fuerza; ella se pierde y los dos caemos. Los rayos del sol nos inundan en su diluvio de luz. Me da un puño en la cara y me dice: bobo, por qué me haces perder el tiempo; y yo, boba hazme perder la vida. Tan perfecto como una canción del Ramazzotti.
Termino el jugo y camino al rayo del sol vespertino rumbo a la terminal. Tengo que ir a una vereda cerca a cubrir el acontecimiento. Una niña rubia se me acerca a través de las desoladas calles. Me arrodillo con el fin de poder verle mejor la cara. Sigue su paso, sin detenerse y en el momento en que creo que va a chocar conmigo cierro los ojos. Cuando los abro, vuelvo mi cabeza y ella sigue su camino hasta perderse en la lejanía. Eso significa que me traspasó? Un fantasma. Creo recordar su cara pero una vez creo que la recuerdo se me olvida. La recuerdo cada vez que no piense al respecto. Me siento en la acera, a la sombra, como presa de una terrible agitación.
Bumbly acababa de llegar a la ciudad. Bogotá, una ciudad gris y fea que parecía desgarrar con su filoso aire cada inhalación y volver sobre la herida en la exhalación. Los edificios, curtidos y monstruosos, se levantaban a su paso para cortar el horizonte que le era tan propio. Las avenidas se tropezaban a los hombres repletas de un tránsito imposible, asfixiante y asesino. Los buses eran devoradores de esperanzas y la gente se moría de pena atestada en el corazón de la aglomeración sin despertar el mínimo sentido de solidaridad del vecino, vecino que tenía que velar por el cuidado de sus cinco hijos, también montados en ese transporte infernal y que se embrutecían a puntos de golpes con las varillas y los codos en la cabeza. Gran ciudad Bogotá!, la verdad es que uno se pregunta si vale la pena vivir bajo esas condiciones tan denigrantes o no será mejor colgarse a la sombra de un limonero en el pueblo que lo engendró a uno.
Blumby llegó a la ciudad, maleta de cartón en mano y sombrero en la cabeza. Siguió las instrucciones, cómo tomar el bus hasta la 26 y de allí tomar otro por la décima hacia el sur. Blumby, maleta de cartón en mano, miles de problemas en la cabeza, se bajó obediente en el tráfico enloquecido de la 26, con el fin de tomar su segundo bus. Tendría que cruzar el mar de este imposible tráfico. Llegó hasta el separador. A su lado, una señora de edad media aguardaba la misma oportunidad, agarrando de la mano a su pequeña hija.
- Hermano y la niña se adelantó sin fijarse en el bus que venía.
Blumby se preguntaba si alguna vez sería capaz de perdonarle a una ciudad esta indiferencia.
Tendré que quedarme esta noche en este pueblo muerto. Este pueblo que ya no es capaz de decirme más cosas. Es como si todo se hubiera mudado y sólo hubiera quedado el espacio como una mofa de lo que alguna vez fue. Y alguna vez fueron juegos infantiles, brillos, proyectos y esperanzas. Tenía un caballo que en realidad no era mío, le gustaba pasar los días a la sombra de un árbol frente a mi casa. Era tan flaco que despertaba mi conmiseración y cada tarde le llevaba un banano podrido o una manzana vieja. Alguna vez cuando niño mi mamaíta me compró un chivo. De allí, desde muy temprano, conocí el significado de la frase: más loco que una cabra. Me encantaba darle su tetero. Mientras alimentaba a mi animal le acariciaba el lomo. Me montaba encima del animal y conquistábamos naciones enteras entre los dos, pero fueron recuerdos que también perdí. Alguna vez caí de su cuerpo o me tumbó, cómo saberlo. Mi cara se llenó de sangre pero yo no tenía miedo y sujeté mi chivo porque sabía lo que vendría. Al ver el daño que me había causado el animal lo obligaron a perderse en la espesura de las calles vacías del pueblo. Y él iba llorando al tiempo que yo quedaba llorando. Gritaba por mi chivo, no era su culpa. Y el chivo jamás volvió.
Así que invito a la insolente joven de los jugos de naranja a bailar más tarde. Llévame al mejor sitio de esta pocilga. Ella apenas alza los hombros, ni le interesa ir ni le interesa despreciarme. La recojo en su casa a las 8 de la noche. Vaya, es bonita, debajo de esa tienda no parecía. Llevo mi camisa corta de baile con un estampado de un par de bombos rojos entrelazados en una cinta roja. Es mi camisa preferida. A ella no le gusta bailar salsa, me confiesa. Preferiría escuchar Incubus. Pero a mí no me gusta el rock y lo que quiero es bailar merengue.
Ella me llevaba el ritmo. Debajo de las transparencias de su blusa se perfilaba un hermoso par de senos. El descaderado se ajustaba perfectamente al menear de sus morenas caderas. Ya habíamos terminado la botella de ron y yo me sentía perfectamente listo para otra tanda de danzas y delirio en los brazos de la señorita. A Clara le hubiera parecido una cualquiera, una guisa, una basura pueblerina. Pero algo me decía que jamás lograría complacer a Clara, nunca daría con una chica a su altura, con alguna que se le comparara. Bailábamos un merengue apretadito, rodeados de miles de parejas que se entregaban a la danza como nosotros, en esa misma pista, secundados por la máquina de humo y la oscuridad de la discoteca. Le pregunté al oído a la muchacha: por qué te burlaste de mi pantalón? Y ella me susurró, con una risa contenida: porque te veías ridículo a pleno de rayo de sol vestido como un agente de los años 50's. Fue cuando recordé la misión que venía a cumplir en este pueblo, más exactamente en la vereda del pueblo, y la que había descuidado por el flujo de mis pensamientos y la libre voluntad que le daba a mi deseo. Ahora tal vez sería demasiado tarde.
Ella se llamaba Mónica. Tenía 17 años y le encantaba Incubus. "no los has escuchado, tío, son música del otro espacio". Hablando del otro espacio, tal vez ya sería demasiado tarde, tal vez ya estaría este padrecito William en el sitio, evangelizando las pruebas y dándole un carácter moral al hecho. En mis años de estudio en Criminalística teníamos un gran profesor, el Doctor Cagadory que nos enseñó la doctrina del crimen y me dío, en lo personal, la lección definitiva que marcaría el curso de mis investigaciones en los años siguientes. Un crimen es un hecho positivo que dice y no puede decir nada más allá de su propio ser y obedece a una lógica única como una explicación inmanente a ella: la prueba, muchachos, la prueba irrefutable y material que no concede espacio a las interpretaciones, eso es lo importante, y es la tarea trascendente que a ustedes como autoridades del crimen les compete entregar con lo mejor de su talento y vida en ella. Por esto, mientras bailaba la cucharita de Juan Luis Guerra me entró el odio por ese padre retórico llamado William Nobrainsky, hermano del prestigioso científico Virgilio Nobrainsky. El padre William era un veneno del discurso. Y yo tendría que pararlo. Esa nave, esa nave me pertenece a mí.
Son las tres de la mañana. Las cosas con Mónica prometen más de lo que se podría pedir. Me ha dicho que a pesar de mis excentricidades y de mis años me encuentra guay. Ya le he cogido con disimulo una nalga y sólo se ha limitado a verme fijamente a los ojos con picardía, sin decirme nada. Cuando vuelva del baño actuaré con más sagacidad. Considero que lo que hago es un arte. Voy por la botella a la mesa y me sirvo un poco de lo que queda en el vaso. La música se apaga repentinamente. Por qué? Por qué joder si hasta ahora las cosas iban a empezar? Por qué ahora? Aseguraría que en esta tierra no cerraban los bares sino entrada la madrugada. A través de las cabezas danzantes, ahora inmóviles, las cabezas ex-danzantes, y la bruma del humo los veo llegar. Hombres uniformados se desplegan por toda la pista de baile. Fuertemente camuflados y con sus armas sobre sus hombros. Detienen sus feroces miradas sobre todos los clientes. Uno ordena al dj que no pare la música. La reinicia, a bajo volumen; ya nadie baila, se han perdido todas las ganas.
La niña rubia está a un lado de la pista. Se ríe al verme y sale corriendo de la discoteca. Me estoy volviendo loco? Tiro el vaso a la pared y los hombres armados corren hacia mí. Voy hacia el baño, en donde debería estar Mónica. Le toco a la puerta pero no contesta. La tienen encerrada. Con mi sobrenatural fuerza tumbo la puerta y la veo con la boca arriba hacia el cielo. De ella emana una entidad extraterrestre. Al abandonarla arroja su cuerpo al arruinado piso del baño. Me golpeo la cabeza contras las páredes y es cuando soy detenido. Me sacan a empujones y me dicen que tal vez caí presa del pánico. Pero, en su lógica militar, si caí presa del pánico era porque seguramente ocultaba algo. Vamos habla, si no tienes nada oculto no temes nada. Me golpean contra los barrotes de la cárcel. Y había sido una noche tan bonita, pienso.
El resto de la noche fue una sucesión interminable de emesis y pavor.
Monday, March 17, 2008
EL TRIUNFO DE WILL
La presente saga eclesiástica tiene como principal objetivo incentivar la reflexión moral y la contemplación de una buena vida en el marco de la gran guerra en las líneas de comando entre las fuerzas de la sombra y la defensa de la luz verdadera. Por tal razón, las aventuras del padre William muy a menudo se verán relegadas a sus enseñanzas, a sus observaciones de la miseria de la naturaleza humana, al contexto del sermón y las alabanzas. No hay que perder de vista que la vida de un hombre sólo cuenta en cuanto exaltación de la creación y el desarrollo de una vida ejemplar a imitación de Cristo. El padre William, tanto en la realidad como en la ficción que se desarrolla, no es sino un instrumento de la Voluntad divina, un mero espartaco con las tripas afuera, una conexión nerviosa al interior de todo un sistema que se estremece con su gracia.
Primer punto a considerar:
William necesita comprender por qué Luis lo obliga a interpretar un papel desalmado, tantas veces vergonzoso e imposible. William es el actor que materializa las escenas que surgen de las palabras que Luis escoge, muchas veces movido por un agotamiento de sus ojos. A Luis le gustaría entablar una comunión con el sacerdote William. Todo se desarrolla en el marco de lo imposible, y la frustración de la inteligencia de quien escribe. William es un ser inacabado, comprensible a todas luces, y limitado por los límites del ser que lo origina.
Segundo punto a considerar:
El ser que lo origina. Creatio ex nihilo. William es una chispa de un sueño náufrago. El manantial que corre silencioso debajo de la colina por la espesura salvaje de una selva dormida. En mitad de la oscuridad se te acerca, posa su índice sobre tu labio superior, rogándote silencio y te susurra con delicadeza una sóla palabra que te hace reconocer su rostro: Maná.
Cristo atraviesa los cielos estrellados en sus carros de fuego con una premonición entre los dedos. Soy un hardware atrofiado en la coordenada de las acústicas muertas. Eliana era el júbilo que bailaba debajo de la tempestad. Impávidas miradas al horizonte raptado del planeta tierra.
Primer punto a considerar:
William necesita comprender por qué Luis lo obliga a interpretar un papel desalmado, tantas veces vergonzoso e imposible. William es el actor que materializa las escenas que surgen de las palabras que Luis escoge, muchas veces movido por un agotamiento de sus ojos. A Luis le gustaría entablar una comunión con el sacerdote William. Todo se desarrolla en el marco de lo imposible, y la frustración de la inteligencia de quien escribe. William es un ser inacabado, comprensible a todas luces, y limitado por los límites del ser que lo origina.
Segundo punto a considerar:
El ser que lo origina. Creatio ex nihilo. William es una chispa de un sueño náufrago. El manantial que corre silencioso debajo de la colina por la espesura salvaje de una selva dormida. En mitad de la oscuridad se te acerca, posa su índice sobre tu labio superior, rogándote silencio y te susurra con delicadeza una sóla palabra que te hace reconocer su rostro: Maná.
Cristo atraviesa los cielos estrellados en sus carros de fuego con una premonición entre los dedos. Soy un hardware atrofiado en la coordenada de las acústicas muertas. Eliana era el júbilo que bailaba debajo de la tempestad. Impávidas miradas al horizonte raptado del planeta tierra.
Sunday, March 09, 2008
daga divina II
Antes de ser sacerdote era marica. Un pasado ignorado que dejó su huella más profunda en sus creencias. Un pasado contra el que luchó con toda la dedicación inimaginada y que le trastocó toda la concepción del mundo que había construído hacia la fecha. Muchas veces quiso imaginar la raíz de su enfermedad y se entregaba horas enteras a reflexionar sobre el acontecimiento que le apartaba del resto de los humanos; como una maldición que pesara sobre su nombre incluso antes de ser pronunciado; como fruto de una volición prohibida que fuera a arrebatarle toda la felicidad absoluta del mundo y se fijara sobre su morbosa atracción por el sexo equívocado. Como los cuadros de Jim Amaral, sentía que los dedos no eran sino extensiones inocuas de penes perpetuamente erectos, aún si quisiera apretar el puño, estos penes incapaces de estallar, que estallan minuto a minuto en el largo de las uñas: que estallan minuto a minuto y se rozan y palpan grotescamente las superficies, sin el pudor de un buen pene educado, que sólo roza lo que tiene que rozar, en el sexo femenino, como debe ser: los ojos cerrados, y a lo lejos tantos dedos penes, formando un zodíaco, como los cuadros de Jim Amaral, tan llenos de dedos fálicos, hambrientos de orificios, bajo los ojos, como orificios que excretan retina y ya no sirven para apaciguar el miedo. Antes de ser sacerdote era marica. No obstante, siempre se asumió su homosexualidad de una manera sacerdotal e incluso se decíar que podría estar asumiendo su sacerdocio de una manera homosexual. El amor que r sentía por uno y el placer provocado por el otro parecía haber conciliado en una feliz comunión entre el amor a Dios como una presencia sustancialmente masculina y su sentimiento de entrega y sumisión a la belleza que le inspiraría desde sus tempranos años el carácter dominante del macho fuerte. En sus años de profesor de teología en una universidad pontificia alguna vez reprimió fuertemente a un muchacho de ideas progresivas -ergo comerciales- que le provocaba al confrontarle bajo la idea de la naturaleza femenina de Dios. Dios es una mujer, afirmaba y sacaba el naciente pecho de hombre vigoroso. Nada le parecía más ridículo al padre William que pensar en amar a un Dios que fuera mujer, poseedor de todos sus defectos físicos y, sobre todo, propietario del carácter débil y la moral endeble del sexo femenino que practicamente a lo largo de la historia las ha llevado a ser consideradas por los grandes hombres de las ideas como las idiotas del misticismo. La mejor forma de hablarle a una mujer de Dios es no profundizando mucho en él, sobre su naturaleza, apelar a su complejo de Electra y decir: jamás te abandonará. A las mujeres no les gustan los hombres complicados, no les interesa profundizar sobre las esencias ni asimilar los misterios. Las mujeres son pura democracia y el feminismo es pura sociedad libre. En definitiva, no entienden lo que deberían entender por naturaleza... no, sino ella.. ella a la que acude con el primer chorro de agua sobre el rostro, luego de la noche de los sueños dolorosos.. pero de ella no hablaremos porque ella es La Mujer, y ella es secreta, misteriosa, ella es la Mujer Clásica y nada tiene que la conecte con la mujercita moderna, la mujercita que se rinde ante los chicos progresivos y comerciales, que la subsidiarán o fingirán hacerlo, como fingirán sentir placer por ella en el momento del sexo, sin que la mujercita moderna se dé por enterado que lo único que ha satisfecho por fracción de un segundo es el exacerbado egoísmo de un menos que tarado, que lleva la cuenta de las veces que ha penetrado su pija en un cadáver, un cadáver que se maquilla, que se ríe, que en definitiva considera que está bien interesarse en el fútbol, en los debates, en la política, que todo está bien, todo este universo masculino y ridículo, está perfectamente bien mientrás él pueda entrar en ella como un toro estúpido y ella gemir como una marrana perfectamente olvidada. El padre William no es en absoluto misógino, sencillamente es marianista. La mujer tiene que ser divina o no es mujer. La mujer tiene que ser virgen o no es mujer. La mujer tiene que ser María, tiene que ser Magdalena, tiene que atravesar el hombre, tiene que ser el principio y el final, tiene que brotar lágrimas y dolor. La mujer que no está dispuesta a ser principio y final es menos que una ramera y merece ser despreciada como un ser ínfimo y perverso. El padre William, rojo de cólera, instó al guapo muchacho que se abstuviera en su clase de decir tonterías de tal dimensión de las más altas esferas de la estupidez humana; acto seguido, notó que de alguna manera había generado indignación en las mujeres que asistían en la clase y, como es de esperar, todas se fueron al bando del apuesto chico; en un tono menos apasionado las convidó a agradecer el desafortunado momento histórico de confusión y anarquía que vivían que les permitía poder ingresar a un instituto tan respetable como la universidad y no estar ejerciendo en una casa de citas, como tan expresamente manifestaban querer pertenecer por el orden de sus vestuarios y maquillajes. El padre fue pronto trasladado a una iglesia de campiña, en el cual se le encomendaba la educación de los monaguillos y los prometedores jóvenes para ser ofrecidos a la Sagrada Iglesia. Allí conoció a Francesco, Luisotto y el hermoso Paulo. Francesco era un niño perdido, un caso sin importancia. El chico de campiña que se liga a las primas y a las vacas con el mismo fervor. Sexual hasta en los cachos que el diablo le regaló en forma de prótesis moral. Francesco, al mismo tiempo, era el niño más curioso en los "acontecimientos" y poseedor de una famosa inteligencia práctica con la que la campiña contaba de buena gana, en cuanto el padre William podía pronosticarle desde ya una prometedora carrera de abogado. Luisotto era un niño homosexual, como él tal vez lo había sido, pero ya no lo recuerda el padre que alguna vez se llamó William Cero.
En el medio de la noche las tormentas rompían el horizonte. Mientras el sueño o la ausencia de él en el dormitar cobijan con su refrescante halo las existencias que no sienten su progresiva decadencia existen dolores que añoran las estrellas. Gritos que se dirigen a los chirridos de los cables eléctricos en los profundos campos. Un hombre en medio de la lluvia se deshace las manos robando moras de sus agudas enredaderas. La electricidad ruge por medio de las nubes que decepcionan las bóvedas astrales. El agua es un excelente conductor pero nos conduce el delirio. Los padres de William Cero han descubierto la demoledora verdad sobre su hijo. Se temen que en el seno de la familia sagrada se haya engendrado un cerdo. Al parecer al niño le gusta merodear por los caminos fangosos de la vergüenza humana. Un mariquita, un paleto con gusto por los taladros. En medio de la noche las gotas del llanto adquieren una densidad mayor, que el orificio interrumpido por la retina retiene en la pared posterior del cerebro. Quisiéramos que todos los orificios fueran tan discretos. Se cruza el Estado para llegar al instituto en que se cura esta clase de afinidades patológicas. Su hijo está bien, a pesar de todo es un buen cristiano, un temeroso de Dios. Se lo curaremos y se lo llevaremos de vuelta, con el culo cerrado si es posible, si sabe a lo que me refiero.
Una de las razones por las que en el seminario era objeto de burlas era por su incapacidad para tutear, para aprender el lenguaje de la discreta cortesía. Los constantes errores, la pretensión por querer hablar adecuadamente, no eran sino revelaciones de su tosquedad y condición ordinaria. El padre Malebranche alguna vez, escoltado por la risa de sus compañeros, le sugirió que no se esforzara en alterar su lenguaje de campesino ya que Dios necesitaba a todos, brutos y nobles, para llevar su mensaje de salvación al hombre. No obstante, el empeño de William era notable y tras años de proponerse la tarea terminó por hablar como un hombre de letras e incluso logró a ganarse la consideración y el aprecio de ciertos académicos. Evidentemente todo esto antes del incidente con el muchacho provocador, que con los años terminó ocupando importantes cargos públicos por elección popular y así mismo incrementando su poder y su compromiso con revolucionar el sistema educativo con el fin de elaborar contenidos más democráticos, abiertos y amables para el debate y la recepción de nuevas ideas, en especial en lo religioso. Por qué el padre William no conocía el lenguaje de la fina cortesía? Tal vez porque su mundo se reducía a la crudeza. Las palabras tenían un propósito muy claro como una economía sujeta a su condición social. Es decir, si había hambre de palabras con mucha más razón hambre de alimentos; y pena, por no poder sustentar la vida y dejar ir el destello, que alguna vez brilló en los ojos, en medio de unas ojeras que veían la extrañeza de un mundo que les despreció. Era bruto porque su mundo era brutal. Había visto a su hermana menor morir de hambre. Su madre llorar sin aliento encima de su blanco cuerpo. Un cuerpo que le pareció en ese instante santo. Con una santidad que no volvería a ver jamás. Ese cuerpo de princesa caída en desgracia rendido ante el absurdo. Su madre había dado un paso atrás y dejado a la niña a su lado, en el suelo. No sabía a donde había ido su madre y por qué le había dejado solo al lado de la niña muerta. Su hermana no parecía muerta sino inmersa en un pesado sueño que le arrebatara el mundo. Él estaba paralizado, justo al lado de ella, también paralizada. Pero él no estaba muerto. Como no estaba muerto y sus ojos aún veían el mundo que no era el de los sueños, pudo ver como una rata subió a la cara santa de su hermosa hermana. Se posó sobre ella, con todo su cuerpo de monje de vagabundos, se arrodilló sobre ella, le escrutó los ojos, que ya sólo soñaban y levantó una oración de rata por ella. Como viniera se alejó a otro rincón la rata. Su madre no había vuelto y sintió que había sido abandonado también él. A una suerte próxima a la de su hermana. También sentía un profundo hambre. Y rabia. Y pena, porque tal vez él no quería que una rata le rezace sobre su cara. A gatas salió del rancho. A lo lejos una hoguera se prendía. Temía que volviera ser una carga para sus padres y se fue en dirección opuesta. El rocío de las plantas lo cogió abandonado a un gran árbol de raíces prominentes. Fue cuando vio la enredadera de moras. Emocionado salió tras la promesa de los grandes frutos que brillaban enardecidos a la primera hora de la mañana. En la carrera del hambre y la desesperación ignoró las grandes espinas que protegían el frondoso alimento. La sangre le brotaba de la cara y las finas agujas de las espinas le clavaban con odio el vientre. No era diferente a todo el odio que el mundo le había manifestado. Sencillamente un pobre tiene que sangrar e inclinarse al temor a la muerte para poder comer. A pesar de que la carne le era razgada con demencia y grandes pedazos volaban al suelo, pudo satisfacer la sed temprana de la muerte en los jugos de las moras. Al mediodía lo encontraron sus padres, delirando y consumido en la fiebre. Lo encargaron a una familia vecina que se encargó de sus cuidados hasta que recuperó la razón. En el moral de esta mañana infantil, el padre William había reconocido el rostro de Dios y en el néctar del sufrimiento la fuente de la vida.
Sometido a pruebas de electrochoques, a constantes latigazos, a humillaciones públicas, a deambular desnudo por el pabellón de los desquiciados, el padre William fue sometido a desprenderse de su naturaleza aberrada y homosexual. Secula, seculorum.
En el medio de la noche las tormentas rompían el horizonte. Mientras el sueño o la ausencia de él en el dormitar cobijan con su refrescante halo las existencias que no sienten su progresiva decadencia existen dolores que añoran las estrellas. Gritos que se dirigen a los chirridos de los cables eléctricos en los profundos campos. Un hombre en medio de la lluvia se deshace las manos robando moras de sus agudas enredaderas. La electricidad ruge por medio de las nubes que decepcionan las bóvedas astrales. El agua es un excelente conductor pero nos conduce el delirio. Los padres de William Cero han descubierto la demoledora verdad sobre su hijo. Se temen que en el seno de la familia sagrada se haya engendrado un cerdo. Al parecer al niño le gusta merodear por los caminos fangosos de la vergüenza humana. Un mariquita, un paleto con gusto por los taladros. En medio de la noche las gotas del llanto adquieren una densidad mayor, que el orificio interrumpido por la retina retiene en la pared posterior del cerebro. Quisiéramos que todos los orificios fueran tan discretos. Se cruza el Estado para llegar al instituto en que se cura esta clase de afinidades patológicas. Su hijo está bien, a pesar de todo es un buen cristiano, un temeroso de Dios. Se lo curaremos y se lo llevaremos de vuelta, con el culo cerrado si es posible, si sabe a lo que me refiero.
Una de las razones por las que en el seminario era objeto de burlas era por su incapacidad para tutear, para aprender el lenguaje de la discreta cortesía. Los constantes errores, la pretensión por querer hablar adecuadamente, no eran sino revelaciones de su tosquedad y condición ordinaria. El padre Malebranche alguna vez, escoltado por la risa de sus compañeros, le sugirió que no se esforzara en alterar su lenguaje de campesino ya que Dios necesitaba a todos, brutos y nobles, para llevar su mensaje de salvación al hombre. No obstante, el empeño de William era notable y tras años de proponerse la tarea terminó por hablar como un hombre de letras e incluso logró a ganarse la consideración y el aprecio de ciertos académicos. Evidentemente todo esto antes del incidente con el muchacho provocador, que con los años terminó ocupando importantes cargos públicos por elección popular y así mismo incrementando su poder y su compromiso con revolucionar el sistema educativo con el fin de elaborar contenidos más democráticos, abiertos y amables para el debate y la recepción de nuevas ideas, en especial en lo religioso. Por qué el padre William no conocía el lenguaje de la fina cortesía? Tal vez porque su mundo se reducía a la crudeza. Las palabras tenían un propósito muy claro como una economía sujeta a su condición social. Es decir, si había hambre de palabras con mucha más razón hambre de alimentos; y pena, por no poder sustentar la vida y dejar ir el destello, que alguna vez brilló en los ojos, en medio de unas ojeras que veían la extrañeza de un mundo que les despreció. Era bruto porque su mundo era brutal. Había visto a su hermana menor morir de hambre. Su madre llorar sin aliento encima de su blanco cuerpo. Un cuerpo que le pareció en ese instante santo. Con una santidad que no volvería a ver jamás. Ese cuerpo de princesa caída en desgracia rendido ante el absurdo. Su madre había dado un paso atrás y dejado a la niña a su lado, en el suelo. No sabía a donde había ido su madre y por qué le había dejado solo al lado de la niña muerta. Su hermana no parecía muerta sino inmersa en un pesado sueño que le arrebatara el mundo. Él estaba paralizado, justo al lado de ella, también paralizada. Pero él no estaba muerto. Como no estaba muerto y sus ojos aún veían el mundo que no era el de los sueños, pudo ver como una rata subió a la cara santa de su hermosa hermana. Se posó sobre ella, con todo su cuerpo de monje de vagabundos, se arrodilló sobre ella, le escrutó los ojos, que ya sólo soñaban y levantó una oración de rata por ella. Como viniera se alejó a otro rincón la rata. Su madre no había vuelto y sintió que había sido abandonado también él. A una suerte próxima a la de su hermana. También sentía un profundo hambre. Y rabia. Y pena, porque tal vez él no quería que una rata le rezace sobre su cara. A gatas salió del rancho. A lo lejos una hoguera se prendía. Temía que volviera ser una carga para sus padres y se fue en dirección opuesta. El rocío de las plantas lo cogió abandonado a un gran árbol de raíces prominentes. Fue cuando vio la enredadera de moras. Emocionado salió tras la promesa de los grandes frutos que brillaban enardecidos a la primera hora de la mañana. En la carrera del hambre y la desesperación ignoró las grandes espinas que protegían el frondoso alimento. La sangre le brotaba de la cara y las finas agujas de las espinas le clavaban con odio el vientre. No era diferente a todo el odio que el mundo le había manifestado. Sencillamente un pobre tiene que sangrar e inclinarse al temor a la muerte para poder comer. A pesar de que la carne le era razgada con demencia y grandes pedazos volaban al suelo, pudo satisfacer la sed temprana de la muerte en los jugos de las moras. Al mediodía lo encontraron sus padres, delirando y consumido en la fiebre. Lo encargaron a una familia vecina que se encargó de sus cuidados hasta que recuperó la razón. En el moral de esta mañana infantil, el padre William había reconocido el rostro de Dios y en el néctar del sufrimiento la fuente de la vida.
Sometido a pruebas de electrochoques, a constantes latigazos, a humillaciones públicas, a deambular desnudo por el pabellón de los desquiciados, el padre William fue sometido a desprenderse de su naturaleza aberrada y homosexual. Secula, seculorum.
Tuesday, March 04, 2008
TOUCH
TOUCH
Por: Luis Cermeño, Salomón Pérez Ayala, Luis Isaza Vásquez y una breve aparición de Ricardo Cabezas.
Por: Luis Cermeño, Salomón Pérez Ayala, Luis Isaza Vásquez y una breve aparición de Ricardo Cabezas.

Se hallaba mascando Chimú “El tigrillo”. Veía aburridamente un video de Coyote Ugly, mientras del aparato salía la música de El caporal y el espanto. Las gotas se escurrían por la pared, una sensación de frío le inundaba generándole un calor; calor también provocado por las cervezas a su vez. Un sudor frío le bajaba por la espalda hasta la parte superior de las nalgas. El clima, húmedo y helado, le tensaba los músculos; lo que la llevaba de regreso a las praderas floridas de un valle condenado.
Aunque sus huesos, débiles y quebradizos por el frío, parecían romperse al menor movimiento, se resistía a gastar en comida lo que consumía en alcohol. Una fija humedad que recubría el espacio la llevaba a imaginar cómo sería ser un batracio. Sus pensamientos, pausados y relajados, claramente le indicaban una fisiología de la paciencia que bordeaba el total abandono.
Un arrogante negro posó fijamente la mirada en ella. Seguramente le parecería curioso ver por estos lugares a una mujer hermosa embriagándose sola. Con total desparpajo, dibujó un gesto en el aire, invitándose a sí mismo a la mesa. Ni atraída ni sintiendo un total rechazo por el extraño, le permitió sentarse en su misma mesa. Aunque permitir es un término inexacto para la indiferencia que le provocó el hombre. Ella había llegado a un punto en la vida en que sencillamente todos los hombres le parecían iguales; los deseaba a todos por igual. Pero hoy su flojera le impedía a la mujer cualquier acción voluntaria. Daba igual si se la estuvieran metiendo por la nariz a que si estuviera dormida. Sólo quería ahorrar energías y conservar lo poco que le quedaba de dinero para cerveza (algo casi genético).
Al preguntarle el hombre oscuro su nombre, ella sólo respondió: soy una puta. El negro, sintiéndose agredido, levantó sus dos manos simulando una defensa e inconcientemente levantó ligeramente la comisura de los labios de un lado. Ensanchando ampliamente los brazos y pectorales, exclamó: calma, nena, sólo quiero estar a tu lado un rato, relajado,
La postura corporal del hombre parecía penetrarle ampliamente; cosa que no era difícil pero que, en este caso, implicaba un control casi absoluto de la mente. No era que estuviera dormida, era sólo que parecía darle igual cualquier estado mental definido. Se encontraba expuesta a los pormenores de la degradación.
Por un momento se quedó fija en los videos pornográficos que transmitían continuamente por el ancho de las paredes en el establecimiento. Se preguntaba cómo el tiempo habría afectado en la actualidad la lozana piel que se regodeaba en el viejo video proyectado y si las muchas chicas que exhibían sus espléndidos cuerpos en ese instante no se encontrarían muertas ahora que ella las apreciaba. O, cuántas no habrían adquirido el virus del SIDA en el transcurso de los años; o, la posibilidad siempre latente de la regeneración: cuántas mujeres jóvenes que veía en las pantallas actualmente no contarían con una bonita familia, sostenida por un ejemplar esposo y encantadores niños.
Todos los pensamientos parecía disiparse en su alma como quien no es capaz de retener en su mente una situación y por lo tanto el efecto de éste en su ser; volaba más allá de la alienación, o de la emoción que experimentaba el eterno presente.
Como frágiles cristales que se rompían a lo largo del destino, cantos gregorianos ambientaban una imprudente invitación al patio trasero del antro. El hombre negro satisfacía un impulso animal que sólo se puede satisfacer en el momento y en el lugar en el que es producido. Su presencia aprisionaba en la mujer cada uno de sus nervios y su existencia entera. Ella no era más ella. Ahora ella era el negro. Más aún, sólo le importaba y añoraba confundirse con el hombre. La silueta del amante encarnaba la poderosa sumisión de un sacrificio. El agitado compás de las caderas del robusto semental brotaba como una letanía de lagunas en el abandono de su propia existencia. Una lágrima de placer y dolor humedeció la mejilla ruborosa mientras su cuerpo encarnaba un gozo ajeno. El moreno sentía que todo el éxtasis abandonaba su ser a borbotones lúbricos hasta el momento de eyectar el último nervio sensitivo de su alma africana.
Hasta derramar la última gota de semen el perpetrador no cayó inconciente, invadido por la boca de la mujer que besó su rostro deliciosamente. Luego, ella procedió a guardar con dedicación el miembro inundado de su furtivo amante dentro de su desaliñado jean oscuro. Se levantó con desinterés de la escena del crimen, trató de deshacerse del polvo de su traje limpiándose cuidadosamente con el reverso de sus manos. Prendió un cigarrillo antes de entrar de nuevo al decadente bar que servía a su vez como lugar de expendio de drogas y libre comercio negro.
Al entrar al oscuro antro pasó de largo a través de la larga barra y la hilera desorganizada de mesa y sillas. Se dirigió al baño para lavarse las manos que sentía deshidratadas y muertas. Lleno de especias y maní, repleto por una baba espesa y amarillenta, como un bálsamo putrefacto en el que grandes picos montañosos de comida y desperdicios se levantaran a su propio infernal espectro celeste, el pequeño baño expelía un fuerte olor ácido y dulzón que penetraba en los senos paranasales a manera de aborto de estornudo.
El negro, a las afueras del bar, sintió maltratada su espalda. Se incorporó de su visible estado de deshecho humano. Se dirigió de nuevo a la barra y pidió una cerveza. Tuvo la sensación de ser una persona supremamente frágil, penetrable; pero, al tiempo, se sintió frío y viscoso, como la superficie al tacto de un sapo.
Curiosa idea la de considerarse un hombre-sapo, pensó. Sentir aprecio por las texturas babosas y resplandor en los inhóspitos ambientes en que la humedad era reina. Poco a poco, conforme el líquido de la cerveza disminuía, tanto el ánimo como los intereses diarios del hombre fueron menguados casi hasta quedar reducidos a la nada.
De repente captó a lo lejos a una mujer, de vida exudando, que abandonaba el claustrofóbico salón. Pensó que si acaso esta situación fuera posible, era él mismo en la cúspide de su regocijo alimentándose y nutriéndose de los frutos podridos que el mundo le brindaba.
Calló como un silencio y deseó encontrar una pluma; una pluma ligera que le permitiera delinear el felino voraz que tanto lo había alimentado y que ahora ingería el cálido cáliz justo a su lado. No entendió por sólo un instante el fuego de su mirada, y deseó con gran fuerza que aquella mujer de un incógnito e indescifrable instante hubiese roto el telón de sus días que zurcieran aquel perenne instante.
El ahora deshilachado negro giró su dirección en torno a la barra en la cuál atendía una delicada androide de delineados hombros desnudos y firme mandíbula, dispuesta con presteza a atender los pedidos que le manaban por doquier. Una pequeña minifalda de áspero material barato y un esqueleto blanco hacían las veces de vestimentas al robot de naturaleza femenina. La androide de material liso y refinado escrutaba de vez en cuando al hombre tratando de determinar el posible riesgo que podría establecer para la tranquilidad del roto. El gesto del negro era tan desconsolado que pronto la angelical androide se despreocupó de él: simulando, cada diez minutos, sin falta, su acostumbrado intercambio “visual” con el hombre como uno de los comandos aprendidos de esencial cortesía con el cliente.
El negro, a pesar de ser conciente de la naturaleza artificial de la diosa de las mesas, sintió que el movimiento del amor se agitaba dentro de sí aún queriendo reprimirlo a toda costa. Debería tratarse, sin duda alguna, de un nuevo tipo de artefacto diseñado para causar esta remoción terrible de las sensaciones en personas poco experimentadas con la tecnología. Aunque también pudiera tratarse, con perfecta plausibilidad, de una creación tan maravillosa en su arquitectura cibernética que lo que le doliera tan profundamente al hombre no fuera en absoluto el aparataje técnico del artefacto sino la más pura belleza del objeto en sí que le humillaba en lo más hondo y le hacía querer consumirse en la profundidad de la mirada de su androide inquisitiva.
El negro, tan borracho como una rata como estaba, fue conciente del profundo amor que sentía por ella y deseó jamás poder apartar su mirada de su gloriosa creación. Veía cómo la abordaban el resto de buscavidas del lugar y sintió rabia por su incapacidad de no poder intercambiar más que las órdenes de rutina con ella. Por un momento era como si él fuera la máquina limitada y no la diosa de las mesas, en cambio. Un anciano complacido dijo desde cerca de su barra: qué maravilla la ciencia. En este momento el negro despreciaba cualquier cosa que le sonara a algoritmos concretos que pudieran explicarla a ella. Demostraba una vez más cuán tarado podía ser cada vez que se lo proponía y trató con todas las fuerzas de fijar su mirada en la cerveza, en los videos pornográficos e incluso en las chicas reales. Pero todo era irreal para él y la mirada infaltable cada diez minutos le conducía a la desesperación inminente de su propio mutismo. Pensó en el afortunado esposo androide de la diosa de las mesas. Seguramente, más tarde, al llegar ambos a casa, rendidos por sus horas de trabajo, se abrazarían, se prepararían la comida y hablarían. Ella le diría a él: me dan pena los humanos que se resisten a creer que no soy más que un diseño. Y él reiría, pensando “pobres idiotas” y, en el fondo de sus operaciones lógicas, sintiéndose en secreto orgulloso de ser el esposo de la maravilla de creación que tenía como mujer. Nada podría arrebatárselo, desde la orden de manufactura, y mucho menos un tonto humano borrachín de antro.
El caballero negro amaba fervorosamente a la androide a pesar de que hasta ahora no llevaba mucho tiempo de haberla visto por primera vez. Y todo eso era real. Pero alrededor de ella las difusas imágenes se hicieron presentes. Entendió que casi todo el bar era frecuentado por hombres sapos sin deseo, sin presencia; lo peor era que ni siquiera podía aturdirse.
Las manos del moreno jamás se habían encontrado a la espera de sentir el calor del rostro de una mujer extraña, pero a aquel extraño perdido de cotidianidades le atraían aquellas soledades, y cómo no hacerlo en esas nubosidades tan grises que no podían ver el rastro de aquella ninfa que tanto deseaba. Le irritaban tantas palabras sin ecos y deseó con fuerza descomunal rasgar aquella cotidianidad y tomar la tierna mano de su amada de aquel instante y caminar sin destino; ya que al alba, seguramente, desearía con el mismo fervor alguna otra ninfa.
Otra ninfa, cualquier ninfa, todas las ninfas. Era igual, las deseaba a todas por igual.
Ella? Un objeto. Una posibilidad? Tratándose de él siempre, sería una nueva posibilidad.
Y el negro se sentía feliz de haber encontrado a su amiga de infancia Luna Red. Es el final del mundo y no lo sabes.
O no había querido percibir que él había muerto con sus incongruencias y le pareció que el fin era más hermoso que no haber estado.
(Tiendita de los horrores – 4 de marzo de 2008).
Thursday, February 28, 2008
daga divina
(no apto para necios)
Una capilla repleta de sangre, y entre el hierro carne, y entre la carne hierro. De las columnas se desprendían grandes montones de excrementos cada vez que los murciélagos desplegaban las alas para abrirse camino dentro de la penumbra que no terminaba al alcance del ojo humano. Ventiscas propias de la alta montaña vulneraban el esfuerzo más obstinado de mantener el cuerpo en redención sobre las rodillas que desgarraban la carne para dar paso libre a la ignominiosa sensación del hueso. Una insidiosa neblina amarillenta apoderaba los espacios apoderada de una suerte de voluntad maligna que volvía estrepitosa sobre los orificios del rostro atento en levantar oración. De repente el cáliz se desprendía arrojado al vacío, y, sobre un largo manto dorado, las ratas devoraban el vientre abierto de un gigante perro negro. Una voz irrumpió el espacio como un ensordecedor trueno que violenta las ondas perceptibles por el hombre y conduce a la locura a quien sufre tales cuerdas vocales. Me mantuve firme. Ni los gusanos, ni las grotescas bestias que empezaron a defecar sobre mis manos mantenidas en oración, ni los golpes de las herraduras de los caballos, ni el hecho de que me estuviera volviendo putrefacción, hicieron tambalear mi inclinación ante la cruz que se alzaba desde más allá de la penumbra que no ven los ojos humanos. Fue cuando se me enterró la daga de fuego en el corazón.
Desperté bañado en sudor. La cama goteaba charcos de mi propio cuerpo, asaltado por el miedo y la zozobra. Me dirigí al reclinatorio de la habitación. El último astro refulgía en el azul del cielo. La luz fue extendiéndose como una fina sabana suavemente sobre el país. Castigué mi cuerpo antes de levantarme y tocar las campanas. Me persigné y presencié cómo los últimos demonios se devolvían a sus infernales refugios para descansar y volver cargados de energía por la noche a provocarme las pesadillas y espantos que me asaltaban durante los últimos años. “Buenos días, pequeñas criaturas malditas. Las espero sin falta esta noche”. Malgeniadas por haber llegado a su hora se despidieron con un gesto altanero y se ocultaron traspasando las paredes.
En la primera misa estaban sin faltar el bobo del pueblo, las mismas cuatro señoras de edad que acudían allí antes de hacer sus compras en el mercado y el mismo demonio que se disfrazaba de femme fatal pueblerina. A parte de mi fiel público se encontraban tres o cuatro campesinos, un soldado y un tendero. Ofrecí la misa a sus almas perdidas. Una vez terminada, esquivé los besos de las ancianas, las babas del bobo y las seducciones del demonio. Cerré las puertas de la iglesia. Me senté en una silla de la fuente de soda. Pedí una gaseosa. Cuando volví a la mesa habían matado a otro. Terminé rápido la bebida, pagué la cuenta, le di la bendición a un idiota que estaba borracho y fui hasta el garaje.
Me gusta desayunar a campo abierto. Tomé la carretera con la mayor velocidad posible a las afueras. Al llegar al lugar, unos niños se lanzaron sobre mi hábito. A pesar de los ofrecimientos de la casera sólo quise aceptar una ague’panela y un pedazo de arepa, que me sirvieron en un desvencijado pocillo de poltre y un plato. Luego de hablar con la señora, me dirigí hacia el campo. Allí, frente al gran manantial verde que se abría en los montes, me desnudé y me eché al nado. A mi lado pasaron dos serpientes. Eran dóciles serpientes de agua, un verde brillante y hermoso brillaba sobre sus escamas. Levanté a una a lo largo de su prodigioso cuerpo y la besé. La volví a bajar a la corriente y me miró extrañada.
Al otro lado del manantial venían los niños. Gritaban “Allí está el padre William. Vamos a escucharle su sabio consejo”. Se desnudaron al entrar y se acercaron con ágiles movimientos que revelaban su naturaleza como hijos del terreno. Me jalaban de la barba y me preguntaban “Padre William, por qué siempre estás tan callado? Por qué siempre luces tan triste?” Yo miraba al pequeño Paulo y no podía contener las lágrimas. Como si el pequeño Paulo ignorara el paso ineludible del tiempo sobre la carne, sobre los sueños y sobre los sentimientos. Crecer es podrirse y es difícil de aceptar al ver al pequeño Paulo girando en torno su maravillo cuerpo, levantar sus flexibles brazos al cielo, cerrando el puño como si agarra una buena cantidad de cuerdas invisibles que lo aferraran por siempre a la inocencia del juego y la santidad de los castos sueños. El vigoroso brillo del cabello negro, peinado sobre las suaves aguas, en contraste con su plástica carne blanca que parecía cambiar de forma con el ritmo de sus saltos, los labios rojos por efecto del enfriamiento del frágil cuerpo de Paulo, me recordaron que en el mundo existe una estación en los seres humanos llamado Infancia y me llevaron a arder de deseo y pasión por haber querido tener también un poco de esa Infancia que en el niño montuno resplandecía con tanta gloria como traduciendo la maravilla de la creación de Dios en todas sus criaturas.
“Padre William, por qué Francesco dice que los hombres que lloran son maricas?” – “No debes decir esas palabras, Luisotto” – “Sí padre, perdóneme por decirlas, pero así es que dice Francesco, y también dice que los sacerdotes de la iglesia son maricas. Que todos violan niños y son unos hipócritas”. Sumergí la cabeza dentro del agua. Al volverla a poner sobre superficie estaba Paulo y con su gesto inteligente fijo quiso saber. “Es eso cierto, padre William? Todos ustedes los sacerdotes son los más pecadores de todos?”
La mirada de Luisotto estaba atenta en mi miembro, claro a la vista en la transparencia del agua del pozo. Reconocí de inmediato que Luisotto era lamentablemente otro caso de niñez robada por un celo excesivo de su entorno en el sexo y sus connotaciones más grotescas, así como una subversión radical en la escala de valores en la cual lo sublime y trascendental de la vida humana se transfería estúpidamente a la satisfacción de los deseos más pueriles y arbitrarios. Luisotto, a pesar de su corta edad, ya estaba al tanto de dos nefastas verdades en el mundo y hallaba el modo de volverlas a su favor para justificar su negligencia espiritual y moral:
1- Un hombre jamás debe demostrar sus sentimientos y falta de frialdad en ningún asunto. Era lo que Francesco le había enseñado torpemente, haciéndole creer que el llanto era una forma asquerosa de demostrar inferioridad en todos los aspectos de un hombre. Y para Francesco nada era más inferior en este mundo que un marica. Por eso le decía que cualquier hombre que llorara era marica, es decir, menos que un hombre. Este niño Luisotto crecería sin tener la más absoluta idea de lo que significaba la compasión por el dolor del otro, por el dolor de uno mismo, la entrega y el olvido de uno mismo proyectada a un ser superior al que uno encomendara su suerte y sus luchas en este vano mundo. Por la misma falta de fe en un ser supremo y la carencia de un plano de trascendencia sólido, este niño se vería arrojado a un mundo de vacuidad espiritual, vulnerable a la caza y remate de religiones y creencias fofas y estúpidas – un día musulmán, otro día krishna, otro día seguidor de las tesis de Castaneda-. Agravado por un sentimiento exacerbado de sí mismo, divagaría por el mundo con un ego hinchado que necesitaría reafirmar en las más superficiales competencias de sus semejantes: competencias laborales, competencias económicas, competencias académicas… y, sobre todo, las competencias sexuales, las cuales serían alegremente motivadas por los medios, la publicidad, el consumismo y las marcas. Todas estas competencias, que le permitirían igualar o superar a sus “semejantes”, le penetrarían a su cerebro y a su espíritu como una fuerte helada que explayaría violentamente la muerte invernal de las esperanzas, el regocijo y la Verdad del Eterno; todo bajo la risa socarrona y la argucia de que ninguno de estos elementos sagrados existió jamás, pues quién va a encontrar algo de este fuego debajo de tal glaciar?
“Si el hombre llora, Luisotto es porque es inferior. La condición humana es miserable. Yo me he regado en lágrimas al verlos a ustedes, chicos, pues me sentí inferior y a la vez por ser albergado en la certeza de que ustedes serán algún día tan miserables como yo. Porque sólo no tener la conciencia de lo hermosos que somos nos hará liberarnos de nuestra humillación. Y ustedes me parecieron hermosos en ese entonces. Por eso lloré. Porque ahora Ya Son tan miserables como yo. Si les parezco un marica porque lloro, quisiera que toda la humanidad fuera marica. Pero ni los maricas lloran para no parecer maricas. Y si un marica llora, yo, un sacerdote, con más razón me permito llorar. Porque en la redención, en la humildad de reconocer nuestra miseria, podremos hallar la absolución de nuestros pecados. Y nuestro mayor pecado, niños, ha sido nacer. Por eso lloré al verlos. Porque yo no fui como Paulo y sin embargo es como si lo hubiese sido. Porque nací llamándome Paulo y con el tiempo lo fui olvidando. En cambio, tú, Luisotto, no naciste bajo ese nombre y fue Francesco quien te bautizó sobre una pila de inmundicias que exhalaban testosterona y esperma adolescente. Le encantó embadurnarte en la ceguera de su propio fango en el que se resiste a creer que es el único cerdo sobre la faz de la tierra, y tú fuiste su borrego, Luisotto, Luisotto, creyendo poder entender cosas que iban más allá de tu capacidad intelectual”.
2- El triste célebre y sonado caso de los padres pedófilos. Todos quieren prender su hoguera en la caza de brujas contra estos pájaros espinos de inocentes criaturas. Incluso Luisotto, que no cuenta con más de 10 años, ha aprendido a aborrecer la iglesia por estos casos sonados de sacerdotes que abusan de su autoridad eclesiástica para dar gusto a sus más rastreros deseos; clásico ejemplo de un hombre pervertido criado y motivado por una iglesia pérfida y corrupta desde su más arraigado centro.
Desde ningún criterio moral se puede justificar la práctica de este abominable crimen. Tampoco el argumento del ínfimo porcentaje de personajes de la iglesia católica involucrado en estos tristes casos parece ser suficiente para la defensa de la Iglesia. No obstante, desde la “racionalidad” realmente estúpida del hombre contemporáneo – totalmente impasible ante razones del espíritu pero completamente entregado a supercherías narcisistas como las investigaciones de las feromonas y las verdades para poder tener más sexo si no mejor- se juzga un orden de discurso que desde su base se plantea el problema de la tentación siempre latente del mal y la lucha entre la salvación del alma ante la condena eterna al infierno.
“Luisotto, desde que yo era niño, incluso más pequeñito que tú, se me inculcó y siempre oí en la iglesia que el padre decía que tanto más cerca se estuviera de Dios mayor sería el acecho del demonio. No existe ninguna razón para decir que lo que hacen estos padres, en provecho de su autoridad, es correcto. Todo lo contrario, es una gran ofensa a Dios y una afrenta a la existencia humana. Así como es cierto que los hombres de Dios somos los más vulnerables a caer en las garras del demonio, también es cierto que el Señor nos ha brindado este gran don a todos los humanos que es el libre albedrío y el poder de discernir entre lo que es bueno y es malo”.
“Si recordamos que el hombre es un ser inferior y miserable, debemos tener consideración por él, tan vulnerable a las tentaciones de la carne y el maligno. El maligno adopta las formas más grotescas de volver lo divino en algo totalmente pernicioso y corrupto: del amor natural y la gracia que Cristo sintió por la deliciosa compañía de los niños (dejad que los niños vengan a mí!), el gran mentiroso – que por eso se llama así- subvirtió los términos de un amor puro y generoso en la infame trampa de la perversión y confundió en los espíritus más débiles el amor natural por los niños trastocándolo a un sucio amor carnal y totalmente desnaturalizado”.
“La ley es severa con estos pobres pecadores confundidos por el demonio, pero dócil ante el demonio y su realidad; de hecho, la ley humana es la camarada número uno del mal, del crimen y la suciedad; más allá de que se alimenta del horror, es también la principal fundadora de él. Acaba con los abogados y terminarás con los problemas del mundo. Juzgamos a la iglesia por sus flaquezas, como si la iglesia no estuviera constituida también por hombres, que como hombres se reconocen en el pecado, sólo que con un propósito supremo, adorar a Dios y tratar de cumplir sus leyes. En este sentido la iglesia es sagrada y capaz de reconocer la santidad de sus mejores chicos en la tarea de llevar el mensaje de Cristo a los corazones enredados pero nobles de todos los terrestres”.
“Me duele ver a un chico como tú, Luisotto, tan prevenido por recibir la buena nueva de la mano de la iglesia. No te dejes confundir por el maligno. Sé que llevas un buen rato observándome fijo el pene, y un padre debe llevar su hábito rígidamente puesto, desde el cuello hasta los pies. Todo esto debe parecerte curioso e incluso veo en ti un rasgo de malicia. Porque no te llamas Luisotto sino el gran perdedor. Y no eres sino otra cara de la serpiente que bajaba por el río. Pero te confundes. El detalle de que no lleve puesto el hábito en el agua no me despoja de mi investidura, así como el hábito no hace el monje”.
“Paulo, ve y dile a tu madre que mañana irás temprano a la iglesia por tu vestido de guerrero y pelearás a través de naciones y continentes para defender el nombre del Justo, el Único y el Omnisciente. Te brindaré todas las armas para que puedas luchar los cuerpos y cómo defender tu alma. Cada vez que veas a un Luisotto debes aplastarle la cabeza como si de una serpiente de agua se tratara”.
De vuelta por la carretera principal al pueblo en mi carro, supuse que de alguna manera u otra había adelantado el Apocalipsis unos años. Al llegar al centro del pueblo me llamaron falsamente la Gran Ramera y me tiraron tomates. Salí furtivamente del carro. Corrí hacia la iglesia. Desde una pequeña ventana acomodé la bazuca y empecé a dispararles a todos los liberales que me decían que Dios no existía. En el ocaso, un sol enardecido de verano bajaba detrás de las montañas para descargar miles de guerreros celestiales que procurarían prestarme guardia durante la noche.
Monday, February 18, 2008
para decirte adiós 2 días.
Inspirado en mi viejo amigo y dedicado a él.
El viejo librero, observando un tomo en especial que le añoraba lejanos recuerdos de trunca infancia, se encontraba sentado en medio de su multitud de libros, todo repleto de polvo en la ropa y un ambiente asfixiante en medio de la ventilación viciada de la habitación. Prendió un cigarrillo pensando cómo era posible no haber muerto a estas alturas de la vida de un cáncer de pulmón o de traquea por su pérfida obsesión de telar siempre los pensamientos en las nubes de humo que exhalaba de sus tubitos consumados de nicotina.
Afuera el sol irradiaba como un cristalino baño de vírgenes de orgón que impregnaba los lugares más siniestros de un azul marino mutando las pesadillas en una broma entre marejadas de promesas de esperanza que levantaba la luna oculta a su afilado amante traicionado. Era un mediodía precioso en que las ratas se mordían juguetonamente las unas a las otras contagiadas de un renovador halo solar.
El viejo librero recordaba el tiempo en que tenía la misma edad de la muchacha con la que se había acostado hace una semana y siendo víctima de un mal presentimiento se alejaba de aquellos anaqueles repletos de libros como si estos fueran a aplastarle la cabeza con un golpe sordo y decisivo.
Nadia se llamaba la muchacha y el viejo no recuerda haber sido nunca tan listo como ella; en especial a esa edad, en la que acorralado por la timidez y el pecado se refugiaba en la casa de su tía Sahara a escucharle cantar mientras él lloraba como un gato debajo de un sillón sin ser advertido. Pero Nadia era como un trueno intempestivo que irrumpía en la noche los sueños privados y privados del puerto.
Espantado por sus mortales pecados, se levantó de un solo salto del gran sillón desvencijado como las piernas de una prostituta anciana y apagando el cigarrillo de nicotina con el talón sospechó que hacía falta un talón mucho más grande para terminar de fundir una ceniza que aún conservaba sus tristes fulgores.
Nadia le había besado luego de hacer el amor, de una manera automatizada, lo que no resultaba sino una forma de comprobar el placer que este juego macabro le resultaba a la muchacha; delirante ante la posibilidad del estar fornicando con su propio abuelo la niña se relamía en sus potenciales límites de morbo emancipado. Él se había fingido dormido, acto después, sólo para aprovechar el descuido de ella al dirigirse al baño y poderle contemplar el magnífico culo adolescente que terso como una insolente montaña se alzaba en medio de su escultural espalda.
La atmósfera salina del exterior lograba interrumpir el vilo secreto de los mohecidos anaqueles en que se podrían los poemas de amor y los manuscritos de tierna infancia. El sol quería tocar la fría coraza del anciano que se preguntaba cómo era posible que una jovencita irrumpiera tan descaradamente en su sexo y de paso en sus preocupaciones, sus pensamientos y le congelara los sentimientos en el tiempo, revelando al tiempo mismo. Si el septuagenario corazón se hubiera empeñado en escuchar los tambores de las mareas del puerto que surgían desde el exterior les oiría reír como una espumosa vanidad de los elementos que convergían al mediodía oceánico.
Conociste a Nadia cuando ella te preguntaba de una manera descarada y a la vez infantil sobre la vida de este libro, que te contara las andanzas de este escritor de la India, quería llenarse tanto de conocimiento como tú querías llenarte de su sonrisa que se te antojaba esquiva y prohibida. Pero tu sabiduría te descubrió rápidamente el verdadero interés de la muchacha, un interés oscuro y que se te antojaba trágico y desgarrador. En su risa había mucho de vergüenza y dolor; las preguntas que te hacía sólo le daban posibilidades de tomar respiro y andar más despacio en el curso frenético de sus pensamientos que desembocaban hacia un destino desalentadoramente concreto: el océano nocturno de su propia muerte.
Con un ardor impropio a su edad el viejo librero esperaba cada viernes por la tarde, luego de que ella saliera de clases, llegara y le saludara, entonces la vería llegar en su elegante faldita de cuadros, su impecable camisa blanca conteniendo unos furiosos pechos que parecían volcanes a punto de explotar, llegaría y le saludaría, entonces la vería recorrer cada pasillo del local, ávida de un nuevo descubrimiento, por lo general lo que más le atraía, según lo recuerda, eran los libros más viejos, con portadas rigurosamente encuadernadas en cuero y con más de medio siglo de antigüedad, acaso como él mismo, tan rigurosamente encuadernado en cuero y llevando encima de sus huesos más de medio siglo de antigüedad: claramente él se le antojaba uno de esos misteriosos libros que contenían tanta sabiduría imposible, que claramente ella desconocería para siempre y que claramente parecía lamentar pues parecía tener muy desalentadoramente en claro su destino oceánico nocturno.
El septuagenario librero sintió una aterradora conmoción con el paso congelado del tiempo y la calma aparente de las aves, la luz del sol que lograba penetrar el local desde el balcón y los sonidos de la espuma blanca que rebotaban apaciblemente contra las rocas y las fortalezas centenarias del puerto. Estaba absolutamente claro que las cosas marchaban mal. Y tenía a Nadia en su pecho y en el sabor de las arrugas de sus labios. Con el sabor de Nadia estaba el sabor del suicidio y la desesperanza adolescente, el dolor tierno y gravísimo de un corazón destrozado.
Una pequeña sombra a través del balcón inquietó su vigilia en guardia frente al lustrado escritorio. Sigiloso como un gato gordo se aproximó a la fuente del fenómeno. Pintó un extraño cuadrado en la atmósfera polvorienta de la habitación y rompió un conjuro de nicotina y almizcle a su paso. En una esquina un rayo del sol iluminaba furioso una tabla desprendida de una pared arruinada. La tabla desprendida cobraba un cariz de ultramundo a medida que el viejo se alejaba de ella sin poder percatarse del juego que se elaboraba a sus espaldas. Esa tabla, es preciso advertirlo, era una pieza que se desmoronaba y frustraba en un rincón inadvertido del cuarto. La tabla recordaba el primer momento en que vio a Nadia. Contempló su juvenil piel reprimida por un severo gesto en los músculos de su boca. Unos bonitos ojos negros que buscaban afanosamente un refugio seguro sin encontrarlo. Veía la tabla como Nadia se acariciaba el mechón que le caía al cuello y repasaba cada libro con un amor profundo y respetuoso por ellos. Se detenía ante una línea y respiraba hondamente al encontrar la belleza de su expresión. La tabla como el viejo no tardó en observar la sobrecogedora nostalgia de la bella mujer. A la luz del sol recordó la primera gota que ella derramó sobre su capa. La tabla se enamoró de la muchacha profundamente y tampoco pudo contener la tristeza que le albergaba al ver algo tan bonito y tan brutalmente desesperanzador. El rayo del sol persistía en maltratarlo ante el final de su vida, cuando se desprendiera de la pared y terminara en el escombro, junto al viejo y sus libros, sin que nadie se apiadara de nada de lo que contuviera la habitación. La claridad que le proporcionaba el rayo le embriagó y lo llevó al delirio. Fue cuando la niña llegó una tarde muy feliz de clases. Abrazó al viejo y giró por toda la habitación. Había pasado algo en el colegio, algo que nunca supo ni él ni el viejo que había sido, porque ella se había reservado el motivo de la alegría y sólo había llevado la alegría consigo inundado la penosa habitación de un sentimiento renovador y fresco. En ese delirio que sumergió a la tabla por efecto de un desgarrador rayo de sol imaginó la razón de la única alegría que conoció de la señorita. Ella bailaba y giraba por la habitación porque había descubierto que estaba en profundo amor de una tabla y que la tabla le amaba también a ella con el amor más puro del mundo entero. Ella le desprendía de la pared, le acariciaba y lo sujetaba a sus tiernos brazos. No había nadie más en el mundo que ella y la tabla. La cabeza del viejo, sangrante encima desde una de sus columnas de libros, entonaba himnos de amor y silbaba en señal de aprobación por la relación más perfecta que pudiera existir entre una triste tabla y una triste jovencita. El mundo vibraba en colores sucios y entre los dos bailaban un vals, el viejo susurraba palabras en latín que le llenaban el corazón de inteligencia y orgullo por todos los años de saber acumulado y ellos se veían cada uno frente a frente, los ojos negros maravillosos de ella brillaban como estrellas y la tabla lloraba de llenura porque el universo cabía en cada una de sus rayas resplandecientes por el sentimiento correspondido de la razón de sus viernes a la hora de la tarde. Era de noche y ya ella se había ido a su casa. Entonces el viejo se quedaba encima de su escritorio llorando amargamente porque el universo se había escapado de sus manos. La tabla no podía hacer otra cosa que pensar que las estrellas eran para los enamorados que surcaban las noches en búsqueda del uno para el otro. Los dos eran un residuo del plan celestial y vivían fuera del orden de los astros.
El viejo alcanzó la sombra que se había filtrado por el balcón y comprobó que se trataba de una palomilla. Le llamó Nadia en cuanto la vio por la hermosura de su plumaje y el pesar de su cantar. La paloma revoloteó un poco por su cabeza calva llena de manchas hepáticas. A la altura de su gigante oído le confesó: estoy acá para decirte adiós. El viejo trató de atraparla y corrió detrás suyo. La paloma entró en el cuarto y molestó un poco por la sección de literatura inglesa, luego se dio un paseo por la literatura argentina, finalmente llegó hasta la tabla y le confesó: estoy acá para decirte adiós. La paloma surcó el espacio viciado de la habitación hasta que logró posarse encima de unos estantes y de esta manera poder mantener fija la mirada en el anciano que entraba forzosamente a la habitación con un palo. El anciano dejó el palo en un cajón del escritorio y se arrodilló ante el espectro.
- Dime que no has muerto
La paloma lo miró sin desprecio y sin condescendencia. La paloma cerró los ojos y empezó a soñar. Mientras soñaba cantaba una hermosa canción que dejó paralizados tanto al anciano como a la tabla. El anciano se sentó en el escritorio, aferrando el codo en el escritorio para no perder de vista la paloma. De las alas de la paloma parecían arder vibrantes llamas níveas en que irradiaba cada nota de su canto herido. El viejo levantó una plegaria a San Juan Bautista y le agradeció por venir ante él cuando fue él quien debió haber ido hacia el santo desde un inicio. El espíritu abrió sus hermosos ojos negros y le advirtió que sólo había venido para decirle adiós.
Fueron dos días en que la paloma permaneció encima del mismo estante, entonando cantos desgarradores y vibrando su luz interior en el iris de los ojos del anciano. El anciano a pesar de sus dolencias y su maltrecho estado de salud, no cejó en mantener la mirada ante el divino espectro. Tenía una esperanza. El día en que llegara Nadia y se riera de sus locuras y no le creyera el cuento de la paloma y le dijera que estaba senil y le dijera que lo quería y le besara la mejilla y él se sintiera el hombre más afortunado del mundo y a la vez se sintiera culpable por extraer de los últimos momentos de vida de una hermosa joven los resquicios de su propia vida. Tenía una esperanza. Que estuviera soñando o fuera él mismo un sueño de la tabla que sentía como él el amor y el desgarrador sentimiento de perder la belleza en la forma de una hermosa niña que no soportaba los nudos de vergüenza y dolor que la vida se había encargado de someterla. Tenía una esperanza y por más contradictorio que pareciera la misma esperanza surgía del presagio de la paloma.
El viernes por la tarde, a la hora de clases, la paloma se movió del lugar donde había permanecido inerte por dos días llenando de cantos embriagados la librería. Paseó por la mesa de promociones del mes, voló por la sección de clásicos, llegó hasta la tabla y se despidió con un beso dejando un aroma de rosas a su alrededor. La tabla quiso quebrarse para siempre de su porción de pared. El viejo despertó al ver el inesperado movimiento de la paloma y volvió a arrodillarse, esta vez al lado de su escritorio:
- Dime que no has muerto.
La paloma se posó encima de la cabeza del hombre y lo arropó por un instante mágico en su aura. Se fue elevando la paloma y el viejo con las manos en posición de réplica, arrodillado, se empapó todo su humilde vestido de lágrimas incontenibles. El librero lloró durante un largo rato amargo en que no comprendió la visita de la paloma ni el sentimiento que le había albergado al ser abrigado por su magnífica presencia. El espíritu ascendió hacia la bóveda celestial hasta perderse en un conjunto de melodías y alabanzas al Señor Todopoderoso.
Una mano secó las lágrimas del anciano que se había abandonado al llanto. Luchando contra su propia tristeza trató de apartar las lágrimas para poder mirar hacia arriba. Nadia lo miraba y le sonreía. Le acariciaba las manos. Su profundo y amargo dolor se transformó en una súbita explosión de alegría al verla a ella. Su preciosa niña amada. Besó la mano con que la niña le acariciaba y le daba las gracias por no estar muerta, por vivir otro viernes. Y lloró, pero esta vez de felicidad. Todo no era sino un terrible sueño, un espanto.
A través de la nicotina y el polvo vio que Nadia perdía los contornos de su rostro. Que la mano que lo acariciaba se desvanecía rápidamente y cuando cerró sus propias manos para no perderla no tenía sino cenizas dentro de las suyas. El cuarto se llenó de penumbra. Sólo un rayo de sol fustigaba las lágrimas de la tabla.
Wednesday, February 13, 2008
sobre la acústica muerta del comando de batalla
La araña voladora que venía dando botes torpes por la habitación pasó por el televisor y luego volvió hacia mí y pasó por el televisor, volvió hacia mí. Me observo largo rato por el reflejo que en la pantalla aparece de mí y me interesa. Me interesa ver las imágenes sobrepuestas que aparecen en la pantalla y yo en ella y las tramas superpuestas sobre el fondo y a veces sobre la superficie de un tío sentado con su lata de cerveza en la mano. Por eso prefiero estos antiguos televisores combados, porque dan esa apariencia de peligro latente en que los actores podrían salir en cualquier momento de su espejismo y aparecer cerca de ti, con sus pistolas y sus divas, destrozando todo alrededor. Mi araña voladora pasea de un lado a otro. Le tiro el periódico doblado pero la malparida araña vuelve hacía mí.
A qué viene esto?
Todo empezó cuando el chacal me concertó una cita con un agente literario interesado en la caza de "nuevos talentos", como me lo aclaró el gilipollas cuando me sacó de mi estado de aletargamiento en mi habitación de la zona industrial. Nos estaba esperando en el café Dresden. Un expreso en la mitad y dos cigarrillos sobre un cenicero en forma de una famosa cúpula que yo desconocía. Soy sencillamente genial para percibir las malas vibras hacía mí y no es una genialidad innata sino aprendida con el paso de los años, de recibir rechazos tras rechazos, malas caras y gestos de reprobación inmediatos. El agente miraba al chacal con cara de no creer que hablara en serio cuando hablaba de una "joven promesa" y traía una vieja mierda conflictiva que agotaba sus recursos en cuanto medio se le ponía en frente; fama de amenazar en nombre de grandes empresas editoriales a pequeños mofletes; fama de delitos menores; fama de una "actitud imposible". Me senté y mientras me limpiaba los mocos con la manga del buso él le pedía al camarero una copa de Chivas 12 años y un poco de caviar para amenizar el encuentro.
- Oye tío, me puedes pasar uno de esos cigarros?
- No te pases de listo - cortó secamente el agente, mientras escondía el paquete en el bolsillo interior de su chaqueta de seda homosexual- escúchame bien pequeña mierda, te rompería esos cojones de gilipollas de inmediato si no es porque necesito que te prestes a una mierdita...
El camarero sirvió mi vaso de Chivas y preparó la mesa para traer la bandeja con los entremeses. Yo me aburría con el tono de severidad falsa del culo apretado que vestía camisetas polo claritas y le pedí permiso para ir al baño. En el baño mientras meaba me inyectaba en las venas de la verga un poco de "cucarrón etrusco". El color de la orina empezó a cambiar y vi otra vez la arañita voladora.
En el lavabo me mojé la cara para tratar de disimular un poco la deshidratación que me hacía sentir como una ciruela pasa. Atrás un gran letrero en inglés me llamó la atención:
A qué viene esto?
Todo empezó cuando el chacal me concertó una cita con un agente literario interesado en la caza de "nuevos talentos", como me lo aclaró el gilipollas cuando me sacó de mi estado de aletargamiento en mi habitación de la zona industrial. Nos estaba esperando en el café Dresden. Un expreso en la mitad y dos cigarrillos sobre un cenicero en forma de una famosa cúpula que yo desconocía. Soy sencillamente genial para percibir las malas vibras hacía mí y no es una genialidad innata sino aprendida con el paso de los años, de recibir rechazos tras rechazos, malas caras y gestos de reprobación inmediatos. El agente miraba al chacal con cara de no creer que hablara en serio cuando hablaba de una "joven promesa" y traía una vieja mierda conflictiva que agotaba sus recursos en cuanto medio se le ponía en frente; fama de amenazar en nombre de grandes empresas editoriales a pequeños mofletes; fama de delitos menores; fama de una "actitud imposible". Me senté y mientras me limpiaba los mocos con la manga del buso él le pedía al camarero una copa de Chivas 12 años y un poco de caviar para amenizar el encuentro.
- Oye tío, me puedes pasar uno de esos cigarros?
- No te pases de listo - cortó secamente el agente, mientras escondía el paquete en el bolsillo interior de su chaqueta de seda homosexual- escúchame bien pequeña mierda, te rompería esos cojones de gilipollas de inmediato si no es porque necesito que te prestes a una mierdita...
El camarero sirvió mi vaso de Chivas y preparó la mesa para traer la bandeja con los entremeses. Yo me aburría con el tono de severidad falsa del culo apretado que vestía camisetas polo claritas y le pedí permiso para ir al baño. En el baño mientras meaba me inyectaba en las venas de la verga un poco de "cucarrón etrusco". El color de la orina empezó a cambiar y vi otra vez la arañita voladora.
En el lavabo me mojé la cara para tratar de disimular un poco la deshidratación que me hacía sentir como una ciruela pasa. Atrás un gran letrero en inglés me llamó la atención:
No matter how beautiful she is...
someone in somewhere is tired of her
El nombre de Rachel me subió por las vértebras como un mal viaje y al salir había desaparecido el café Desdren para dar lugar a un clásico sportsbar norteamericano en el que los vagabundos gastaban sus últimos centavos en los juegos de cartas de playboy y uno que otro se emocionaba con los tediosos juegos que las grandes pantallas sintonizaban en ESPN. Para mí ya todo estaba perdido. Era el tercer día esperando a que Rachel se apareciera a la hora que me había prometido. Un viejo vagabundo llamado Pineapple Joe me consoló: no te deprimas chico, así son las norteamericanas. Pero yo no podía apartar la mirada de mi cerveza busch y aguardar la delicada sombra que se sentara a mi lado, como lo había hecho hace poco, y pidiera su Bourbón y me dijera: te gusta Nirvana, eh.
Chacal me encontró tumbado en el piso del baño. Los clientes me pasaban encima, con toda la delicadeza de los habituales de Dresden y seguro que si me escupieron le pidieron excusas a mi rostro inconciente.
- Joder tío, no te puedes comportar en una interviú de currete?
En la mesa nos esperaba el tío del trabajo, ya no recordaba por qué me encontraba aquí y por qué no llamaba a Nadia para que me recogiera y nos fuéramos a hacer el amor en una residencia barata del sector.
- Podiaís haberme guardado un poco de comida, eh, gili? - Inquirí luego de un concienzudo razonamiento a la mesa.
*
El agente ya se estaba incrispando y estaba a punto de reventar. Harto de que su oficio menor lo expusiera a este tipo de tratos con gente tan desagradable, como yo le resultaba, quiso terminar lo más pronto posible. Él hubiera soñado con ser un gran escritor de novelas históricas o un sendo crítico de las obras de finales del siglo XIX; también, cuando su genio le resultaba menos severo, se veía a sí mismo como un juguetón novelista que coqueteaba con la novela policíaca; como poseía ideas tan fuertes e irresistibles había incursionado por un período en el noble oficio de ser un columnista variopinto que expresaba firmemente sus más sólidas convicciones vitales: desde el análisis simpático de las modas de las jovencitas hasta asuntos más graves de geopolítica y terrorismo.
- Mira pedazo de copia tergiversada de basura ofrecida con traducciones pésimas de España o Argentina; no sé qué carajos te habrás creído (acaso el traductor español de Burroughs, porque es claro que ni siquiera manejas el verdadero lingo NY del escritor) pero te necesito para un testaferro - Me miró fijamente mientras me señalaba con el gordo dedo manchado de tabaco- Bah, es obvio que en tu mente de yonquetas ni siquiera sabes qué significa testaferro.
*
- No señor -le respondí mientras trataba de soportar el trago de whisky que me había apresurado.
- Un calado, para ponerlo en tu lenguaje atrofiado de basura literaria.
- Sí señor - Mierda, necesito a Nadia
Me explicó que la empresa editorial que acababa de montar su tío, y de la cual él era el agente literario, era en realidad una fachada de un negocio oscuro que no debería preocuparme saber su naturaleza; finalmente mi mierda sería publicada y puesta en las librerias y es lo único que a mi culo roto, según él, debería importarle y agradecer esta oportunidad caída desde el mismo cielo para montar el numerito de escritor que siempre había soñado.
- Sí señor
Me abalancé sobre él y le di un beso a las mejillas, pero con el colocón me resultó imposible guardar las proporciones y terminé regándole la gaseosa de chacal a su fino pantalón que tan bien le hormaba ese hermoso culo. Traté de remediar las cosas diciendo que se trataba de elementos que enriquecían mi obra, tan llena de anécdotas jocosas y reflexiones sobre pequeños accidentes como el que acababan de acontecer.
Me largué a un rave y allí me quité la camisa, pleno de felicidad como estaba. Los sonidos electrónicos caían sobre mi existencia como difuminando los contornos físicos e incorporando mi ritmo a la unidad colectiva que se revelaba en fugaces destellos de luz que venían y se iban a lo largo de la pista, hasta regalarme el rostro de Rachel en medio del frenesí y su abrazo contenía el calor maternal del mundo, su aliento era una invitación a seguir celebrando y vivir, sencillamente vivir, sin la muerte eterna de la conciencia que nos atrapa en una angustia irremediable de nuestra propia miseria.
- No le vaís a invitar una copa a la joven promesa? - Le pregunté en tono divertido a Chacal que se aburría a lo largo de la barra
- Fuck off - Respondió y me tiró un billete para que la pagara yo mismo
*
La guapa camarera vestida de latex negro me pasó la cerveza. Apenas me tomé el primer sorbo, el dj puso mi pista favorita de la banda sueca Please. Un remix a los chavales de La nueva división, de una canción cuya letra me gustaba en especial: miércoles. Se supone que esta canción no debería inspirarte a meterte un tiro, pero en mi caso produce un gran efecto autodestructivo y me pregunto si no es algo personal, si es que estoy tan jodido que todo me deprime, hasta una canción que debería subir el ánimo como miércoles dan ganas de morirme, más no de suicidarme, pues me causa mucho trabajo. Me senté un rato a esperar cómo aguantaba el trago y, para mi sorpresa, vi que a pesar de que la canción motivó al baile, luego de que terminaba los rostros lucían agotados y desencantados. No debería ser solo impresión mía. La canción deprimía realmente bajo su barniz electrónico.
La fiesta se estaba cargando de malas ondas. Todo el deseo sexual no cumplido empezaba a mostrar variaciones homicidas. Los borrachos habían llegado al punto estúpido de pérdida de albedrío y les importaba lo mismo romperte una botella en la cabeza que dejarte tranquilo. Me aburría y fui por un poco más de mi delicioso cucarrón a los orinales del club de mala muerte. Me estaba pinchando la pinga cuando un jefe de seguridad se percató de mis andanzas y llamó a otro incluso más grande.
- Tenemos un pincha-pijas - reportó por su audífono a todas las unidades.
Rachel me preguntó si sabía tocar en la guitarra las canciones de Nirvana. Le dije que bueno, que sí, pero que quería tocarlas en la rockola, es decir, programarlas. Rió como niña y me dijo que su marido era un estúpido. Le tomé de la mano y le dije que era una pena que no supiera valorar a una persona tan hermosa como ella. Me dijo que la recogiera de la tienda, salía en dos horas y estaba aprovechando su descanso para descargarse por el gilipollas que tenía de esposo.
Cuando desperté estaba amarrado en una barra de hacer striptease. La fiesta estaba mortal. En lo peor de la fiesta llegó Azeta, preguntó por qué me tenían encadenado y al no encontrar respuestas encañonó al personal de guardia. Al primero en dispararle fue al chacal. Luego, camino a la frontera con México, en el convertible antiguo y desbaratado gris, le pregunté por qué había disparado al chacal si él nada tenía que ver con la seguridad del antro.
- Ah no? joder, hubiera jurado... con ese aspecto de Censor.
Saqué la botella de tequila y celebramos al rayo del sol del desierto de Los Angeles. Amanecía. Me quité la camisa y empecé a cantar:
so god bless you all... for the song you save us... for the hearts you break everytime you moan...
*
*
En Tijuana conocí a una linda japonesa llamada Lain. Azeta en ese mismo entonces conoció a una chica que le recordó las últimas palabras de Cristo.
Perseguido y vituperiado por la comunidad científica al declarar que el planeta tierra no hacía parte del universo - no había sido invitado al cotejo astral- y por lo tanto no éramos parte de nada sino de nosotros mismos decidí buscar la paz interior en la zona roja más pacífica del mundo. Azeta, por su parte, emprendió la peregrinación más arriesgada que se pueda imaginar y libros de travesías y expediciones fueron escritos inspirados en su nombre como el nuevo Marco Polo esquizofrénico que atravesó las más vastas coordenadas para sufrir saqueos a sí mismo y pregonar la impronta de su propia derrota a vastas legiones más allá de donde muere la línea del horizonte celeste.
*medellín 1943
Sunday, February 10, 2008
la brisa de la madrugada
A veces observo al espejo retrovisor y veo mi adolescencia. Un pasado tan pesado como la carga de Atlas. Y siento que allí ocurrió algo que no me afectó en lo absoluto. A pesar de que yo estaba presente y me ocurría precisamente a mí. Imágenes fugaces y luminosas, con estallidos de luz que impiden reconocer mi rostro y mis gestos; estando presente yo y nada parecía afectarme. Seguramente el desinterés propio de la edad, la falta de conciencia o el escaso desarrollo de un Yo maduro. Escucho rayos de la época y siento el pinchazo en el vientre. Sworn and Broken de Screaming Trees. Hacía un calor infernal, amigo, y ahora estoy jodidamente solo debajo de esta puta palma a la intemperie de los moscos que devoran mi rostro empadado en sudor. La noche brilla pero el horizonte es negro. Yo me empapo un poco de tiernas expresiones de los ojos y los escondo a donde nadie se interesa de mi universo adolescente. Las gafas ayudan, es verdad, me sirve ser una pequeñita mierda. Para eso sirve ser una pequeñita mierda, para que se pierda el interés en ti y se te mire como un díscolo ser frío y fuerte que puede soportar la humedad de este viento tóxico que te ahoga en la soledad de tu cuarto empapelado en las bandas que te gustan: soundgarden y otra mierda. Era verdad que a veces gritaba y lograba disimular este grito de cucaracha en una carcajada, así que no había problema, el chico desagradable sabe reir, sabrá afrontar El Mundo. También soñaba mucho en tiernos sueños y creo que es lo peor, que también soñaba cosas que no sabían afrontar El Mundo. Luego, mucho después, me metía una línea de cocaína y creía que lograba sobrevivir El Mundo, me empeñaba en podrir mis sueños, en aplastar con el zapato los tiernos sueños y en no soñar para no sentir, para no herirme, para no estar otra vez en la piel de esta repulsiva pequeñita mierda. Cuando el grunge se puso de moda yo seguía escuchando grunge a pesar de ser lo más distante de la moda. Cuando el grunge se puso de moda, el mundo de la moda siguió su rumbo superficial e idiota y yo seguí mi rumbo grunge, profundo y autodestructivo. Cuando huelo una lata de cerveza mi memoria se dispara a estos días. Mucha juerga sin diversión; muchos amigos para la soledad; ninguna mujer para un vasto amor refugiado en el corazón dispuesto a volverse trillas por alguna degenerada que estuviera tan llevada que se fijara en uno, con aletas de cucaracha incluída. Luego, mucho tiempo después, en el sports bar de una playa llevada a menos de los USA, la mujer de mis sueños adolescentes se sentó a mi lado a tomar Bourbon. Rachel se llamaba. Hermosa y llevada del carajo. Babe, contigo me hubiera perdido en el corazón de una América estúpida y enloquecida, con el consuelo del azul de tus ojos que me remontaría por siempre a un mar alterno en otra galaxia y sabría que allí pertenecía el verdadero bicho que no se cansaba de destrozarse el corazón. Rachel se encontraba en proceso de separación de un tipo idiota que no sabía valorarla, le restregaba a las chicas de los sueños playboy en su aplastada existencia y la jodía por haberlo jodido a él casándose con ella. Era un verdadero animal de playa caído en desgracia por una estúpida-clásica-mujer-americana que no valía un dime. Ella ahora lo sabía y lo detestaba, pero también se odiaba por no dejar de amarlo. Rachel, mi sueño adolescente materializado, has leído a Kafka? No lo había leído pero sus aletas de cucaracha sonaban al compás de mi corazón. Pero era una cucaracha interesada en animales de playa no en cucarachas de los agujeros araucanos del tercer mundo y las noches asfixiadas en miles de canciones en inglés dedicadas a ellas, las cucarachas americanas. Sobra decir que sólo pude apreciar el vasto océano de ese planeta de otra galaxia a través del telescopio de mi rancho arruinado: un planeta que repelía las misiones interesadas en ella. No quería follarla, no quería tenerla debajo de mis risibles brazos flacuchentos, no quería golpearle su culo con mis guevas. Sólo quería que me quisiera. Quería que ese planeta que desprendía con gracia su vida marítima susurrara a mi oído: te veo como tú me ves. Hey ah na na. Innocence is over. Hey ah na na. Over. Es de noche en la llanura araucana. Tomo una cerveza del refrigerador. Me siento en la sala y me tiro en el sofá. En la tele hay pocas opciones: programas eróticos en Globo, el canal brasilero; sexo pícaro en el canal peruano. Necesitaría estar un poco menos borracho para aguantarme Cartoon Network. Afuera las iguanas corren en busca o perseguidas por no sé quién o qué. El mundo no se mueve y el silencio de las estrellas me invita a mantenerme arrinconado. Mis amigos se han ido de farra esta noche y han preferido no llevarme esta noche. Mis padres duermen en la habitación de arriba junto a la habitación de mi hermana que también duerme. Estoy solo en la casa, me digo. Hay mucha cerveza en el refrigerador y voy a tomar hasta caerme muerto en la cama. Es lo que por general hago. Pero también sonrío, podré sobrevivir El Mundo. Hace un tiempo al pensar en estos años pensaba que no era más que un pajero. En realidad, practicaba con mucho interés la masturbación. En realidad, veía como volaba la leche por el cielo hasta el techo y volvía a mi cuerpo como una misión abortada a mitad de camino. Pajero significa autosuficiente. Y es que pensándolo, desde hace poco, nada me parece más falso que concebir como autosuficiente a una persona que gritaba sin gritar la necesidad de que alguien lo complementara. Que sufría realmente por falta de amor, por entrar al universo en el que la gente se besaba y se decía tonterías, el universo en que la gente se dedicaba estúpidas canciones de amor y se decía: con esta canción te recordaré por siempre, mi otra mitad. Sufría y recuerdo que ya antes de partir definitivamente de Arauca, en una fiesta de amiguitos de mi hermana, a un pequeño gilipollas que decía que ella le rompía el corazón y se ufanaba de ello y ponía ese estúpido disco, Pablo Honey de Radiohead, y se botaba en el suelo personificando un sentimiento ajeno, le apagué el equipo, le mandé a la casa y le dije que en presencia mía no volviera a hacer ese obsceno número que ya tantas veces había visto. Más bien, sabría decir que en mis años mozos de estar vuelto mierda era un perfecto auto-insuficiente. Ya parecía que no estaba enfermo. Sin embargo, la enfermedad se lleva en el alma. Uno cuando canta, canta en la enfermedad. Uno no respira sino enfermedad. Y cantaba enfermedad, hablaba enfermedad, miraba enfermedad. Incluso cagaba enfermedad! Lloraba en el baño de esa casa. Eso fue a comienzos del 97, si estoy tan mal. 10 años y esa imagen no se borra. Sentado en la taza y llorando. Tal vez estaba cagando pero tal vez quería morir. Fell on black days de Soundgarden. Estoy algo jodido. Estoy en quinto de primaria, en Bogotá D.C. LLevo un disfraz de payaso y hago un monólogo jodidamente largo y jodidamente bueno que provoca llanto en mi público escolar, toda la escuela de ese entonces y acto seguido los aplausos. Yo estoy al frente de todo un auditorio y sin creerlo me largo en un monólogo conmovedor de un payasito de 10 años y hago que los profesores se emocionen y que los niños lloren y que los padres se pregunten qué carajos hace ese niño allí pintado como un puto payaso. Es una obra, una obra de escuela. Una obra de escuela distrital. Una obra barata de primera. La noche anterior la estudié con atención y dedicación con mi madre. Pero soy un pésimo hijo. Mi madre era severa y yo se lo agradecía porque sabía no iba a fallar. No esta vez. Había encontrado mi profesión: más que actor, la de payaso. Resultó que me aprendí toda la obra, mis partes y las partes de los demás actorcitos. Como era natural ningún niño se aprendió por completo su obra y yo desde el telón les gritaba o les guiaba sus partes. Llegó el momento en que todos terminaron sus roles y el encargado para culminar la trama era mi monólogo. Me regué con otra voz, con otra vida y de allí, desde ese otro espacio, brotaron los aplausos, las lágrimas, la emoción. Había rapado desde ese algún otro lado algo que dirigí hacia mi lado de escolar rechazado por ser el peor en deportes. Otro día un pequeño discurso sobre 1492. Mierda de la conquista. Más aplausos. Qué memoria la de la pequeña mierda. No se volvió a saber nada más de la pequeña mierda. Seguía ausentándose del colegio para cumplir su cita con el hospital. Se graduó de primaria siempre con mención de honor en disciplina. Muchas llamadas de atención por su desempeño social, pero buena disciplina! En bachillerato alguien muy muy cercano le dijo que era tan idiota como para poder graduarse de bachiller. Que no se preocupara. Y la verdad, no se preocupó mucho en hacerlo. Todos los años de bachillerato fueron una desgracia. Los profesores decían: la mejor época de la vida. No sabía a qué se referían. Claro, se refieren a la época en que los animales más fuertes se cogen a las animales más brutas. Se refieren a la amistad homoerótica de inflarse los músculos y reducirse el cerebro, darse una palmada en el culo y decirse: bien, Giovy, sos lo máximo! El colegio es la verdadera cagada pero en adolescencia el colegio no me importaba porque ya había sido oficialmente declarado bruto para lograrla. Tenía gafas, es cierto. Las viejas buenas y licenciosas se me acercaban con precaución y me preguntaban si era científico. Yo le preguntaba a los profesores de ciencia la manera de producir cocaína hasta finalmente conseguir la fórmula. Los tipos me pegaban hasta el cansacio. Alguna vez quise ser budista y les dije: el dolor no existe. Con ese interés de idiotas que quieren aspirar a la inteligencia pero que queda amputada en la mitad me golpearon de nuevo y me preguntaron: le duele? La verdad no me dolió pero dije que sí para que dejaran de golpearme. Era budista mas no idiota. Luego aparezco en Arauca. Allí no me golpeaban aunque ganas no les faltaban. Alguna vez alguien para insultarme me dijo: usted es tan poca cosa que nadie quiere pegarle. Pero muchos quisieron pegarme. Ya no estaba enfermo, si consideras que en ese entonces no era un alcohólico ya -y en este caso sí que estaba jodidamente enfermo. Me gustaba sobretodo ver el atardecer desde el tercer piso del edificio. A esa hora recuerdo que ponían Heaven besides you de Alice In Chains. No la volvían a poner sino entrada ya la madrugada. El resto era programación de playa y canciones de mierda de Rap: tupac shakur, snoop... No tenía VCR y como me encantaba tanto esta canción me empeñaba en volver a escucharla hasta la madrugada. En la espera vaciaba el refrigerador de cuanta mierda tuviera: entre esa mierda muchas latas de cerveza. Recuerdo que la primera vez que desocupé toda una caja (petaco) de latas de cerveza, y terminé la última, escuchando justamente Like the coldest winter chill heaven besides you.. hell within... me sentí como uno de los cuervos que en la mañana visitaban el palo que daba en la otra esquina, no la de la calle, sino la de la residencia, esos pájaros negros tan hermosos en su luto y tan madrugadores. Disfrutaba la canción totalmente ebrio, la cantaba, la bailaba, llenaba de la primera luz del día mi feo cuerpo y mi feo rostro, en el cielo, sintiéndome en el cielo. En efecto, el azul del video es totalmente conforme con el azul de la muerte de la noche y el nacimiento de los días de mierda. Y la brisa que llegaba a través del gran ventanal era un placer para el alma intoxicada. Terminaba la última lata al ritmo de una frenética y repetitiva canción de rap que me sentaba mal; el sol ya empezaba a ponerse impositivo; revisaba la nevera; con excitación veía que había "sido capaz" de acabarme toda una caja de cerveza: los adultos despertaban y maldecían aquel bicho borracho y degradante en la sala; yo me despedía y caía como muerto en la cama...
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