Thursday, May 08, 2008

que los cumplas muy feliz


O sea tenía que salir
con los bolsillos llenos de lugares comunes
tangos en estado de merecer
por ejemplo un chamuyo misterioso me
acorrala el corazón
por ejemplo pensé en no verte y temblé
por ejemplo fuiste papusa del fango
por ejemplo siento angustias en mi pecho
por ejemplo alma otaria que hay en mí
por ejemplo el amor escondido en un portón
por ejemplo su lento caracol de sueño
por ejemplo no hay luz en mis ojos
por ejemplo paseo mi tristeza
por ejemplo quería besar tus manos
por ejemplo ya me voy y me resigno

pero a los quince años los tangos suenan como
lejanos bombardeos
como ráfagas que hieren siempre a otros
como fuelles que avivan la hoguera del vecino
nunca como el contrabando de nuestra dulce
infamia
como la pústula de ternura que nos afecta
hasta la raíz del pelo
como nuestra vergüenza a la intemperie

a mis quince años de las once y cinco
los tangos no se apoyan en mis huesos
sino en la gran claraboya del mundo
y eso
está alto
y sobre todo lejos

el cielo llueve con todos sus bandoneones
pero hasta que la gran claraboya no se abra
su aguacero de bochorno no empapará mi rostro
no tomará el aspecto de mis lágrimas

esto es pulpa de tango y el resto verdurita
en vista de lo cual decido irme a lo del viejo
baldomero
a su altillo de pulida miseria

baldomero es un fantasma remendón
tan flaco que el viento le silba en las mandíbulas
a su lado tiene un balde rigurosamente oxidado
donde extrae clavitos que muerde y saborea

baldomero es por sí solo una hazaña
alguien que esperó en vano a goya o modigliani

sabía que ibas a venir dice mirándome por
sobre la media suela clavada y el taco de goma
lo sabía porque sos normalmente egocéntrico
tenés tu autoculto de la personalidad
cumplís quince y querés de algún modo
calibrar el eco de tan gloriosa celebración
pero a mí no me molesta
al contrario me entusiasma verte tan cándido
en tu orgullo sin trastienda
tan lleno de signos y de auspicios
de vastos presagios es decir de fatigas

botija no sé en realidad qué decirte
quince años es una edad linda para no morirse
claro no me refiero a esa poca muerte que
reclama pésames y puteadas
más bien quiero decir que es una edad linda
para no morir de rutina de orden
incurable e infeccioso
para no morir de certificados
de disculpas
de prudencia
de tendríamos que

y sin embargo no sé qué decirte
no creas que me callo sólo porque aprieto estos
clavitos con los labios
en realidad no sé qué decirte porque ninguna
lección sirve
hoy tenés una mirada dulce esplendorosa
y mañana o pasado no te reconocerás de tan
amargo
hoy mirás a las muchachas de la lluvia
las muchachas del sol
y tu primera taquicardia de homenaje te deja
débil con las cejas en alto y una nostalgia
que empieza en los riñones

tu suerte y tu desgracia
es que podés empezar a comparar
digamos el contrabando de emociones que
aparece algunas tardes en la mirada
negra de tu viejo
o la perplejidad con que tu madre todavía hoy
mueve las manos sin anillos
o el conmovedor sortilegio con que tu hermana
ablanda tus durísimos reposos
o la vacación que se toma tu abuelo cuando
cuelga la escafandra en el ropero
o la rompiente soledad de tu abuela cuando
moja el pan en nuestro vino tinto
o la solidaria ira con que el primer amigo te
embauca honestamente

con qué
compararlos con qué

acaso con la miseria remolona que una vez
viste desde la ventanilla del 126
con el descalzo invierno de los pibes que te
examinan con truculencia como si fueras
el apolo doce o la aurora boreal
con los primos de la sirvienta que se
masturban frente al televisor
con el tío estudiante que en horas de disección
pone un cigarrillo en los labios ceniceros
del muerto
(...)


compararlos con qué
con las floraciones y los escollos
y los secretos y los raptos y las indigencias
ejemplares
con el bochorno y el espanto que infectan
diariamente las noticias
con el aprendizaje de la crueldad
con los testigos del aprendizaje
eh compararlos con qué

es horrible el horror
pero qué cierto

mientras termino esta media suela
andá vaciando tus bolsillos
de boletos y pétalos y contraseñas
de diamantes de vidrio
de tus oros de lata

convencete botija
se te acabó la única vacación que nos otorgan
vaciá de una vez los bolsillos
vacialos de esos salmos a nadie
de esas mentiras de colores

llegó la hora de la desmemoria
la hora de hacerte la decisiva morisqueta frente
al espejo roto

ya sé
todavía la infancia anda remolineando por tus
bronquios tus encías tu páncreas tus rodillas
no se decide a abandonarte así no más
vos mismo sentís que tu estatura te queda
grande como un capote de la guerra del
catorce

cuando nadie te ve te aferrás al meccano y al
yoyó como si los desdichados juguetes
pudieran salvarte
este presente brusco te tomó evidentemente de
sorpresa
no estabas preparado para el mal aliento ni
para tu primera erección ni para el
epiléptico que viste derrumbarse
sin embargo eso es bueno
es decir necesario

mirá los remendones como yo tenemos tiempo
de pensar entre taco y taco
lo importante es que adviertas que el mundo es
jodida pero remediablemente injusto
lo importante es no rezar líbranos de todo mal
nadie se libra

por lo menos nadie se libra matriculándose en
humanidades
ni tomando diurético los lunes
ni mudándose al camposanto
ni aprendiendo alquimia por correspondencia
ni abriendo en sueños las dóciles piernas de
miss universo
ni escribiendo una oda sobre kennedy u otros
cabrones igualmente simpáticos
ni regando los cardos con ternura
ni congraciándose con los psicodélicos
ni vacunándose contra la polio
ni fornicando un sábado de gloria

no hay posible exorcismo
nadie se libra
la única fórmula es asumir el mal
digerir el mal
y hasta ayudarlo con un buen laxante
las brujas de salem como es obvio
son un caso de estreñimiento colectivo

me voy baldomero digo
no te olvides grita todavía
este mundo es injusto
tate tranqui viejo no me olvido
catarsis sí estreñimiento no


Mario Benedetti. El cumpleaños de Juan Ángel.
1970

Monday, May 05, 2008

heaven scent

Hoy quise llorar. Pero por más que intentaba no podía. Fui al baño. Me encerré. Traté de expulsar esas lágrimas que tenía adentro. Pero no salía nada. Por qué esas repentinas ganas de llorar? No sé. Pero lo que me resulta más inconcebible es por qué no lloré si tenía tantas ganas. Inventé un disimulo de lágrimas. Me tapé los ojos e hice buu buu. Pero las lágrimas no salieron. Què ganas de llorar y el día fue tan triste. La mayoría de gente se contentaría con un día de lunes festivo, un pedorro día festivo como le llama mi único amigo que he conocido en el planeta tierra, sólo que él no es de este siglo, él es un griego y con eso digo todo, con eso sé que lo destruyo todo, sé que me leerá y sé que lo destruyo todo. Él, él el domingo lloró por mí, por mi suicidio, y mira que sigo viviendo, mira que sigo escribiendo, aunque la verdad es que el sábado me suicidé y razón tenía el griego en llorar por mi muerte porque ese mismo sábado ocurrieron tantas cosas que no fueron tan coloquiales como para no matarme y él fue el único que me comprendió, es más, creo que muchas veces es él el único en comprenderme, incluso cuando se escape a mi comprensión, incluso cuando yo no comprenda muchas de las cosas que escribo y que siento, es él quien me comprende y yo ya no sé si él se comprenda, tal vez yo lo comprenda, tal vez yo quiera estar a su lado y decir: sé el frío que estás padeciendo... pero eso es decir mucho, aún cuando yo sea experto en decir mucho, a él no lo puedo nombrar, porque es él el único que me comprende, el único que sabe el lugar de mi nacimiento y sin embargo el único capaz de saber por què morí de esa forma tan horrible. Y él lloró, sí, lo sé, porque él me lo dijo, él me dijo que lloró por mi muerte y se sintió más sólo que un hijueputa, porque ahora estaba sólo, sencillamente por eso, porque ahora ya no estaba el pintonón. Sencillamente por eso.

Hoy le dije que estaba muy triste. Muy putamente triste. Que sufría de una enfermedad llamada depresión y que era natural que estuviera tan triste. Pero tenía esas arrugas en la frente que no se me hacían, ese entrecejo tan contraído, y ella decía que me veía normal. Debo ser un animal para no llorar. O no debo amar para no llorar. Y sin embargo amo mucho. Amo todo. Amo el lugar modesto que se ocupa en el universo y sé que yo no soy de esta tierra, sino de un planeta ajeno, él me lo ha dicho y a él le creo. Alguna gente ha usurpado nuestras conversaciones y no ha entendido nada. Estoy tan ebrio que ya nada importa y sin embargo esta tristeza es arrasadora y me dirige a una niebla infinita en la cual me pierdo.

Tuesday, April 29, 2008

Kerberos Monogatari

En el antejardín de mi casa decidí recostarme un poco a tomar sol. Sentí un poco de alivio al poder recargar las energías de mi cuerpo en este breve plazo sin lluvia y niebla. Me cubrí los ojos con los dos brazos y yací con los ojos cerrados sintiendo el abrigo del sol en mi barbilla, en mis mejillas, en mis brazos, en mis piernas. Me vino a la memoria la imagen que mi amigo me mandó al correo, en el que se veía cómo el sol era inclementemente atacado por una gigantesca ola de gas caliente desplazándose a una velocidad desmesurada recubriendo el sol por completo en media hora. El fenómeno fue llamado por los científicos, a manera de analogía, como el tsunami solar y resultaba asombroso comprobar que la energía provocada por el fenómeno podía desatar en un segundo dos mil millones de veces todo el consumo de la energía mundial. Pensé en el pobre sol allá sumergido a la vertical de una galaxia hermosa, que no por necedad se llamó la vía láctea, compuesta por millones de soles y en el centro una hermosa conflagración de luminarias divinas a las que se dirige su ápex. Volteé la cara un instante y un penetrante olor a sal me llegó al fondo de la nariz. De inmediato reconocí su repugnancia y aún con los ojos cerrados traté de explicar el origen de este hedor. Incluso me olí al pensar que yo era el origen de esta pestilencia. Lo sorprendente es que olía a carne. Sentí por un instante como si hubiera pasado un año sin que yo me hubiera percatado y fuera yo quién empezara a desintegrarme bajo el efecto de un sol voluntarioso empeñado en surcar su camino hacia el centro de la luz absoluta. Decidí abrir los ojos asustado por el rumbo de mis pensamientos y al volver de nuevo mi cara encontré el origen del apestoso olor. Dos pedazos de costilla se podrían en el césped. No sé el por qué se encontraban allí pero dejaban una desalentadora premonición de muerte. Es algo que no quieres ver en el centro de tu antejardín en la apacibilidad de un mediodía. Quieres ver las flores celebrando su alimento solar, quieres ver los niños jugando, quieres ver el verde brillando. De repente estás acostado y tu cabeza está en medio de dos pedazos de costilla en estado de putrefacción desde hace varios días. Entiendes que tu cabeza también se pudre por efecto de ese sol sin el que nada sería tampoco posible. Anoche tuve un sueño que de alguna manera me conecta con el episodio de las costillas podridas. Me encontraba con ella y a veces yo llevaba en mi maleta dos cervezas. Una para ella y otra para mí. Nos la tomábamos en el bus. Un señor nos preguntó si ese ramo de flores era artificial. Yo recuerdo que lo llevaba como si fuera una bolsa y la pobre matica sufría mucho. Es natural, le contesté al señor que iba en el bus. Ellos eran de Pereira por la conversación, pero tenían una charla tan amena y grata que más de una vez me descubrí sonriendo con ella de las ocurrencias de la pareja. La noche era triste y terminamos en una cantina oscura hasta que cerraron las puertas y terminaron sacándonos. Antes compramos una media de aguardiente y la terminamos en el parque. En el sueño yo estaba al lado de un reconocido escritor bogotano. Él bajaba por las escaleras eléctricas, pero como eran tan estrechas yo había decidido cogerlo de la mano y bajar de un lento salto como un aterrizaje de superhéroe. El escritor sorprendido me preguntaba cómo lo había hecho y yo le había contestado: ya ves, tu escribes, yo vuelo. Luego él se encontraba con su familia y lo habían recibido de una manera que me parecía tan bogotana que había decidido mantenerme aparte porque no tolero mucho estas muestras de afecto retenido de los bogotanos clase media-alta. Luego me había dirigido al baño y el escritor me había dicho que lo esperara. El baño estaba atestado de viajeros que seguramente habían sometido sus tripas a lo largo de todo el viaje y ahora se desquitaban. Lo recuerdo porque veía debajo de las puertas para ver qué cabina se encontraba vacía y todo lo que veía eran zapatos mirando al frente con pantalones caídos. No había remedio, tenía que usar el orinal. Allí ya se encontraba ese escritor bogotano orinando. Yo me saqué la pollita para orinar pero me resultaba incómodo. Eran de esos orinales que se disponían de a cuatro. Dos en un lado y otros dos justo al frente, así que uno tenía que ver a la persona que estaba en frente de uno meando. A mi lado estaba el escritor bogotano, ya empezaba a soltar el chorro. Al frente mío un negro de pelo corto afro esponjado. Saqué mi pollita para disponerme a orinar. Siempre me ha resultado lo más de incómodo del mundo tener que orinar al lado de una persona, ahora al frente inmediato de otra se me hacía imposible sencillamente. Para empeorar la situación el negro jadeaba. Ahora se quejaba y hacía toda clase de sonidos. Yo esperaba a que el chorro saliera. El negro empezó a remilgar en inglés. Yo me miré con el escritor. EL escritor dibujó una risa en la cara, mientras satisfecho se guardaba su pija en el pantalón. Yo traté de concentrarme y no hacer caso del hombre del frente. Pero el hombre empezó de nuevo: oh my god, yes, yeah, come on' man, yes, let it go man. Bajé la cabeza hasta tocar la mandíbula con el pecho y empecé a sonreír un poco. Subí la mirada y el hombre me miraba con cara de reproche. Cerré los ojos y traté de seguir en lo mío. Pero el negro seguía y cada vez lo hacía con un acento sureño más pronunciado: yes, man, come on, show me what you got. Ahora no podía retener la risa y empecé a reirme. Ahora ya no podía aguantar más la risa y resulté soltando una carcajada lo más de estruendosa: JAJAAJAJAJA y era como si la carcajada me ganara porque el hombre me miraba con la frialdad de un asesino pero yo no apenas me detenía en su cara y escuchaba sus quejidos ingleses y otra vez la carcajada volvía cada vez en un grado que yo desconocía capaz de contener. Viendo que era imposible mear en estas condiciones decidí meterme la polla en el pantalón e ir a lavarme las manos. Atrás de mí venía el hombre negro de mediana edad, tamaño promedio y peso pluma. Yo me lavaba las manos y el escritor al ver problemas decidió retener la amenaza. El negro se abalanzaba hacia mí pero el escritor lo lograba controlar. Entonces el negro empezó a gritarme: tú motherfucker no sabes quién soy yo, yo en mi juventud fui boxeador y tú una pequeña mierda, eres una pequeña mierda que se burla de los viejos. A mí me daba mucha risa el señor y la situación. Recuerdo a la gente saliendo de las letrinas, aún un poco desconcertadas por tener que verlas con su sistema digestivo, y sin entender el por qué de la tensión latente entre el señor moreno y yo. En un momento de descuido de mi amigo (¿?) escritor, el exboxeador se soltó y se abalanzó sobre mí. Me cogió del cuello y yo trataba de vencerlo con mi altura pero era imposible ante la fuerza de él. Trataba de codearle la cara pero el verle la cara me daba mucha risa, así que en un momento en que no contuve mi risa el hombre aprovechó y me pegó mi primer puño a la ceja derecha y recuerdo que en ese instante yo tenía tanta energía que no podía sino reir como un desesperado aún cuando tuviera la mitad de la cara llena de sangre por el chorro que se desprendía de la ceja. Yo seguía de píe y lo empujaba y le decía: yeah, let it go man. El hombre más se enfurecía y me daba golpes al estómago que me provocaba flatulencias que eran recibidas con mucha gracia y me provocaban más carcajadas frenéticas. En un momento el negro se abalanzó sobre mi cuello y me llevó a una letrina que quedaba en una esquina. Me cogió la cabeza y me la dirigió con el fin de hundirla en el agua. A lo que yo le decía: No, es demasiado americano, lavarme la cabeza en la taza de baño es demasiado americano.. y no podía dejar de reir. El escritor me salvó de las garras del endemoniado hombre negro y me llevó al lavamanos con el fin de lavarme un poco las heridas. Pero el negro se acercó con las manos empapadas y decía: esto es agua de la taza de baño y tendrás que chuparla de mis dedos hijoputa. Así que aún con el escritor teniéndome medio arrastrado en el piso, el negro se puso encima mío y me metió los dedos a la boca y me decía: chupa, chupa que estos es lo tuyo, agua de mierda, hermano. Y yo le chupaba los dedos con mucha gracia, como si fuera un acto de la más excelente calidad sexual y le decía: hmmm qué rico, qué rico papi esos deditos. Recuerdo que amanecí, aún con el recuerdo de esa risa frenética en mis labios, con esa sensación de ser mancillado hasta la muerte pero con una risa encarnada en lo más fondo que ponía una distancia entre mí y las situaciones que me ocurrían, como si mi cuerpo también fuera una bolsa que requiere explotar para encontrar qué ahí allí adentro. Hoy siento que perfectamente podría ir a la tienda y encontrarme a ese hombre de cabellera corta afro y decirle que ejecutáramos un acto igual de escandaloso sólo para probar las posibilidades de nuestra embriaguez.

Sunday, April 20, 2008

(untitled)

Un ramo de flores envuelto en papel periódico tirado en el sucio césped húmedo. La noche es cálida y apacible. Transcurre el año. Las estrellas titilan a distancias increíblemente absurdas. Los coches viajan velozmente por la autopista. Los niños asoman su ventana a las aceras. Las mujeres viajan en el puesto de copiloto, junto sus esposos. Los vendedores de minutos se juntan y charlan un rato después de la jornada. Pasos apurados se escuchan por las lozas del puente metálico. Silencio de brisa roza por los rostros somnolientes de los usuarios del transporte público. Cruzamos la noche como un lánguido océano inagitado.

Al otro lado de la mesa el hombre con turbante me dice que está llorando. Yo tomo mi malta con pitillo y trato de imaginar su contorno. Me levanto de la mesa. Cuando vuelvo el hombre con turbante sigue al frente mío. Mientras yo tomo mi malta, sorbiendo con el pitillo, el extraño confiesa estar llorando. Él está llorando, pero no veo su contorno. Cuánto tiempo llevamos sentados y no nos reconocemos. Sólo pronósticos terribles. Este hombre incita a seguir sus lágrimas aún cuando no se sepa nada sobre él. Repentinamente ambos estamos llorando. De repente siempre estuve solo. Al frente de mi mesa hay un espejo y mi imposibilidad de reconocerme en este mar de lágrimas. Mis manos sobre el calor de mi rostro ardiendo. De repente nunca ha habido nada. Todo se fue para la mierda. Todo cumplió su silenta lenta trayectoria desde el final hasta el olvido. En un café internet, él me dice que está llorando. Yo aparento sorber una malta pero aparento existir aparte. Lo recreo con un turbante, porque su tristeza insola y es árida. Provoca el último esfuerzo de lagrimeo en los ojos para aclarar la vista y ver que al frente no queda nada.

Ella está fumando un cigarrillo mientras lo espera a él. Él es alto, delgado y jorobado. Ella pasea por el supermercado mientras él llega. Ella mira a través de los estantes. Mira la fruta. Mira los granos. Mira los paquetes. Todo está empaquetado. A veces, piensa, no sientes que te has pasado de la raya? Es como si se hubieran sobrepasado los límites, entonces en realidad no somos libres de la manera en que pretendemos serlo. He sobreactuado mi vida, piensa ella, que ya no fuma desde que ha entrado al supermercado. Los productos están bañados en luz aséptica que diseñan un espacio interior propio con una visión particular de la vida y los alimentos. Ella tiene náuseas a pesar de no haber probado bocado en dos días. Si hubiera comido estaría vomitando por lo menos. Pero sencillamente no hay necesidad de comer. Como si el cuerpo ya no se esforzara por aplazar lo inevitable. Se sienta en una silla del improvisado café al interior del supermercado y se deja sumergir en la marea de un repentino sueño. Él nunca llega. Ella mira el reloj y sabe que no llegará. Más de dos horas han pasado desde lo acordado. Quiere llamarlo al celular pero sabe que es inútil. Sale a la terraza del supermercado y enciende un cigarrillo. Siente frío y cansancio.

Thursday, April 17, 2008

Walking Wounded



Esta canción posee una tristeza despedazante que siempre logra quebrarme.

Una escena de la película del año 1999, Splendor de Gregg Araki, ella acepta la invitación de su amigo intelectual a tomar unas copas en un bar. La música de fondo: Before today mezclado por Chicane.



Splendor de 1999 logra rescatar esas inquietudes elementales de confusión de nuestra generación: los problemas de relación, la idealización de la pareja, la imposibilidad de amar a una sola persona que satisfaga todas nuestras expectativas. No trato de... entienden... de sublimar una película y decir que Araki sea el Godard actual, porque es falso. Existen películas para la posteridad, pero también existen películas que de alguna manera responden a unas inquietudes propias generacionales. Pueden ser una soberana mierda, pero vaya... Por ejemplo, vean El Calentito y entiendan por qué no estamos en el 2008 sino que vivimos en 1981.


Clearwater, Florida.

Amanezco con unas ganas irresistibles de emborracharme, como siempre. Mientras los demás compañeros de casa tratan de improvisar sus desayunos medianamente comestibles, yo agarro los pequeños bafles de Andrea y los conecto a mi Walkman. Abro la primera lata de cerveza. Al frente mío está una muchacha americana de 18 años algo entrada en carnes. Está tirada en el sofá donde anoche se la comió un muchacho colombiano bastante prepotente. Hoy ha salido temprano a trabajar. Yo creo que estoy en la casa porque ya me han echado del trabajo. Ella me dice si puedo darle un poco de mi cerveza. Le doy una lata nueva. Me pregunta qué es lo que suena. Le digo que EBTG. He puesto el Walking Wounded. La primera canción del álbum es Before Today. Me dice que es bastante deprimente. Le contesto que me gusta. Ella dice que hoy ha amanecido deprimida. Nos terminamos nuestra primera cerveza del día. Aún no son las 8 de la mañana. No hemos comido nada y no lo haremos sino dos horas más tarde. Nos concentramos en nuestras latas; a veces trato de cabecear con el ritmo y ella permanece con la sábana sobre sus piernas.

Walking Wounded:

Así pues ¿recuerda algo el cuerpo? Una invasión, destrucción y trauma semejantes -cortar, coser, sangrar- han de dejar forzosamente una huella. Muchas de las terapias alternativas y los métodos holísticos trabajan sobre la base de que el cuerpo recuerda. Sostienen que el cuerpo no olvida nunca un parto difícil o un hueso fracturado de mala manera. La tensión y el estrés pueden tener su origen en tales incidentes, mientras el cuerpo lucha por protegerse, y puede a su vez manifestarse externamente en forma de disgusto y desasosiego. Pero cuando ahora me lamento, me parece que solo lo hago por una sensación general de pérdida y de cambio que rodea gran parte de mi presente y de mis perspectivas de futuro así como de mi pasado. A veces quisiera que fuera algo más concreto, algún hecho difícil en el que concentrarme a fin de exorcizarlo: un momento particularmente duro en el quirófano, la laboriosa resección, unos instantes de peligro, una incisión crucial, el tacto del tejido muerto y enmarañado. ¿Son capaces de borrarlo todo las anestesias?

BEN WATT. Paciente. La verdadera historia de una enfermedad poco común.


En el escenario veo a Tracey Thorn cantando con una voz preciosa; su esposo Ben Watt detrás de los teclados, arreglando y orquestando la música para la voz de su compañera de vida. No veo un grupo de trabajo. No veo un esposo y una esposa. No veo una pareja de extravagantes rockeros viviendo en la ola de las drogas y el desenfreno. Veo una comunicación, una armonía, una expresión que se siente en su música y que va más allá de ellos.

Tracey estaba sentada junto a mi cama, leyendo. Me sostenía la mano, soltándome momentáneamente cada dos minutos para pasar la página y volviéndomela a coger, hasta que la sentía fría y volvía a deslizarla por debajo de las mantas.
No quería pensar en qué nos estábamos convirtiendo, o si todavía éramos los mismos. Todo estaba en un presente claramente enfocado. No había un pasado que yo pudiera reconocer o con el que quisiera hacer comparaciones. Tampoco un futuro. Veía una imagen repetida de ella caminando sola por el Embankment, pasando solo para hacer tiempo, el pie derecho sin apenas saber lo que hacía el izquierdo, y eso me dejaba sin habla. Permanecimos muchas horas en silencio, como si nos dijéramos en clave: Lo sé. Lo sé. Más tarde. Más tarde.



Pienso en todo lo que se pudo ser y no fue. Me duele el alma. Por qué está canción me hace llorar? Before Today. I don`t want your history, I don't want that Stuff, I want you to shut your mouth, that would be enough, I don't care if you been here before, you don't understand, tonight I feel above the law and I'm coming into land.

Las cosas en pareja no pueden darse siempre sobre la base de los ideales y de las cosas perfectas. Detesto terminar con una puta moraleja; pero el amor se prueba en los momentos duros, respetando la esencia del otro, los sueños, las ambiciones.

Tuesday, April 08, 2008

Viernes Santo

La palabra. Si yo digo la palabra es la enfermedad. Si yo digo la palabra es la doble naturaleza. Pero aunque debería no me detendré en la palabra que no se expresa. Mira, allí, una montaña. En esta llanura todavía contamos con una montaña. El final de las montañas o el origen de todas las presencias. Y allí, al final de la larga peregrinación, la esperanza que proviene de la palabra.

La noche anterior, luego de que mi tío se fuera, nos quedamos con mi tía N y mi primo Fe afuera de la casa, contemplando los jovencitos que se detenían en la discoteca del frente, las calles vacías, las estrellas y la poca gente que salía de misa de última cena. Al lado, la señora de las empanadas alistaba las últimas cosas para cerrar su carrito e irse con él y su hija de regreso a la casa. En diciembre esta misma señora fue la feliz ganadora del sorteo que rifaba una moto. Recuerdo que en la casa todos compartimos esta noticia del premio como si se tratara de un justo reconocimiento a la dedicación y perseverancia de la labor de la humilde señora. La señora pronto vendió la moto, me contó mi tía.

Al haber terminado la jornada, la señora de las empanadas decidió admirar un poco también ella la noche y nos invitó a tomar asiento. Mi tía se sentó en una de las sillas rimax roja, mi primo se sentó al lado en otra silla igual, la hija de la señora se acomodó en su cicla y yo me sentaba a veces en el andén cuando no era perturbado por los mosquitos.

Le comenté a la señora mi determinación de participar en la peregrinación a la montaña con que el pueblo celebra la viacrucis, lo que propició una conversación sobre las religiones y sus costumbres que se alargó incluso cuando volvió mi primo Da de casa de su novia. Mi tía, que se convirtió al cristianismo hace algunos años, hacía mofa de los rituales católicos y comentaba con desparpajo la vez que decidió participar en la caminata, la primera vez que se hizo en el pueblo, hace como 5 años aproximadamente. Me producía placer escuchar la manera en que tomaba detalle del acontecimiento, con mordacidad y viveza. Me dibujó con sus palabras un pueblo exhausto al final del camino, que se caía en el ascenso a la montaña, niños vomitando por doquier, ella misma detenida en la mitad del tramo sin más aliento incapaz llegar al destino, hombres borrachos y un espíritu colectivo festivo más propio de la camadarería que de la devoción.

Después de que los devotos salieran de la misa de jueves santo, con sus ánimos serenos, mi primo Da contó que lo malo de los católicos era que tuvieran misas tan aburridas, no como los cuadrángulares que bailaban y los pastores gritaban para despertarlo a uno. Mi tía dijo que era la manera correcta de alabar a cristo puesto que en la biblia se exhortaba a celebrar con maracas y tambores su nombre. Luego de un rato le reprochó a mi primo Da que fuera tan católico, tal vez de manera inconciente, pero claramente católico.

Las calles del pueblo quedaron de nuevo desocupadas y mi primo Da dijo que el pueblo estaba vacío. Mi primo se encontraba estudiando derecho en Bogotá y a veces me aterraba verlo de lejos y reconocer en él un futuro abogado. Ya había sentido esta soledad del pueblo en diciembre cuando vine con K. Para empeorar las cosas el ejército había decidido instalar un cordón de seguridad en todo el centro del pueblo lo que creaba un gran vacío en todo el corazón de S. Pero a veces me preguntaba si era verdad que el pueblo estaba vacío o si siempre había sido de esa manera.

Recuerdo mi infancia en S. Uno de mis recuerdos de infancia me transporta al parque. Una navidad. Mi padre me llevaba de la mano en una calurosa noche de diciembre, mostrándome las bonitas luces rojas y la decoración. El parque relucía como el más hermoso de la tierra. Los niños jugaban a los vaqueros entre las matas de bambús, los vendedores se juntaban en la esquina con sus máquinas de hacer raspados y los hombres iban y venían resfrecándose en la brisa exquisita del piedemonte llanero. Al final del parque nos encontramos con mi tío materno T y su hijo L. Mi padre se detuvo a conversar largamente con mi tío T y yo miraba fijamente a su hijo, al frente, que como yo estaba agarrado de la mano de su padre. Luego seguimos nuestro trayecto y es todo lo que recuerdo. Con los años unos hombres encapuchados masacraron a mi tío al frente de su casa, seguramente en presencia de sus hijos. Los criminales necesitaron hacer varios disparos a quemarropa y cargar varios fusiles para aniquilar a este sencillo hombre que vivía en el taller de carros con su mujer y sus dos hijos. Mi madre me contaba que era uno de los hombres más corajudos de su época. Uno de los primeros hombres que ella vió matar fue de la mano de su hermano.

A pesar de las figuras que tengo de mi temprana infancia el pueblo siempre ha parecido deshabitado. Una mañana antes de viajar para Bogotá recuerdo que tuve una visión aterradora de S. En una esquina de la casa de Cottom pude atravesar con la mirada el largo de una desolada calle que recorría de principio a fin el pueblo. No había una persona, un perro. Vacío. Esperé que fuera cosa de ese año. Pero todos los años estaba más solo el pueblo y uno se preguntaba entonces de dónde salían tantos muertos. A quién masacrarían luego si ya nadie quedaba. Era la época en que acostumbraban a matar quinceañeras. Y uno se preguntaba de dónde salían tantas quinceañeras, porque siempre había una que resultaba muerta.

Cottom madrugaba cada mañana a la plaza a comprar las cosas del almuerzo. Y fue cuando alguna vez encontró la mano de uno de esos soldados que había volado en pedazos. Uno de esos pobres muchachos, sin su manito, como ella contaba. Las figuras deformadas del cuerpo humano son tema constante en S. Mi tío antes de irse nos contó una conversación con un policía en que le describía la manera como habían quedado sus compañeros luego del fuego cruzado. La dirección en que el tiro había traspasado la cara, el tamaño de los impactos y el desastre que hacía en sus rostros. Conversaciones que imponen el horror de la realidad y la impotencia de las circunstancias. Luego sigue un silencio largo, con la cabeza abajo, y finalmente alguien se levanta de su asiento, dice que mañana tiene que madrugar y trata de seguir su vida.

Mi madre salió a la terraza y me invitó a acostarme temprano para poder madrugar. Ella estaba alistando las bolsas de agua, algunos bocadillos y, por si acaso, un pan. La idea de emprender el viacrucis había sido mía, pero mi madre se motivó y quiso hacerlo también ella. A pesar de la objeción de la mayor parte de la familia, y las constantes advertencias para desanimarla a realizar la travesía, ella permaneció terca en su resolución e ignorando todo tipo de comentarios que surgían al respecto fue la primera en levantarse y en llegar al punto de encuentro donde partiríamos hacia la primera montaña para celebrar la crucifixión de Cristo.

La mañana era opaca; lo que resultaba de alguna manera un buen presagio, puesto que el sol consistía una de las más fuertes amenazas, por su poder de insolar, de agotar más rápido, de hacer desfallecer. En el punto de encuentro ya mi madre se encontraba reunida con su hermana y el esposo, y dos compadres. Los saludé, naturalmente, pero me molestó que mi madre lo hiciera parecer una obligación al ordenarme: salude a los compadres. Nada es más desalentador que recibir una orden por algo que uno ya se propone a realizar por cuenta propia. Tan pronto como los saludé me alejé y me senté en la entrada de una casa, al lado de dos muchachos que me veían como si yo fuera un "guate". "Guate" es la manera en que las personas de Arauca se refieren a las personas extranjeras o de modales extraños. Pero yo era tan nativo como ellos, sólo que profundamente desarraigado, un desarraigo que impone su propia cuna en el lugar de la nada. Cómo se traduce: nowhereland? Y de todas maneras me fastidia mucho ese folclorismo contemporáneo que es tan forzado como querer ser de otra parte. Una persona auténtica no requiere explicar su identidad con estéticas sobrecargadas. Pero yo no tengo ni pretendo ninguna autoridad para hablar de autenticidad ni de identidad. A veces es como si me viera a mí mismo como un turista exhuberante, con ropas que no van a la ocasión y una tristeza y un sufrimiento que siempre desentonan.

La jornada empezó con las Siete Palabras del Señor en la Cruz. Haciendo abstracción del instante pensé en lo extraño que resultaba amanecer escuchando las siete palabras de una persona muerta hace dos mil años. Y de repente es como si no estuviera en ese instante sino que lo estuviera viendo a través de una pantalla que me distanciaba del momento, la pantalla de mi juicio crítico, esa pantalla que no permite vivir el tiempo y lo lleva a uno a otro lugar distinto, una connotación de la vida, que no es vida ni muerte, es interior y es distancia. De todos modos, no me gusta ser una persona muy pensante, muy filosófica, de esas que se acomodan una mano en la barbilla, arquean sus cejas y lo ven todo como indigno de su intelectual presencia. Luché contra este horrible sentido del juicio crítico y traté de tomar la ceremonia lo más devotamente posible, aún con el conocimiento de que estaba irremediablemente perdido en la incredulidad de mi momento histórico.

Las Siete Palabras contienen una belleza propia y misteriosa que me atraen profundamente en el interior. Son palabras mágicas, reveladoras y oscuras. Dan la impresión de esperar algo pero a la vez de tener la plenitud de todo. Las asocio con el primer super-átomo con el que algunos científicos explican el Big Bang. Me parece que las Siete Palabras son conspiradoras en desarrollo. La Palabra viva, las palabras que pronunció Cristo al morir, cargadas de vida.

Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen
La humanidad, el pecado, el peso que conlleva toda su perdición y el dolor que sumergió a Dios el ver a su hijo tan corrompido y enceguecido. Un Dios vivo, que se desprende de la muerte de la sentencia, de la imputación del pecado e ilumina la penumbra del planeta con la luz que al final del camino nos aguarda. Yo amo a ese Dios enloquecidamente, por no decir que me encanta ese hombre, aún cuando me encanta ese hombre ensangrentado, desnudo, flagelado y castigado por sus contemporáneos que creían ver en él "uno de los suyos" y nunca supieron el valor de que ese hombre fuera Dios al tiempo. Nada más despreciable para un hombre que un hombre aún si ese hombre es Dios.

En verdad te digo: hoy estarás conmigo en el Paraíso
La promesa que Dios le hizo a Moisés y la certeza de que a pesar de morir todos los días podemos acercarnos a él y pedir perdón y salvación para nuestras almas. Una persona engreída es inconciente de su circunstancia, de la cruz que lleva puesta y considera que por su propia cuenta es capaz de arreglárselas a la hora de su muerte. En cambio, el cristiano reconoce un alivio a su carga en la cruz de Cristo sacrificado y brindando toda la ternura de su corazón agitado levanta una oración hacia ese justo salvador con la esperanza de la resurrección y el amor divino.

Mujer, he ahí a tu hijo; hijo he ahí a tu madre

ELÍ, ELÍ LAMMA SABACHTANI

¡Dios mío, Dios mío!, ¿por qué me has abandonado?


Los seminarios no empiezan. El calor cada vez se torna más molesto, sumándole a esto la falta de dinero y una alimentación precaria. Mi condición de estudiante inmigrante no mejora las cosas. El Río de Plata reluce a lo lejos disputando una batalla ancestral con los rayos del sol que rebotan en la superficie. Espero a Ely con mi libro de El Llanto bajo mis brazos. Me siento incapaz de escribir una frase, de crear una historia, de escribir en definitiva. No considero que lo que tenga sea un bloqueo de escritor, pero me pregunto qué clase de bloqueo podría estar padeciendo.

Tengo sed

Llegamos a la cuarta estación más o menos a las nueve, o nueve y media de la mañana. En el transcurso me he adelantado a la procesión, me he quedado, me he sentado, he despachado dos botellas de agua y tomado fuerzas con un bocadillo veleño. Me superaron mi mamá y sus compadres. La veo y no puedo dejar de sentirme orgulloso de ella, de su determinación. El día anterior tanta insistencia por parte de familiares de que no fuera, que le ganaría. Incluso yo traté de convencerla, diciendo que se enfermaría y que no estaba para ponerse a estas exigencias físicas. Ahora la veía, segura, caminando, con felicidad y devoción, deteniéndose en cada estación y rezando, empeñada en realizar su pequeño sacrificio para reafirmar su fe católica.

En esta estación me encuentro con el muchacho que usa camisa larga, blanca y lleva a cuestas la sencilla cruz diseñada a partir de dos grandes leños cortados y lijados. Lo veo, la manera en que suda, el modo en que desempeña su labor en silencio; el aspecto de hombre de otro mundo que brinda su espectáculo me conmueve. Mientras la procesión se detiene en la estación para alzar los rezos y escuchar al padre, le pregunto al muchacho si se molestaría en que le ayudara a cargar la cruz. Por su expresión me doy cuenta que no se esperaría ese detalle de mí pero sin embargo acepta el ofrecimiento.

Llevaba la cruz en medio de la procesión. La gente tenía cuidado en no tropezar conmigo o en atravesarse en mi camino. La cruz en un primer instante no me pareció particularmente pesada, pero con el tiempo cargándola la sentía más pesada y hubo un momento en que llegué a pensar que tal vez un niño travieso se había subido encima porque pesaba como si tuviera un cuerpo humano. La carretera destapada a veces me ponía problemas por una roca o un hueco bastante pronunciado. Quise sentir cómo se debió haber sentido Cristo en ese día tan crucial para la humanidad, el deber interno que le guiaba hacia su propia muerte como hombre, el peso de la cruz con todos los pecados del mundo en ella. Me di cuenta que era imposible tratar de sentir cómo ese hombre había sentido e igual de necio tratar de aventurar sus pensamientos. Dejó las palabras, sus hechos, su promesa y su gloriosa resurrección, pero incluso en aquellos instantes tristes y oscuros poco se sabe de la actividad interior del hijo de Dios, el rey de reyes.

Al llegar a la quinta estación le devolví la cruz al muchacho que con la misma determinación la volvió a poner en su espalda. La quinta estación versaba sobre el momento en que Simón de Cerene fue llamado a ayudar a cargar la cruz a un Cristo ya desfalleciente y agotado. Cuando era niño creía que Simón le había ayudado al Señor de manera voluntaria, con un espíritu de verdadera piedad y compasión por el condenado por los hombres. Pero en la Biblia queda claro que fue obligado. Más que un acto de generosidad y bondad ahora lo veo como un ejemplo de la mezquindad y el egoísmo de los hombres que jamás se ofrecerán por su propia voluntad a aliviar el sufrimiento del otro, a reconocerse en la cruz del prójimo, en tratar de entender el peso de otra vida. Me gusta pensar a veces que Simón de Cerene era el diablo, al que los guardias también obligaron a la fuerza a cargar por un instante el peso de la cruz. Y me gustaría que el diablo hubiera sentido el sudor y la sangre de Cristo en su piel, y que hubiera visto el rostro de Cristo, abstraído y delirante, y hubiera sentido envidia de ese dolor, ese sufrimiento tan desgarrador, con el que el hijo se comunicaba con su padre.

Todo está cumplido

Al mediodía llegamos a la montaña. A primera vista parecía un cerro más bien insignificante. La primera montaña o la última, depende de la manera en que se vea. Más allá de este cerro se abre toda la cadena montañosa andina desde el departamento de Boyacá. Veía a la gente subiendo como cucarachas por las paredes del cerro. Una vez me acerco al cerro veo que a pesar de su pequeño tamaño, para alguien que está acostumbrado a vivir en el interior y habérselas con montañas monstruosas, está lo suficientemente empinado como para dejarlo a uno lo suficientemente agotado.

No di más de dos pasos y me encontré con la hija de los compadres de mi mamá. No la reconocí pero ella, muy familiarmente, se me acercó y me preguntó si ya no daba más. La verdad es que estaba tambaleando un poco pero apenas empezaba y no estaba tan mal como ella me hizo parecer. El comentario me molestó así como su intempestiva confianza que me resultó difícil ubicar rápidamente. Todo lo que duré dudando fue lo que ella estuvo cerca a mí y luego que le fui a decir hola ella ya estaba dos metros arriba mío. Me molestó la situación porque siempre he dado la impresión de ser atontado y lo que me acababa de suceder no ayudaba mi imagen personal. Será que la gente actúa conforme el concepto que tiene de uno y a partir de él le inducen a uno a seguir ese mismo patrón? De alguna manera debe ser así para que no se pierda el equilibrio en el universo de las apariencias en que mucha gente habita.

Una familia iba subiendo alegremente la montaña y las niñas rodeaban a sus cansados padres a punta de monerías. Subían y bajaban haciendo alarde de toda la potencia y energía de sus tempranas edades. Finalmente el padre tuvo que hacer una pausa en el camino para retomar el aliento. Se sentaron en una roca, y alegres empezaron a bromear. Era tanta la dicha de una de las muchachas que sin darse cuenta soltó un estruendoso peo que la hizo sonrojarse de inmediato y a todos callar por un instante y verse los rostros. Finalmente, no habiendo más que hacer, todos soltaron la carcajada junto a la muchacha que se cogía la cara con las manos por la pena que le había dado su cuerpo. Era un día espléndido, con un sol amable que apenas permitía sentir su presencia. Las montañas de un verde vibrante. Yo subía tomando nota de toda la perfección reunida y presencié la escena del bochornoso peo. Ellos siguieron bromeando y haciendo mofas, yo seguí derecho mi camino. Pensaba en los recuerdos. Este día tan hermoso quedará grabado en la memoria de esta muchacha cuando ya sus padres hayan muerto? Porque seguramente este es un día que vale la pena recordar. Yo lo recordaría como el día de la viacrucis con mis padres antes de que se murieran. El peo, en concordancia, entraría en el recuerdo? La manifestación ruidosa del ano haría oscurecer el recuerdo manchándolo de vergüenza? O, por el contrario, se vería como otra libertad de la infancia? Es decir, el peo se asumiría sin vergüenza y se recordaría con cariño hasta este pequeño impasse?

El cuerpo habló, seguí pensando mientras subía. Finalmente lo que nos rodea y nos parece precioso en este momento es la naturaleza y reconocer la naturaleza es también reconocer los desperdicios de la naturaleza, su muerte, conviviendo conjuntamente con el esplendor de la vida. Somos naturaleza, pretendemos amarla, pero sin embargo, al pretender ser racionales nos avergónzamos de nuestra animalidad. Y hemos creado un sistema de expresión en detrimento de nuestro propio ser natural. Hemos dado mayor importancia a ese ano con dientes que parlotea sin sentido, olvidando que portamos un ano portentoso y que alguna vez también fue un elemento de comunicación. La boca y el ano, dos caras del mismo sistema, deben desaparecer para que nuestra raza persista. Nos debemos alimentar por la nariz, creando químicos para este fin y olvidarnos de todo lo que tuvo que ver con intestinos y tripas, es decir, clausurando para siempre la boca y el ano.

Vivere Vivere Igitur Amas
Amas Credamus
Credamus Deum Ad Futurum
Futurum Immortalis
Est Animus Humanus
Immortalis Est Animus Humanus

Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu

Al llegar a la cima, vi cómo los hombres posaban sus manos con fervor sobre la cruz instalada hace poco en lo alto de la montaña. También habían niños, unos por cuenta propia, otros obligados por sus padres. Me acerqué y también sujeté fuerte la cruz y levanté mi oración hacia el señor. Desde allí pude ver todo el horizonte de los llanos que se perdía en la mirada. Una tierra hermosa en la que he nacido, pensé. Todos esos terrenos verdes, los ríos que serpenteaban los caminos, las trochas de arena. Es una tierra que me recuerda la muerte y me hace recordar una espera, una promesa. Quise sentir lo que pensó Moisés al ver la tierra prometida y saber que moriría antes de llegar allí.

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Anochecía y quise visitar a mi abuela Cottom. Partiría el día siguiente y quería compartir con ella un rato. Me encontré con mi primo Da de casualidad en la calle, él iba manejando la moto y le dije que me llevara. Al llegar se encontraba mi tío J, sin camisa, viendo una película religiosa de semana santa, con más cara de aburrido que de interesado. Allí también estaban dos o tres niños de la cuadra. Desde que tengo memoria y desde antes de tenerla, siempre han habido niños y animales en casa de mi abuela. Mi abuela ejerce una influencia especial en las criaturas del señor que les hace anhelar su compañía. Recordé las tardes enteras de mi infancia que pasé junto a ella, en la mecedora, viendo algún programa de tv o leyendo, o sencillamente viendo la tarde pasar afuera de la casa.

Se estaba alistando y cuando salió de su cuarto me preguntó si la acompañaría a la misa de la noche. Estaba cansado y no tenía muchas ganas de ir. Al momento llegó José, quien la acompañaría también, pero mi abuela tenía un serio interés en que fuera yo quien la acompañara, tal vez porque José todavía era muy niño y quería estar al lado de alguien más grande. Le dije que la acompañaría hasta la entrada de la iglesia. Llegamos a las 6:30, hora en el que el anterior cura abría las puertas, según mi abuela y José. Al anterior padre lo habían matado y ahora el nuevo padre era una porquería, porque alargaba muchos los sermones y era muy perezoso a la hora de abrir la puerta y tocar las campanas.

Como la puerta seguía cerrada mi abuela me propuso que dejáramos mi bolso en casa de mi tía N y la acompañara finalmente a misa. Cómo negársele a esta dulce mujer? Fuimos a casa de mi tía N, allí la conduje al cuarto donde se encontraba mi papá para que lo saludara y, después de arreglarme, volvimos de nuevo a la iglesia que aún permanecía cerrada. Allí estaba la señora P. Me volví a saludarla pero no sabía quién era yo. Se acuerda de mí? Estuve en diciembre en su casa, con mi hija y mi mujer. Ella me preguntó si ya tenía hija. Aburrido le contesté que sí de mala gana y me despedí de ella. Finalmente abrieron las puertas de la iglesia. Mi abuela tenía especial interés en entrar rápido para conseguir puestos. Nos sentamos en la nave central. Luego de veinte minutos aún quedaban suficientes puestos como para un batallón. Allí permanecimos un rato en silencio; mi abuela, José y yo. Unos puestos atrás, en la nave del otro lado, una hermosa mujer de mi edad capturó mi mirada. Mi abuela se dio cuenta de la mujer a la que veía y también la miró. Me sentí incómodo por esa evidencia de lujuría en mí revelada por encima a mi abuela. Pero a veces me ganaba la atracción hacia ese rostro femenino y volvía otra vez la mirada. Al poco tiempo llegó un señor que conocía mi abuela. Mi abuela me lo presentó y yo lo saludé cordialmente. Luego volvimos al silencio; mi abuela, José, el señor y yo. El sacerdote demoraba y aún no tocaba las campanas reglamentarias. Los ventiladores permanecían apagados y con el tiempo se apagaron también las luces. Eran las 7:30 y la misa que debería empezar a las 7 no empezaba. Volví la mirada hacia mi abuela y estaba dormida. José también empezaba a cabecear. Recordé que la hora en que se acuestan por lo general en la cuadra es a las 7 de la noche. Así que le propuse a mi abuela que mejor nos fuéramos, que hoy se demoraría en empezar la misa. Ella se dio cuenta de lo mismo y me dijo que era lo mejor. Caminamos abajo por la calle hacia la casa de mi abuela. El pueblo cubierto por la penumbra. Los pocos faros que funcionaban daban una peor apariencia que si estuvieran apagados.

Bajábamos la calle, mi abuela, José y yo. Cuando dejé a mi abuela en la casa, ella le ordenó a José que me acompañara de vuelta a casa de mi tía N. Le dije a José que no era necesario pero en seguida comprendí que él quería respirar un poco de la noche también. José me dejó en la esquina de la casa de mi tía, le di las gracias y en vez de ir a la casa de mi tía N fui a un puesto a comer buñuelos.

Friday, April 04, 2008

vibraciones

Un soplo diminuto. Estertórea es la palabra. Una crisis que tiene que ver con el modo en que respiro y miro las cosas. Un cielo sobre el hielo que cruza las mareas de la condenación en que las palabras de Paulo se enfrentan sin encontrarse por un mismo nivel de consecuencia. Produce la sensación de estar diciendo algo y definitivamente no se ha dicho nada. Mi obra consiste en ciencia ficción para jóvenes y adultos. Por qué me refugié en la ciencia ficción si tenía la necesidad de no decir nada? La soledad es inmensa y es un sólo espacio. Yo regresaba del Irish Pub y era de noche. Los árboles se mecían con la brisa. Los juegos sin niños creaban una atmósfera abandonada. Por qué la noche me envuelve en su pánico? Y a veces son noches que parece que brillaran bajo su textura. Textura noche como el humo que brota de las bocas de las prostitutas. Estoy envenenado y sin embargo siento consuelo en mis historias fantásticas. Muchas veces soy el monstruo. Mi héroe vive en una sociedad controlada por ordenadores de otra galaxía que regulan el flujo del tiempo para reducir el nuestro y así ellos ganar un poco más de vida. No es una historia nueva y está inspirada en alguna teoría que alguna vez citó o descubrió William Burroughs, no sé. Sólo siento la penumbra que me devora. Yo cuando no escribo estoy hecho un mar de lágrimas, eso sí es cierto y eso sí sé. Estaba muerto cuando se despertó. Mis dedos son enanos maricas en el puerto 60 y me gustaría cuando viejo poder vivir en Dunedin, Florida. Es un pueblo hermoso, con pantanos encantadores, un horizonte que duerme en el golfo de México, una librería elegante y de todas maneras no es tan turístico ni ruidoso como Clearwater. Dunedin se volvió famoso por el incidente de aquella profesora desgraciada que durmió con su alumno y fue condenada a la cárcel por abuso de menores. Cada excursión que hago al pueblo me llena de historias y me inspira puntos de giro inesperados para mi héroe. Así fue que la vez que un grupo de soviéticos ebrios y estúpidos le tiraron el carro a un joven trabajador mexicano me sentí con fuerzas de escribir El Amigo del espacio. Estaba en la playa dibujando señas en la arena y pasaron dos hermosas menores de veintiún años. Me preguntaron anciano, qué dibujas. Ellas me cogieron de la mano y me llevaron a un castillo. En el castillo había un joven desnudo con una capa en su espalda. Yo salí corriendo del lugar y me encontré tomando cerveza solo en la playa, llorando y tenía 22 años y me llamaba Luis y comprendí que yo era aquel Amigo del espacio. Matar todo lo que vive vibra y si vibra es porque se está reduciendo a la agonía de las arenas del mar. Una obra reconocida mía era sobre un dinosaurio de otra galaxia que había descubierto la célula. La célula era un organismo inteligente que le hablaba durante los sueños y le pronosticaba la inminente catástrofe de un meteorito en colisión con su planeta. El meteorito impactaría en una zona insignificante pero su golpe sería tan exagerado y poderoso que generaría un efecto colateral de antípoda. El nefasto creado por el choque del colosal meteorito sumado con su réplica en la parte contraria del planeta los reduciría a cenizas. La célula aconsejó a nuestro héroe Dino a desarrollar la ciencia y el conocimiento para escapar del destino trágico del planeta. El dinosaurio puso todo su empeño en desarrollar todo el conocimiento técnico para alcanzar el elevado fin de salvar su especie, pero los años le cayeron encima y fue más poderoso el tiempo que su dedicación, así que dividió un poco de su escaso tiempo de dinosaurio extraterrestre en transmitir este conocimiento olvidando la necesidad que generaba su ahínco. Los dinosaurios se volvieron cada vez más perezosos y necios respecto el urgente conocimiento que se les exigía. 100 años luego la célula reencarnada volvió al mismo planeta con el mismo mensaje pero llegó bajo la piel de un dinosaurio drogadicto y dj de una disco de minimalsaurios. La célula se creyó perdida y amenazada por el consumo exagerado de paleococa de su nueva residencia. Así que en un viaje de dinosaurio la célula le contó preocupada al Dj Din que era necesario que aprovechara su profesión de programador de músico en un sentido más profundo como psicólogo de masas e invitara a la reflexión para el desarrollo de las ciencias y el conocimiento espacial pues de lo contrario su especie se vería extinguida por el golpe del meteoro. El Dj Din entonces cambió su tipo de música y empezó a trabajar con los mensajes subliminales encontrando una fuente de riqueza y calidad en su trabajo además de ejercer un papel primordial en el futuro de su especie. Y este era el fin de la extensa novela que pasaba revista en profundidad a la época de los dinosaurios y las probables teorías de su extinción en el mundo. Los dinosaurios no se extinguieron en absoluto sino que lograron el conocimiento para escapar del planeta. La palabra. Si la palabra es la enfermedad. Si la palabra es la doble naturaleza. Pero aunque debería no en la palabra que no se expresa. Mira, allí, una montaña. En esta llanura todavía una montaña. El final de las montañas o el origen de todas las presencias. Y allí, al final de la larga peregrinación, la esperanza que proviene de la palabra. Se acaban las historias que arrebatan por un tiempo para darle de nuevo al dolor que no tolera respuesta. Impregnar las historias de una alegría que se carece. Finales felices que anestesien el vacío. Hago ciencia ficción con mensajes de esperanza para paliar la carencia de esperanza. Mis dedos maricas desesperan de un nuevo inicio. Vendo mis historias pero no vivo de ellas. Las revistas a las que escribo son de carácter amateur y se preocupan tanto por el dinero como los monarcas. Soy adicto a los audífonos y no tolero pasar una hora de viaje en un servicio píblico sin tener a Mahler en mi interior. Las historias de Paulo están contadas en tercera persona porque el autor considera que es la mejor manera de expresar la condición del escritor. Los silencios y los giros, lo absurdo de la situación no es un absurdo de la historia. Crear macroestructuras es una fascinación para alguien que le tiene vértigo al cielo pero aún así lo pone de manifiesto en los silencios que restan. La soledad es imponderable. El cansancio abrumador como el frío de la mañana. Debería disparar al silencio para hundir mi cara entre las manos y poder imaginar lo que se siente vivir dentro de mí. Cuando niño me preguntaba por qué mi mundo parecía estar al revés del de las personas. La lluvia me llenaba el corazón de alegría porque si el mundo estaba triste yo debería responder con felicidad a sus tinieblas. Si el sol brillaba debería entristecer porque en ese preciso momento alguien moría sin que el universo se estremeciera por ello. Reir se hizo cada vez más arduo. Ya no encontraba felicidad ni en los días de lluvia sino que con dulzura me invitaban a la melancolía y aprendí que podía ser feliz en mi tristeza. Se puede ser feliz pero se puede vivir en uno? Y cómo es que la felicidad llega cuando uno no quiere levantarse del cuarto? Cervezas tiradas esparcidas por toda la lúgubre habitación roja, afuera el sol brilla. La autoridad moral desangra cuando se torna en el desfallecer del coma. La sentencia y el punto.

Friday, March 28, 2008

la cárcel

Soy un fugitivo. Juzgado por cometer el peor de los crímenes en la presente Tierra. Alta traición. Cómo no cometer tal crimen? Pero todos se creen dignos de juzgar. Soberbios señalan y decretan. El planeta Tierra debería llamarse planeta legajo judicial. En la nave en que me abordaban al planeta de la espuria me llamaban el preso Kafka. Abría mis ojos para proveer de luz a mi alrededor. Mis dedos eran rayos de sanación. Mi cuerpo era una morada traicionera de altas montañas de supremacía dolorosa. Y tuve que partir del planeta legajo judicial hacia mi propia colonia penitenciaria. Una colonia capaz de rebanarme a tajos y aplanarme como una rata enferma. En medio de los rayos solares y los gases del universo que me rodearan como un ciclón en torno a mis sueños. A Franz Kafka le llamaban El Topo a su vez. Curioso que no me llamen El Topo y me digan Kafka. A Franz Kafka lo sentó definitivamente el decreto de la tuberculosis. Tuvo que morir en medio de los legajos. La gravedad de la fuerza de ley. No llegarás ni a Andrómeda si te atienes a las pesas de la fuerza de ley. Soy un santo, pero no me entenderías si te digo santo y no fugitivo, entiendes fugitivo porque entiendes el lenguaje del legajo. Me desempeñaba como misionero ante los nativos de Io. Largas jornadas de camadarería y trabajo en conjunto para la construcción de templos y muros de los lamentos. Amé a la nativa Adriana. Ella me cobijó en sus brazos y debajo de la tienda de campaña consumamos nuestro fervoroso amor en la entrega de nuestros cuerpos. En las ocasionales mañanas que el estúpido planeta obeso concedía, la encontraba desnuda, su cuerpo ovillado brillante como un mineral enriquecido, sus manos cerradas sobre sus pómulos. Las jornadas continuaban y los trabajos dignificaban nuestra presencia en la peturbada luna. A veces escapaba hacia las nubes doradas para encontrar mi sitio de lágrimas. Una melancolía que me llenaba y me hacía sentir un hombre. Me arrodillaba ante el holograma de una zarza ardiente y cerraba mis puños sobre mis agotados ojos. Las naves de la jurisdicción policial del Universo Humano no tardaron en demorar con sus cachiporras y arbitrariedades justificadas. Para ellos ya no existe Dios. Para ellos Dios ha sido lo creado por el Universo Humano. Legisladores, poetas, músicos, misioneros, científicos; todos no son más que policias del Universo Humano. Universo de Policias y Cachiporras, si me lo preguntan. El obispo Hare se ha enterado por fuentes confiables de mi relación pecaminosa con una de las nativas de Io. Un misionero que no contenga las flaquezas de la carne no vale una mierda para la arquidiócesis del sistema solar. Es un ser que merece todo el desprecio y repugnancia de la santidad de la oficina de relaciones públicas de Dios. Como el pájaro espino de Io divago por los sistemas de volcanes y lava en suspensión. Me albergo a merced de criaturas ignominiosas que me lavan los cansados pies en saliva silícea. Abro el cofre de mis sacrificios a ellos y se los entrego en sangre ardiente para que lo conserven en sus cuevas a fin de llenarlas de murmullos de magia. A Adriana la encapsularon en una caja de tornillos. Le llamaron Puta y le cercenaron el color petróleo de su carne. Dios perdona; ellos señalan. Dios redime; ellos acusan. El Dios que yo predico es otro. Es uno compasivo, rebosado de amor y cariño por su creación. No temo en declarar que mi Dios está más vivo que el falso Dios inflexible y severo de los policias que se hacen llamar raza humana. Veo a mi Dios en los ojos de la criatura que me escupe su milagrosa saliva silícea al fondo de la cueva de Io y se preocupa por mi cuidado y salvarme de las cachiporras de mis semejantes que vienen a toda prisa, con sus libros putrefactos llenos de letras muertas. Ellos reclaman "al nuestro". Ellos se reconocen fácilmente en mí porque todo lo que odian de ellos yo lo encarno. Sometiéndome, rebajándome, ellos son más puros y más libres. Beso al inhumano y subiendo delicadamente mi puño sobre su trasero hasta llegar al fondo de su corazón le transmutó la información sobre mi obligación de entregarme a las cadenas de las voces de las bestias humanas. Me aferra dentro de sí, succionándome con toda la fuerza de su ano hasta arroparme de lleno en su carne. Ahora estoy dentro de su reino. Soy parte suya como él es algo mayor a mí. Bajo su piel comprendo el Espacio y comprendo que no existe un solo Espacio. No fue un sólo estallido. No fue una sola realidad desprendida. No es ni siquiera lo que imaginamos que es o no es. Dentro de la capa de su naturaleza foránea siento como las novas estallan de júbilo por la belleza de mis ojos. Es algo que requeriría del esfuerzo de un centro de alta investigación poética para poder ser expresado y ni siquiera de esa forma se expresaría. Es como una semántica de las luces que recorren las corrientes del cosmos confesando una historia de amor entre un niño y una comadreja. Me pego puños en la nariz de lo puro triste que estoy. Me pego golpes en el vientre. Siento alegría de estar tan triste. Quiero perderme en esta tristeza que me arrebata de mi propio ser y seguir esta corriente que me pierde en la noche. Yo estoy bailando en mi propio desarraigo pero ellos sólo ven a uno "de los suyos". Ellos hablan un lenguaje que sólo expresa las órdenes que ellos comandan. Digo Hola pero no es Hola lo que significa cuando digo Hola y ellos entienden Hola y me esposan las manos pero ni siquieran han tocado mis manos porque mis manos están tocando el rostro de Adriana que es otra forma de Andrómeda. La raza policiaca prueba sus cachiporras con mi cabeza y me dirige hacia el exoplaneta de la espuria. Me llaman sardónicamente el preso Kafka. Pero deberían llamarme de verdad Kafka y decirme El Topo. Al César lo que es del Káiser, mi cuerpo responde a otra correspondencia. Morí con Adriana. Tragando tornillos y quebrando todos mis huesos en la diminuta caja. Morí de esta forma porque morí con la raza humana. Morí con las víctimas que el hombre consideró culpables. Mi misión en Io fue revelar a Dios y revelé la libertad inherente a la tela del Espacio. Soy un fugitivo aún estando a la merced inmisericordiosa de ellos. Sobre mi piel brota otra piel ajena a la naturaleza familiar. Mi mirada se posa sobre los astros y mis oídos son antenas de versos divinos. Ante los hombres no lloro pero dentro de mí soy un río de lágrimas y rendición ante el milagro absoluto de la palabra viva. La sangre que me recorre no es la que brotará ante mi muerte en cualquier andén de Bogotá, verdadero nombre del exoplaneta de la espuria, es una sangre que eleva los horizontes hacia su palacio. No soy "uno de ellos", ni "uno de los suyos", sus leyes no me afectan, sus deseos no tienen resonancia en mi corazón. Nací en los llanos orientales siendo un fugitivo, estando ya tragado por el culo de otra entidad del Universo. Bajo ella respiro y en sus dominios inscribo la progresión de las rosas que deben contarse sobre la tierra. Adriana me espera y Adriana me deja. Adriana sabe que nuestro lugar está más allá de las nebulosas, en donde telamos risas de bebés. A veces me olvido. A veces me reconozco sobre el polvo que rodea el planeta. A veces me sumerjo en el océano por las noches y me hago llamar el hijo del sol. Un espejo se cierra sobre el cielo de la noche y me impide ver de dónde provengo. Me robo la nave de FedEx pero las puertas están cerradas para los ojos ciegos. Me pierdo en la noche de la vida sin saber que mi estrella brilla en el sendero de la muerte. Ráfagas fulminantes de condenas atan mis hombros y me impiden exhalar el verdadero aliento de las voces que cobijo. Sólo cuando me encuentro con mi verdadero pecado, con mi verdadera culpa, es que reconozco la criatura que me protege. Morí en las montañas de Io pero de las cenizas surgió una llama. Dios no necesita moralistas de su lado sino gente que lo ame. Me atraganto con mi propia condición y es cuando le imploro a mi protector que no me abandone. No abandonarme a mi miseria en este oscuro vacío. Soy pura tecnología y mis venas son cables fríos, con algo de información religiosa aprendí a apostarle a Dios y ahora ante el límite de mi calculada hora sólo imploro por calor divino. Quiero creer, quiero ser uno contigo.

Thursday, March 20, 2008

Agente Bumbly (1)

Hace calor en este pueblo fantasma y todos los negocios parecen haber cerrado durante una larga pausa que va desde antes del mediodía, cuando empezó la sed, hasta ahora; ahora son más de las tres de la tarde y todo lo que encuentro son puertas cerradas. Finalmente encuentro un puesto de naranjas y allí la muchacha se burla del pantalón que llevo puesto. Podría importarme acaso el comentario de una jovencita impertinente de puesto de jugos? Claro que no. Me pregunta: de qué siglo son esos pantalones que llevas? Seguro que no son de este siglo, reconozco, pero no le respondo. Son pantalones de artista, como siempre he sabido; como siempre mamaíta ha consentido en decirme: Bumbly, sólo las grandes personalidades y los artistas llevan pantalones de rayas. Debo ser una especie de artista ya que no soy una gran personalidad. Cuál es mi arte? Pronto lo descubrirás, paciencia.

En mi maleta jamás pueden faltar mis pantalones de rayas, mis camisas blancas pulcramente planchadas y mi colección de cassetes de Eros Ramazzotti. Me conozco Eros Ramazzotti de pe a pa y me encargo de tenerlo en mi reproductor de cassetes todo el tiempo posible. Desde su revelador Cuori agitati hasta e al cuadrado no hay artista que se le compare o le llegue a los talones. Clara Luz no opinaba lo mismo, claro, ella era seguidora de Andrés Cepeda y aunque Andrés Cepeda también me gusta, no creo ni que se pueda comparar al lado de un grande de la balada como lo es el señor Eros. Mi confidente de viaje.

Clara Luz era mi anterior mujer. Ella también solía burlarse de mis pantalones de artista. Decía que hacían honor al rango sólo si tenemos en cuenta que un domador de monos de circo también es un artista. Por otra parte, Clara Luz no entendió muy claramente mi oficio. Pero la presente crónica no consiste en recordar a la ex Bumbly ni en ir a la par de la melodía de las grandes canciones del mejor artista italiano de todas las épocas. Aunque ahorita que tomo del pitillo de este gran vaso de jugo de naranja se me viene a la cabeza: ir corriendo de un lado a otro, como dos niños, por debajo de los grandes árboles del bosque, ella siguiéndome y yo gritando que no me cogería; yo sujetándole el bolso y ella a punto de explotar de desespero: Bumbly, joder, devuélveme el bolso que tengo que irme. Y yo corriendo en círculos como menos que un macaco al borde de la inanición. Ella a veces atrás, a veces adelante. Corro un poco más rápido y la abrazo con toda mi fuerza; ella se pierde y los dos caemos. Los rayos del sol nos inundan en su diluvio de luz. Me da un puño en la cara y me dice: bobo, por qué me haces perder el tiempo; y yo, boba hazme perder la vida. Tan perfecto como una canción del Ramazzotti.

Termino el jugo y camino al rayo del sol vespertino rumbo a la terminal. Tengo que ir a una vereda cerca a cubrir el acontecimiento. Una niña rubia se me acerca a través de las desoladas calles. Me arrodillo con el fin de poder verle mejor la cara. Sigue su paso, sin detenerse y en el momento en que creo que va a chocar conmigo cierro los ojos. Cuando los abro, vuelvo mi cabeza y ella sigue su camino hasta perderse en la lejanía. Eso significa que me traspasó? Un fantasma. Creo recordar su cara pero una vez creo que la recuerdo se me olvida. La recuerdo cada vez que no piense al respecto. Me siento en la acera, a la sombra, como presa de una terrible agitación.

Bumbly acababa de llegar a la ciudad. Bogotá, una ciudad gris y fea que parecía desgarrar con su filoso aire cada inhalación y volver sobre la herida en la exhalación. Los edificios, curtidos y monstruosos, se levantaban a su paso para cortar el horizonte que le era tan propio. Las avenidas se tropezaban a los hombres repletas de un tránsito imposible, asfixiante y asesino. Los buses eran devoradores de esperanzas y la gente se moría de pena atestada en el corazón de la aglomeración sin despertar el mínimo sentido de solidaridad del vecino, vecino que tenía que velar por el cuidado de sus cinco hijos, también montados en ese transporte infernal y que se embrutecían a puntos de golpes con las varillas y los codos en la cabeza. Gran ciudad Bogotá!, la verdad es que uno se pregunta si vale la pena vivir bajo esas condiciones tan denigrantes o no será mejor colgarse a la sombra de un limonero en el pueblo que lo engendró a uno.

Blumby llegó a la ciudad, maleta de cartón en mano y sombrero en la cabeza. Siguió las instrucciones, cómo tomar el bus hasta la 26 y de allí tomar otro por la décima hacia el sur. Blumby, maleta de cartón en mano, miles de problemas en la cabeza, se bajó obediente en el tráfico enloquecido de la 26, con el fin de tomar su segundo bus. Tendría que cruzar el mar de este imposible tráfico. Llegó hasta el separador. A su lado, una señora de edad media aguardaba la misma oportunidad, agarrando de la mano a su pequeña hija.
- Hermano y la niña se adelantó sin fijarse en el bus que venía.

Blumby se preguntaba si alguna vez sería capaz de perdonarle a una ciudad esta indiferencia.

Tendré que quedarme esta noche en este pueblo muerto. Este pueblo que ya no es capaz de decirme más cosas. Es como si todo se hubiera mudado y sólo hubiera quedado el espacio como una mofa de lo que alguna vez fue. Y alguna vez fueron juegos infantiles, brillos, proyectos y esperanzas. Tenía un caballo que en realidad no era mío, le gustaba pasar los días a la sombra de un árbol frente a mi casa. Era tan flaco que despertaba mi conmiseración y cada tarde le llevaba un banano podrido o una manzana vieja. Alguna vez cuando niño mi mamaíta me compró un chivo. De allí, desde muy temprano, conocí el significado de la frase: más loco que una cabra. Me encantaba darle su tetero. Mientras alimentaba a mi animal le acariciaba el lomo. Me montaba encima del animal y conquistábamos naciones enteras entre los dos, pero fueron recuerdos que también perdí. Alguna vez caí de su cuerpo o me tumbó, cómo saberlo. Mi cara se llenó de sangre pero yo no tenía miedo y sujeté mi chivo porque sabía lo que vendría. Al ver el daño que me había causado el animal lo obligaron a perderse en la espesura de las calles vacías del pueblo. Y él iba llorando al tiempo que yo quedaba llorando. Gritaba por mi chivo, no era su culpa. Y el chivo jamás volvió.

Así que invito a la insolente joven de los jugos de naranja a bailar más tarde. Llévame al mejor sitio de esta pocilga. Ella apenas alza los hombros, ni le interesa ir ni le interesa despreciarme. La recojo en su casa a las 8 de la noche. Vaya, es bonita, debajo de esa tienda no parecía. Llevo mi camisa corta de baile con un estampado de un par de bombos rojos entrelazados en una cinta roja. Es mi camisa preferida. A ella no le gusta bailar salsa, me confiesa. Preferiría escuchar Incubus. Pero a mí no me gusta el rock y lo que quiero es bailar merengue.

Ella me llevaba el ritmo. Debajo de las transparencias de su blusa se perfilaba un hermoso par de senos. El descaderado se ajustaba perfectamente al menear de sus morenas caderas. Ya habíamos terminado la botella de ron y yo me sentía perfectamente listo para otra tanda de danzas y delirio en los brazos de la señorita. A Clara le hubiera parecido una cualquiera, una guisa, una basura pueblerina. Pero algo me decía que jamás lograría complacer a Clara, nunca daría con una chica a su altura, con alguna que se le comparara. Bailábamos un merengue apretadito, rodeados de miles de parejas que se entregaban a la danza como nosotros, en esa misma pista, secundados por la máquina de humo y la oscuridad de la discoteca. Le pregunté al oído a la muchacha: por qué te burlaste de mi pantalón? Y ella me susurró, con una risa contenida: porque te veías ridículo a pleno de rayo de sol vestido como un agente de los años 50's. Fue cuando recordé la misión que venía a cumplir en este pueblo, más exactamente en la vereda del pueblo, y la que había descuidado por el flujo de mis pensamientos y la libre voluntad que le daba a mi deseo. Ahora tal vez sería demasiado tarde.

Ella se llamaba Mónica. Tenía 17 años y le encantaba Incubus. "no los has escuchado, tío, son música del otro espacio". Hablando del otro espacio, tal vez ya sería demasiado tarde, tal vez ya estaría este padrecito William en el sitio, evangelizando las pruebas y dándole un carácter moral al hecho. En mis años de estudio en Criminalística teníamos un gran profesor, el Doctor Cagadory que nos enseñó la doctrina del crimen y me dío, en lo personal, la lección definitiva que marcaría el curso de mis investigaciones en los años siguientes. Un crimen es un hecho positivo que dice y no puede decir nada más allá de su propio ser y obedece a una lógica única como una explicación inmanente a ella: la prueba, muchachos, la prueba irrefutable y material que no concede espacio a las interpretaciones, eso es lo importante, y es la tarea trascendente que a ustedes como autoridades del crimen les compete entregar con lo mejor de su talento y vida en ella. Por esto, mientras bailaba la cucharita de Juan Luis Guerra me entró el odio por ese padre retórico llamado William Nobrainsky, hermano del prestigioso científico Virgilio Nobrainsky. El padre William era un veneno del discurso. Y yo tendría que pararlo. Esa nave, esa nave me pertenece a mí.

Son las tres de la mañana. Las cosas con Mónica prometen más de lo que se podría pedir. Me ha dicho que a pesar de mis excentricidades y de mis años me encuentra guay. Ya le he cogido con disimulo una nalga y sólo se ha limitado a verme fijamente a los ojos con picardía, sin decirme nada. Cuando vuelva del baño actuaré con más sagacidad. Considero que lo que hago es un arte. Voy por la botella a la mesa y me sirvo un poco de lo que queda en el vaso. La música se apaga repentinamente. Por qué? Por qué joder si hasta ahora las cosas iban a empezar? Por qué ahora? Aseguraría que en esta tierra no cerraban los bares sino entrada la madrugada. A través de las cabezas danzantes, ahora inmóviles, las cabezas ex-danzantes, y la bruma del humo los veo llegar. Hombres uniformados se desplegan por toda la pista de baile. Fuertemente camuflados y con sus armas sobre sus hombros. Detienen sus feroces miradas sobre todos los clientes. Uno ordena al dj que no pare la música. La reinicia, a bajo volumen; ya nadie baila, se han perdido todas las ganas.

La niña rubia está a un lado de la pista. Se ríe al verme y sale corriendo de la discoteca. Me estoy volviendo loco? Tiro el vaso a la pared y los hombres armados corren hacia mí. Voy hacia el baño, en donde debería estar Mónica. Le toco a la puerta pero no contesta. La tienen encerrada. Con mi sobrenatural fuerza tumbo la puerta y la veo con la boca arriba hacia el cielo. De ella emana una entidad extraterrestre. Al abandonarla arroja su cuerpo al arruinado piso del baño. Me golpeo la cabeza contras las páredes y es cuando soy detenido. Me sacan a empujones y me dicen que tal vez caí presa del pánico. Pero, en su lógica militar, si caí presa del pánico era porque seguramente ocultaba algo. Vamos habla, si no tienes nada oculto no temes nada. Me golpean contra los barrotes de la cárcel. Y había sido una noche tan bonita, pienso.

El resto de la noche fue una sucesión interminable de emesis y pavor.

Monday, March 17, 2008

EL TRIUNFO DE WILL

La presente saga eclesiástica tiene como principal objetivo incentivar la reflexión moral y la contemplación de una buena vida en el marco de la gran guerra en las líneas de comando entre las fuerzas de la sombra y la defensa de la luz verdadera. Por tal razón, las aventuras del padre William muy a menudo se verán relegadas a sus enseñanzas, a sus observaciones de la miseria de la naturaleza humana, al contexto del sermón y las alabanzas. No hay que perder de vista que la vida de un hombre sólo cuenta en cuanto exaltación de la creación y el desarrollo de una vida ejemplar a imitación de Cristo. El padre William, tanto en la realidad como en la ficción que se desarrolla, no es sino un instrumento de la Voluntad divina, un mero espartaco con las tripas afuera, una conexión nerviosa al interior de todo un sistema que se estremece con su gracia.

Primer punto a considerar:
William necesita comprender por qué Luis lo obliga a interpretar un papel desalmado, tantas veces vergonzoso e imposible. William es el actor que materializa las escenas que surgen de las palabras que Luis escoge, muchas veces movido por un agotamiento de sus ojos. A Luis le gustaría entablar una comunión con el sacerdote William. Todo se desarrolla en el marco de lo imposible, y la frustración de la inteligencia de quien escribe. William es un ser inacabado, comprensible a todas luces, y limitado por los límites del ser que lo origina.

Segundo punto a considerar:
El ser que lo origina. Creatio ex nihilo. William es una chispa de un sueño náufrago. El manantial que corre silencioso debajo de la colina por la espesura salvaje de una selva dormida. En mitad de la oscuridad se te acerca, posa su índice sobre tu labio superior, rogándote silencio y te susurra con delicadeza una sóla palabra que te hace reconocer su rostro: Maná.

Cristo atraviesa los cielos estrellados en sus carros de fuego con una premonición entre los dedos. Soy un hardware atrofiado en la coordenada de las acústicas muertas. Eliana era el júbilo que bailaba debajo de la tempestad. Impávidas miradas al horizonte raptado del planeta tierra.




Sunday, March 09, 2008

daga divina II

Antes de ser sacerdote era marica. Un pasado ignorado que dejó su huella más profunda en sus creencias. Un pasado contra el que luchó con toda la dedicación inimaginada y que le trastocó toda la concepción del mundo que había construído hacia la fecha. Muchas veces quiso imaginar la raíz de su enfermedad y se entregaba horas enteras a reflexionar sobre el acontecimiento que le apartaba del resto de los humanos; como una maldición que pesara sobre su nombre incluso antes de ser pronunciado; como fruto de una volición prohibida que fuera a arrebatarle toda la felicidad absoluta del mundo y se fijara sobre su morbosa atracción por el sexo equívocado. Como los cuadros de Jim Amaral, sentía que los dedos no eran sino extensiones inocuas de penes perpetuamente erectos, aún si quisiera apretar el puño, estos penes incapaces de estallar, que estallan minuto a minuto en el largo de las uñas: que estallan minuto a minuto y se rozan y palpan grotescamente las superficies, sin el pudor de un buen pene educado, que sólo roza lo que tiene que rozar, en el sexo femenino, como debe ser: los ojos cerrados, y a lo lejos tantos dedos penes, formando un zodíaco, como los cuadros de Jim Amaral, tan llenos de dedos fálicos, hambrientos de orificios, bajo los ojos, como orificios que excretan retina y ya no sirven para apaciguar el miedo. Antes de ser sacerdote era marica. No obstante, siempre se asumió su homosexualidad de una manera sacerdotal e incluso se decíar que podría estar asumiendo su sacerdocio de una manera homosexual. El amor que r sentía por uno y el placer provocado por el otro parecía haber conciliado en una feliz comunión entre el amor a Dios como una presencia sustancialmente masculina y su sentimiento de entrega y sumisión a la belleza que le inspiraría desde sus tempranos años el carácter dominante del macho fuerte. En sus años de profesor de teología en una universidad pontificia alguna vez reprimió fuertemente a un muchacho de ideas progresivas -ergo comerciales- que le provocaba al confrontarle bajo la idea de la naturaleza femenina de Dios. Dios es una mujer, afirmaba y sacaba el naciente pecho de hombre vigoroso. Nada le parecía más ridículo al padre William que pensar en amar a un Dios que fuera mujer, poseedor de todos sus defectos físicos y, sobre todo, propietario del carácter débil y la moral endeble del sexo femenino que practicamente a lo largo de la historia las ha llevado a ser consideradas por los grandes hombres de las ideas como las idiotas del misticismo. La mejor forma de hablarle a una mujer de Dios es no profundizando mucho en él, sobre su naturaleza, apelar a su complejo de Electra y decir: jamás te abandonará. A las mujeres no les gustan los hombres complicados, no les interesa profundizar sobre las esencias ni asimilar los misterios. Las mujeres son pura democracia y el feminismo es pura sociedad libre. En definitiva, no entienden lo que deberían entender por naturaleza... no, sino ella.. ella a la que acude con el primer chorro de agua sobre el rostro, luego de la noche de los sueños dolorosos.. pero de ella no hablaremos porque ella es La Mujer, y ella es secreta, misteriosa, ella es la Mujer Clásica y nada tiene que la conecte con la mujercita moderna, la mujercita que se rinde ante los chicos progresivos y comerciales, que la subsidiarán o fingirán hacerlo, como fingirán sentir placer por ella en el momento del sexo, sin que la mujercita moderna se dé por enterado que lo único que ha satisfecho por fracción de un segundo es el exacerbado egoísmo de un menos que tarado, que lleva la cuenta de las veces que ha penetrado su pija en un cadáver, un cadáver que se maquilla, que se ríe, que en definitiva considera que está bien interesarse en el fútbol, en los debates, en la política, que todo está bien, todo este universo masculino y ridículo, está perfectamente bien mientrás él pueda entrar en ella como un toro estúpido y ella gemir como una marrana perfectamente olvidada. El padre William no es en absoluto misógino, sencillamente es marianista. La mujer tiene que ser divina o no es mujer. La mujer tiene que ser virgen o no es mujer. La mujer tiene que ser María, tiene que ser Magdalena, tiene que atravesar el hombre, tiene que ser el principio y el final, tiene que brotar lágrimas y dolor. La mujer que no está dispuesta a ser principio y final es menos que una ramera y merece ser despreciada como un ser ínfimo y perverso. El padre William, rojo de cólera, instó al guapo muchacho que se abstuviera en su clase de decir tonterías de tal dimensión de las más altas esferas de la estupidez humana; acto seguido, notó que de alguna manera había generado indignación en las mujeres que asistían en la clase y, como es de esperar, todas se fueron al bando del apuesto chico; en un tono menos apasionado las convidó a agradecer el desafortunado momento histórico de confusión y anarquía que vivían que les permitía poder ingresar a un instituto tan respetable como la universidad y no estar ejerciendo en una casa de citas, como tan expresamente manifestaban querer pertenecer por el orden de sus vestuarios y maquillajes. El padre fue pronto trasladado a una iglesia de campiña, en el cual se le encomendaba la educación de los monaguillos y los prometedores jóvenes para ser ofrecidos a la Sagrada Iglesia. Allí conoció a Francesco, Luisotto y el hermoso Paulo. Francesco era un niño perdido, un caso sin importancia. El chico de campiña que se liga a las primas y a las vacas con el mismo fervor. Sexual hasta en los cachos que el diablo le regaló en forma de prótesis moral. Francesco, al mismo tiempo, era el niño más curioso en los "acontecimientos" y poseedor de una famosa inteligencia práctica con la que la campiña contaba de buena gana, en cuanto el padre William podía pronosticarle desde ya una prometedora carrera de abogado. Luisotto era un niño homosexual, como él tal vez lo había sido, pero ya no lo recuerda el padre que alguna vez se llamó William Cero.

En el medio de la noche las tormentas rompían el horizonte. Mientras el sueño o la ausencia de él en el dormitar cobijan con su refrescante halo las existencias que no sienten su progresiva decadencia existen dolores que añoran las estrellas. Gritos que se dirigen a los chirridos de los cables eléctricos en los profundos campos. Un hombre en medio de la lluvia se deshace las manos robando moras de sus agudas enredaderas. La electricidad ruge por medio de las nubes que decepcionan las bóvedas astrales. El agua es un excelente conductor pero nos conduce el delirio. Los padres de William Cero han descubierto la demoledora verdad sobre su hijo. Se temen que en el seno de la familia sagrada se haya engendrado un cerdo. Al parecer al niño le gusta merodear por los caminos fangosos de la vergüenza humana. Un mariquita, un paleto con gusto por los taladros. En medio de la noche las gotas del llanto adquieren una densidad mayor, que el orificio interrumpido por la retina retiene en la pared posterior del cerebro. Quisiéramos que todos los orificios fueran tan discretos. Se cruza el Estado para llegar al instituto en que se cura esta clase de afinidades patológicas. Su hijo está bien, a pesar de todo es un buen cristiano, un temeroso de Dios. Se lo curaremos y se lo llevaremos de vuelta, con el culo cerrado si es posible, si sabe a lo que me refiero.

Una de las razones por las que en el seminario era objeto de burlas era por su incapacidad para tutear, para aprender el lenguaje de la discreta cortesía. Los constantes errores, la pretensión por querer hablar adecuadamente, no eran sino revelaciones de su tosquedad y condición ordinaria. El padre Malebranche alguna vez, escoltado por la risa de sus compañeros, le sugirió que no se esforzara en alterar su lenguaje de campesino ya que Dios necesitaba a todos, brutos y nobles, para llevar su mensaje de salvación al hombre. No obstante, el empeño de William era notable y tras años de proponerse la tarea terminó por hablar como un hombre de letras e incluso logró a ganarse la consideración y el aprecio de ciertos académicos. Evidentemente todo esto antes del incidente con el muchacho provocador, que con los años terminó ocupando importantes cargos públicos por elección popular y así mismo incrementando su poder y su compromiso con revolucionar el sistema educativo con el fin de elaborar contenidos más democráticos, abiertos y amables para el debate y la recepción de nuevas ideas, en especial en lo religioso. Por qué el padre William no conocía el lenguaje de la fina cortesía? Tal vez porque su mundo se reducía a la crudeza. Las palabras tenían un propósito muy claro como una economía sujeta a su condición social. Es decir, si había hambre de palabras con mucha más razón hambre de alimentos; y pena, por no poder sustentar la vida y dejar ir el destello, que alguna vez brilló en los ojos, en medio de unas ojeras que veían la extrañeza de un mundo que les despreció. Era bruto porque su mundo era brutal. Había visto a su hermana menor morir de hambre. Su madre llorar sin aliento encima de su blanco cuerpo. Un cuerpo que le pareció en ese instante santo. Con una santidad que no volvería a ver jamás. Ese cuerpo de princesa caída en desgracia rendido ante el absurdo. Su madre había dado un paso atrás y dejado a la niña a su lado, en el suelo. No sabía a donde había ido su madre y por qué le había dejado solo al lado de la niña muerta. Su hermana no parecía muerta sino inmersa en un pesado sueño que le arrebatara el mundo. Él estaba paralizado, justo al lado de ella, también paralizada. Pero él no estaba muerto. Como no estaba muerto y sus ojos aún veían el mundo que no era el de los sueños, pudo ver como una rata subió a la cara santa de su hermosa hermana. Se posó sobre ella, con todo su cuerpo de monje de vagabundos, se arrodilló sobre ella, le escrutó los ojos, que ya sólo soñaban y levantó una oración de rata por ella. Como viniera se alejó a otro rincón la rata. Su madre no había vuelto y sintió que había sido abandonado también él. A una suerte próxima a la de su hermana. También sentía un profundo hambre. Y rabia. Y pena, porque tal vez él no quería que una rata le rezace sobre su cara. A gatas salió del rancho. A lo lejos una hoguera se prendía. Temía que volviera ser una carga para sus padres y se fue en dirección opuesta. El rocío de las plantas lo cogió abandonado a un gran árbol de raíces prominentes. Fue cuando vio la enredadera de moras. Emocionado salió tras la promesa de los grandes frutos que brillaban enardecidos a la primera hora de la mañana. En la carrera del hambre y la desesperación ignoró las grandes espinas que protegían el frondoso alimento. La sangre le brotaba de la cara y las finas agujas de las espinas le clavaban con odio el vientre. No era diferente a todo el odio que el mundo le había manifestado. Sencillamente un pobre tiene que sangrar e inclinarse al temor a la muerte para poder comer. A pesar de que la carne le era razgada con demencia y grandes pedazos volaban al suelo, pudo satisfacer la sed temprana de la muerte en los jugos de las moras. Al mediodía lo encontraron sus padres, delirando y consumido en la fiebre. Lo encargaron a una familia vecina que se encargó de sus cuidados hasta que recuperó la razón. En el moral de esta mañana infantil, el padre William había reconocido el rostro de Dios y en el néctar del sufrimiento la fuente de la vida.

Sometido a pruebas de electrochoques, a constantes latigazos, a humillaciones públicas, a deambular desnudo por el pabellón de los desquiciados, el padre William fue sometido a desprenderse de su naturaleza aberrada y homosexual. Secula, seculorum.

Tuesday, March 04, 2008

TOUCH

TOUCH

Por: Luis Cermeño, Salomón Pérez Ayala, Luis Isaza Vásquez y una breve aparición de Ricardo Cabezas.


Se hallaba mascando Chimú “El tigrillo”. Veía aburridamente un video de Coyote Ugly, mientras del aparato salía la música de El caporal y el espanto. Las gotas se escurrían por la pared, una sensación de frío le inundaba generándole un calor; calor también provocado por las cervezas a su vez. Un sudor frío le bajaba por la espalda hasta la parte superior de las nalgas. El clima, húmedo y helado, le tensaba los músculos; lo que la llevaba de regreso a las praderas floridas de un valle condenado.

Aunque sus huesos, débiles y quebradizos por el frío, parecían romperse al menor movimiento, se resistía a gastar en comida lo que consumía en alcohol. Una fija humedad que recubría el espacio la llevaba a imaginar cómo sería ser un batracio. Sus pensamientos, pausados y relajados, claramente le indicaban una fisiología de la paciencia que bordeaba el total abandono.

Un arrogante negro posó fijamente la mirada en ella. Seguramente le parecería curioso ver por estos lugares a una mujer hermosa embriagándose sola. Con total desparpajo, dibujó un gesto en el aire, invitándose a sí mismo a la mesa. Ni atraída ni sintiendo un total rechazo por el extraño, le permitió sentarse en su misma mesa. Aunque permitir es un término inexacto para la indiferencia que le provocó el hombre. Ella había llegado a un punto en la vida en que sencillamente todos los hombres le parecían iguales; los deseaba a todos por igual. Pero hoy su flojera le impedía a la mujer cualquier acción voluntaria. Daba igual si se la estuvieran metiendo por la nariz a que si estuviera dormida. Sólo quería ahorrar energías y conservar lo poco que le quedaba de dinero para cerveza (algo casi genético).

Al preguntarle el hombre oscuro su nombre, ella sólo respondió: soy una puta. El negro, sintiéndose agredido, levantó sus dos manos simulando una defensa e inconcientemente levantó ligeramente la comisura de los labios de un lado. Ensanchando ampliamente los brazos y pectorales, exclamó: calma, nena, sólo quiero estar a tu lado un rato, relajado,

La postura corporal del hombre parecía penetrarle ampliamente; cosa que no era difícil pero que, en este caso, implicaba un control casi absoluto de la mente. No era que estuviera dormida, era sólo que parecía darle igual cualquier estado mental definido. Se encontraba expuesta a los pormenores de la degradación.

Por un momento se quedó fija en los videos pornográficos que transmitían continuamente por el ancho de las paredes en el establecimiento. Se preguntaba cómo el tiempo habría afectado en la actualidad la lozana piel que se regodeaba en el viejo video proyectado y si las muchas chicas que exhibían sus espléndidos cuerpos en ese instante no se encontrarían muertas ahora que ella las apreciaba. O, cuántas no habrían adquirido el virus del SIDA en el transcurso de los años; o, la posibilidad siempre latente de la regeneración: cuántas mujeres jóvenes que veía en las pantallas actualmente no contarían con una bonita familia, sostenida por un ejemplar esposo y encantadores niños.

Todos los pensamientos parecía disiparse en su alma como quien no es capaz de retener en su mente una situación y por lo tanto el efecto de éste en su ser; volaba más allá de la alienación, o de la emoción que experimentaba el eterno presente.

Como frágiles cristales que se rompían a lo largo del destino, cantos gregorianos ambientaban una imprudente invitación al patio trasero del antro. El hombre negro satisfacía un impulso animal que sólo se puede satisfacer en el momento y en el lugar en el que es producido. Su presencia aprisionaba en la mujer cada uno de sus nervios y su existencia entera. Ella no era más ella. Ahora ella era el negro. Más aún, sólo le importaba y añoraba confundirse con el hombre. La silueta del amante encarnaba la poderosa sumisión de un sacrificio. El agitado compás de las caderas del robusto semental brotaba como una letanía de lagunas en el abandono de su propia existencia. Una lágrima de placer y dolor humedeció la mejilla ruborosa mientras su cuerpo encarnaba un gozo ajeno. El moreno sentía que todo el éxtasis abandonaba su ser a borbotones lúbricos hasta el momento de eyectar el último nervio sensitivo de su alma africana.

Hasta derramar la última gota de semen el perpetrador no cayó inconciente, invadido por la boca de la mujer que besó su rostro deliciosamente. Luego, ella procedió a guardar con dedicación el miembro inundado de su furtivo amante dentro de su desaliñado jean oscuro. Se levantó con desinterés de la escena del crimen, trató de deshacerse del polvo de su traje limpiándose cuidadosamente con el reverso de sus manos. Prendió un cigarrillo antes de entrar de nuevo al decadente bar que servía a su vez como lugar de expendio de drogas y libre comercio negro.

Al entrar al oscuro antro pasó de largo a través de la larga barra y la hilera desorganizada de mesa y sillas. Se dirigió al baño para lavarse las manos que sentía deshidratadas y muertas. Lleno de especias y maní, repleto por una baba espesa y amarillenta, como un bálsamo putrefacto en el que grandes picos montañosos de comida y desperdicios se levantaran a su propio infernal espectro celeste, el pequeño baño expelía un fuerte olor ácido y dulzón que penetraba en los senos paranasales a manera de aborto de estornudo.

El negro, a las afueras del bar, sintió maltratada su espalda. Se incorporó de su visible estado de deshecho humano. Se dirigió de nuevo a la barra y pidió una cerveza. Tuvo la sensación de ser una persona supremamente frágil, penetrable; pero, al tiempo, se sintió frío y viscoso, como la superficie al tacto de un sapo.

Curiosa idea la de considerarse un hombre-sapo, pensó. Sentir aprecio por las texturas babosas y resplandor en los inhóspitos ambientes en que la humedad era reina. Poco a poco, conforme el líquido de la cerveza disminuía, tanto el ánimo como los intereses diarios del hombre fueron menguados casi hasta quedar reducidos a la nada.

De repente captó a lo lejos a una mujer, de vida exudando, que abandonaba el claustrofóbico salón. Pensó que si acaso esta situación fuera posible, era él mismo en la cúspide de su regocijo alimentándose y nutriéndose de los frutos podridos que el mundo le brindaba.

Calló como un silencio y deseó encontrar una pluma; una pluma ligera que le permitiera delinear el felino voraz que tanto lo había alimentado y que ahora ingería el cálido cáliz justo a su lado. No entendió por sólo un instante el fuego de su mirada, y deseó con gran fuerza que aquella mujer de un incógnito e indescifrable instante hubiese roto el telón de sus días que zurcieran aquel perenne instante.

El ahora deshilachado negro giró su dirección en torno a la barra en la cuál atendía una delicada androide de delineados hombros desnudos y firme mandíbula, dispuesta con presteza a atender los pedidos que le manaban por doquier. Una pequeña minifalda de áspero material barato y un esqueleto blanco hacían las veces de vestimentas al robot de naturaleza femenina. La androide de material liso y refinado escrutaba de vez en cuando al hombre tratando de determinar el posible riesgo que podría establecer para la tranquilidad del roto. El gesto del negro era tan desconsolado que pronto la angelical androide se despreocupó de él: simulando, cada diez minutos, sin falta, su acostumbrado intercambio “visual” con el hombre como uno de los comandos aprendidos de esencial cortesía con el cliente.

El negro, a pesar de ser conciente de la naturaleza artificial de la diosa de las mesas, sintió que el movimiento del amor se agitaba dentro de sí aún queriendo reprimirlo a toda costa. Debería tratarse, sin duda alguna, de un nuevo tipo de artefacto diseñado para causar esta remoción terrible de las sensaciones en personas poco experimentadas con la tecnología. Aunque también pudiera tratarse, con perfecta plausibilidad, de una creación tan maravillosa en su arquitectura cibernética que lo que le doliera tan profundamente al hombre no fuera en absoluto el aparataje técnico del artefacto sino la más pura belleza del objeto en sí que le humillaba en lo más hondo y le hacía querer consumirse en la profundidad de la mirada de su androide inquisitiva.

El negro, tan borracho como una rata como estaba, fue conciente del profundo amor que sentía por ella y deseó jamás poder apartar su mirada de su gloriosa creación. Veía cómo la abordaban el resto de buscavidas del lugar y sintió rabia por su incapacidad de no poder intercambiar más que las órdenes de rutina con ella. Por un momento era como si él fuera la máquina limitada y no la diosa de las mesas, en cambio. Un anciano complacido dijo desde cerca de su barra: qué maravilla la ciencia. En este momento el negro despreciaba cualquier cosa que le sonara a algoritmos concretos que pudieran explicarla a ella. Demostraba una vez más cuán tarado podía ser cada vez que se lo proponía y trató con todas las fuerzas de fijar su mirada en la cerveza, en los videos pornográficos e incluso en las chicas reales. Pero todo era irreal para él y la mirada infaltable cada diez minutos le conducía a la desesperación inminente de su propio mutismo. Pensó en el afortunado esposo androide de la diosa de las mesas. Seguramente, más tarde, al llegar ambos a casa, rendidos por sus horas de trabajo, se abrazarían, se prepararían la comida y hablarían. Ella le diría a él: me dan pena los humanos que se resisten a creer que no soy más que un diseño. Y él reiría, pensando “pobres idiotas” y, en el fondo de sus operaciones lógicas, sintiéndose en secreto orgulloso de ser el esposo de la maravilla de creación que tenía como mujer. Nada podría arrebatárselo, desde la orden de manufactura, y mucho menos un tonto humano borrachín de antro.

El caballero negro amaba fervorosamente a la androide a pesar de que hasta ahora no llevaba mucho tiempo de haberla visto por primera vez. Y todo eso era real. Pero alrededor de ella las difusas imágenes se hicieron presentes. Entendió que casi todo el bar era frecuentado por hombres sapos sin deseo, sin presencia; lo peor era que ni siquiera podía aturdirse.

Las manos del moreno jamás se habían encontrado a la espera de sentir el calor del rostro de una mujer extraña, pero a aquel extraño perdido de cotidianidades le atraían aquellas soledades, y cómo no hacerlo en esas nubosidades tan grises que no podían ver el rastro de aquella ninfa que tanto deseaba. Le irritaban tantas palabras sin ecos y deseó con fuerza descomunal rasgar aquella cotidianidad y tomar la tierna mano de su amada de aquel instante y caminar sin destino; ya que al alba, seguramente, desearía con el mismo fervor alguna otra ninfa.

Otra ninfa, cualquier ninfa, todas las ninfas. Era igual, las deseaba a todas por igual.

Ella? Un objeto. Una posibilidad? Tratándose de él siempre, sería una nueva posibilidad.

Y el negro se sentía feliz de haber encontrado a su amiga de infancia Luna Red. Es el final del mundo y no lo sabes.

O no había querido percibir que él había muerto con sus incongruencias y le pareció que el fin era más hermoso que no haber estado.



(Tiendita de los horrores – 4 de marzo de 2008).