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Tuesday, April 24, 2007
lunes en feria del libro.
Leer no salvará a nadie. Escribir menos. Escribir honestamente menos. Leer cosas buenas menos. Pensar, en definitiva, sobra mucho. Tomo mi credencial de invitado a la feria del libro y leo la programación: Lectura de cien años de soledad. No estoy haciendo nada igualmente. Considero que es una buena oportunidad para salir de esa mierda de una buena vez. Salir de esa mierda de Cien años de soledad. Esa lectura obligatoria y canónica que pesa sobre la espalda de ser colombiano. Y que pesa sin gusto, no como la fama de la cocaína. Porque finalmente la cocaína se ha probado lo suficiente como para poder sacar pecho y tener esa cosa de identidad nacional. Porque finalmente la coca sí ha dejado su huella sobre uno y sí se ha vivido, no como sombra sino como definitiva presencia hegemónica. Me logro acordar de la cara de indignación, esa falso rubor en las espantosas mejillas de los colombianos en la Florida, cada vez que un gringo bruto nos identificaba y decía: hey colombianos, qué buena su coca. Yo no me enrojecía, al contrarío le agradecía el gesto y hacía un ademán muy colombiano de: siempre a la orden, compadre. Ahora nos sirven en una falsa bandeja de plata al colombiano que más sonroja a la derecha colombiana, al colombiano que para esconder la vergüenza se sobrevalora como el segundo escritor de lengua híspanica, luego de Miguel de Cervantes. El caso es que a pesar de que útimamente se reconozca en el medio intelectual que esa mierda románticona y cula de Cien años de culera no es más que el único best-seller que ha parido esta malparida mierda, no deja de ser bochornoso y un poco indigno el hecho de no leer el libro. Como igual no estoy haciendo nada y quería salir de ese apretón de huevos de ser colombiano y sólo haber probado la buena coca del país, pero no haber leído la buena literatura del país -sino la muy mala-, me dispuse bien tempranito para ir a la feria del libro y participar en la lectura esquizofrénica de Cien años de culera. Llegué tarde, pero eso no me importó. Y no porque llegar tarde sea colombiano, de hecho todo el mundo llega tarde, si los ingleses son famosos por su puntualidad tal vez no se deba a que sean la regla sino la excepción. Dónde están leyendo a Gabo? Claro, ahora todos somos familiares de "Gabo". Me detuve en el recorrido que había hecho en el bus para llegar a Gabo. Una hora esperando en un sol desesperado que quebraba el rigus angustioso de mi rostro. Un negro como los negros ingleses, aferrado a dos celulares. Había algo de terriblemente tierno en el cuerpo exagerado del negroíde pero observarlo mucho podría tener consecuencias violentas. En efecto, la calle no tiene la ley escrita aunque resulta tan rígida que no da lugar a estupideces. Logré acomodarme en una silla en una fila vacía. Me pregunté por qué la gente prefería hacerse a un lado alejado y no sentarse, como yo. Luego me di cuenta. La intimidación. Por qué no sentirse intimidado si la gente bonita era la que ocupaba los puestos de adelante? Y sentarse en las sillas de las filas vacías te acercaba demasiado a la gente de la tele, a esa gente hermosa. Incluso, la gente bonita miraba extrañada a la gente que se sentaba demasiado cerca a ellos, los bonitos. O sea, estaba en medio de dos bandos claramente definidos, aunque ninguna etiqueta rezara: aquí los bonitos de la tele, allá los feos del común. Adelante mío un enano entrado en años y con el rostro agotado trataba de tomar la mejor foto de la farándula. Para no ver a la gente intimidada ni a los intimidadores preferí detener mi vista fijamente en el enano. Era lo que más se parecía a mí en ese instante. Un ser grotesco con un pie en el cielo y otro en el infierno. He ahí mi Virgilio, conduciéndome a las letras que pasan de largo entre los círculos del infierno y los círculos celestiales. Vicky Dávila pretendía ignorar el molesto flash que el enano no temía en escupirle cada segundo. Pero miraba, con más rareza, a ese otro ser grotesco guíado por la antorcha de Virgilio. Era un hecho que nadie prestaba atención al libro. Pensé: para quién se lee el libro? para qué gente se alza este altar? Llegó Maria Emma Mejía. Tiene esa sensualidad que siempre inspiran las brujas malas. Pero como ellas exhala algo innombrable que paraliza. Supe entonces para qué clase de gente se alzaba este altar y me dije: muchacho, este no es tu lugar de poder. Me levanté lo más delicadamente posible. Pero comprendí que el jean se me caía. Y me lo subí bruscamente, como las chicas se suben el descaderado. Tal vez ese acto me haya hecho ver imponente, tal vez arrogante. Pero lo hice porque no quería correr el riesgo de que Vicky Dávila viera mis calzones baratos. Si le interesaba acaso. Pero me relajé al pensar que el enano tal vez también tendría pudor, que le avergonzaría si Vicky Dávila le viera la raya del culo, si le interesaba acaso, porque a la condición de ser grotesco no quería agregarle la condición de ser grosero. Salí sobrecogido. Burlado doblemente. Primero, porque sabía que el evento era una burla y segundo, porque asistí y me presté a la burla. Gabriel García Márquez tal vez lo hubiera tolerado, incluso en su juventud, un buen lagarto cuyo mérito siempre ha sido el de saber su pequeñez. Pero yo? mierda, yo no soy un genio literario y no conozco mis límites de pequeñez. Me alcanzo a reconocer con el enano pero no con su estatura y en ese sentido, estoy perdido. Acaso el hecho de ser enanos nos debe hacer doblar las rodillas? Acaso todos los jorobados debemos ser mayordomos de condes miserables? Y si Gabito no se hubiera acostado con los Santos y Mutis y con todos los que se prostituyó? Acaso le levantarían un altar para que lo escupieran? Ay, ay. Así que lo mejor que pude hacer fue volver a olvidar a ese señor García Márquez e irme con los más propios, con los que aún tienen algo de digno en esta vida, digno en un legado de letras honradas: Manuel Puig, la marica. Desde muy pequeño siempre sentí ese sentido de solidaridad y amistad con los escritores maricas, los que llevaban a cuesta la cruz del estigma y ostentaban una felicidad prohibida, sin mérito. Y eso no lo he encontrado en Gabito, que siempre se ha mostrado muy machito y esa muestra extrema siempre me ha parecido propia de un remaricón encubierto, sin verguenza. Porque también siento un sentido de solidaridad y amistad con quienes profesan verguenza y asco hacia sí mismos. Y Gabriel García Márquez para mí es más extraño que la Cocaína. Y la Cocaína me parece que supera al infinito la obra de Gabo. Pero no quiero altares para ella. Es mi reina trágica, cuya belleza provoca desastres sin quererlo y por esta razón está condenada a la guillotina y no hay nadie que pueda salvarla, ni los que la manosean con la promesa de salvarla, ni los que se condenan con ella: esta condenada a una muerte solitaria e inevitable. Reina dionísiaca que lleva el máximo de su esplendor al fuego, consumiéndose en el resplandor de una risa satánica. Dirigida hacia su propia muerte en la rebelde locura de su felicidad, lloraré por ella en la distancia del público enemigo, que la insulta y la maldice, y no estaré allí para responder a la inquietud de su desvastada figura que encoge su santa rabia, incluso si ella llega a nombrarme en esos últimos instantes, estaré a lo lejos, en la penumbra, humillado por la exaltación de las llamas en su blanco cuerpo de bruja mala. Porque la cocaína está sellada por la fatalidad. Y ahora esta estrella enana se pasea por el infinito negro de la eternidad envidiando el resplandor del desastre de una galaxia en llamas. Y leer no salvará a nadie de esta noche. Escribir consuela a los pendejos. Mientras tanto, gente como Margarita Posada seguirán siendo novelistas consagrados gracias a que pueden alternar columnas con fotos de su trasero: cosa que no hace falta, pues su propia jeta podría sustituir perfectamente un par de nalgas por una cara de culo. Mientras tanto, gente como yo se puede pudrir buscando cafés en los cuales pueda llorar un capítulo hermoso de un escritor en remate en la Panamericana.
Tuesday, April 03, 2007
Sin morir pero
Tirado en un rincón oscuro de la sala, se frotó la frente y con la misma palma de la mano se cerró el párpado derecho y sintió esa mitad de la cara muerta. Se tomó el último pucho de vino directamente desde la botella para arrojarla luego al lado de las otras botellas de cerveza vacías. Pocas horas más tarde lo levantaba Rosa: Lo siento, mi amor, es hora que te vayas yendo. Se incorporó observando a su alrededor y se dio cuenta de que era el único que quedaba. Le preguntó a Rosa qué hora era. Era mediodía pero sentía que el frío le pegaba directamente a las costillas. Apenas si se despidió de la escuálida anfitriona y ya se encontraba de nuevo en las calles, luchando en contra de los inclementes rayos de sol. En su sueño creyó haber encontrado su nombre pero despierto siente que la ha perdido para siempre.
Se revisó los bolsillo de la gran chaqueta negra, que llevaba cerrada hasta el cuello, causando la mala impresión de los deportistas del domingo, que le miraban con repulsión por su sucio aspecto y estar tan arropado en un día en que el sol parecía sonreír a todos los niños del paraíso. No le sorprendió encontrar unas pocas monedas, con lo que había derrochado la pasada noche lo menos extraño era encontrarse quebrado. Decidió que era mejor negocio gastar las pocas monedas en una cerveza para calmar la sed que un bus para descansar las piernas. El tipo de la tienda no pudo contener su asco: venga, le regalo una bandita para que se cubra esa mierda. Se miró al espejo y fue entonces cuando vio la gran herida que le supuraba en una de las comisuras inferiores del labio.
Nada es más ridículo en las calles que un héroe olvidado de una mala guerra venida a menos. Amarillo pus, hematoma creciendo, infección leve, bultos y bultos cerrados en su pecho: creciendo desde adentro: como criaturas de otra dimensión prestas a expulsar su existencia a partir de invasiones mortales. Pudo verlo en el baño de la tienda. Subió la mirada al mohoso espejo y comprobó el gesto instintivo de horror que emergía de sus agotados ojos negros.
Terminó su cerveza y se sentó en uno de los parques aledaños. Un grupo de chicos se reían y hacían monerías sin parar. Uno de ellos reparó en él y empezó a gesticular, en broma, remedándolo, como a los zombies de la televisión de sábado. Los otros chicos celebraron el chiste y se volvieron al triste sujeto de negro tirado en la loma del parquecito. Lo señalaban con crueldad y se burlaban de su inexplicable conducta ante el generoso rayo de sol de domingo. Sobre todo las chicas, las chicas que acompañaban al fresco grupo de jóvenes universitarios. Ellas se reían con fuerza y una de ellas señaló, en referencia a él: pobre sujeto. Él no alzaba la cabeza y esto irritaba más a los más enérgicos líderes del brillante combo. Cansados de la indiferencia del sujeto, empezaron a cantar canciones de moda y gritar que ellos sí sabían vivir. Uno de ellos, con una gorra de colores, mechones colorados, juglaresco y hábil le tiró una piedra que chocó contra una de sus piernas. El otro, un androide de gimnasio, le retó una pelea: haber hijodeputa, no vaís a venir a dañarnos este hermoso domingo con tu puta actitud de me-vale-mierda-todo.
-Es tan fácil ser gracioso en esta época. La ironía y el sarcasmo está al orden del día en un mundo que no piensa demasiado y que ha dejado las cuestiones serias y ha olvidado las preguntas pertinentes en el momento en que enterró a sus dioses por la facilidad asesina del consumo, la injusticia del liberalismo y el despecho de la liberación sexual. La revolución que planteas me da asco en cuanto no se dirige a recuperar lo básico, que es la dignidad y el honor. Tanta mente abierta para nadie dispuesto a dar la vida, es una estupidez interminable. Puedes creerte el hombre más feliz y rebelde del mundo por fumarte un porrito - y encima creer invocar antiguas divinidades muertas - escuchar rock, follar golfas y vestirte como un pendejo, pero tu propia actitud no es más que una cara de ese horripilante pozo negro y sin sentido en que tratas de afirmar esa sonrisa de idiota mediocre que se resiste a colapsar con el caos de tu propio tiempo.
Mierda, pensó para sus adentros, debo procurar dejar de salir tanto. Esto no me hace ningún bien, llenarme de tanto veneno me asfixia y me perjudica. Es obvio que la gente de la calle es imbécil, sus pretenciones y palabras no son suyas sino de una sociedad envenenada, asesina y cruel: ellos quieren vernos en un lodazal de mierda y los jóvenes son los más dispuestos a aferrarse a él siempre que puedan tener un miserable sexo frío y aséptico. Esta es la democracia, la sicótica bárbara que ataca lo inexplicable y oculto: somos sus enemigos: los vampiros. Somos basura y desecho. Ellos irán con sus antorchas, sus ambiguas imágenes de la luz y su demencial símbolo de la paz dispuestos a invadir nuestros castillos, a enterrar nuestros hastiados corazones y desahogar toda esa sed canibal en nuestros rostros diferentes que los asusta hasta la muerte: porque delata su fealdad infinita.
El androide de gimnasio se acercó y empujó a la triste figura que apenas había pronunciado pocas palabras -sin que se le entendiera la mayor parte. El juglaresco rastafari también se había acercado y le había prometido romperle un bate de beisbol en la pálida cara. Las chicas se habían excitado. Tenían aún ese revanchismo barato que les propiciaba el espectáculo del fútbol.
Y yo decidí desaparecer en ese atardecer de domingo: de tiempo y espacio: desaparecí en un tiempo esputo: grises sombras: promesas de un bonito despojo arrancado de un tráfico de entre semana, esta belleza que ya no recuerda voces de Jeff Buckley ni Andrew Wood. Ya no suenas, recuerdas? Bebé con pistola que sale a disparar al espacio estúpido celeste de un día en que la chica fluía distante, a la distancia. Y crees que estás loquito pedazo de catre incendiario? No estás en su retina de televisón amable. Es hora de que te reúnas con las ratas de ayer, en el fuego que se resistió a revelar su silueta en la noche que para ti fue mejor ni existiera. Un grito amargo sería una inyección negra en el borde del ocèano sin superficie. Yo arrastré algunas olas de mar mientras partía: jugo subrepticio sin letras amargas que tragar para dar forma alguna. Y tú me pateas ese culo que ni siquiera me atrevo a tener en este sueño de almizcles disolutas.
-Chics... -seguía diciendo, mientras le retaban y sin que se le entendiera- este sol de domingo les pertenece todo a ustedes: es su brillo: es su culo: por favor, sean félices a su rayo. Yo sé la razón de su furia... ufff.. este sol de Domingo les pertenece y yo soy una luz sin día. Demasiada luz para aparecer ante el sol: soy demasiado culo para su vista y el culo ya está arriba, sin tener que ser visto, abrigándolos y alegrándoles la muerte. Esa piel curtida. Ya lo decía el muerto: ningún hombre soporta la desnudez del otro. Y yo soy como un culo que se broncea. Pero... estoy mal y muero: o sea, lato más que el mismo sol en sus cabezas. Dejénme relamer mi propia mierda que soy un culo bastante introvertido.
En ese instante un hedor se hizo manifiesto en toda la atmósfera. El cielo empezó a oscurecerse misteriosamente. Y una risotada se escuchó desde lejos. Una brisa inexplicable invadió a todos los presentes - incluso al ausente. Una legión de cuervos y chulos circundó la escena. De repente, apareció, nadie sabe de donde, una escultural mujer vestida con un estrecho vestido, como de seda, que le caía a través de una figura gitana. Su rostro era tan blanco como no se acostumbraba a ver por la región, tan blanco como de extranjera, incluso más. Un lacio pelo negro largo que le llegaba hasta la delgada cintura. Una cara irreprochable de no ser por unos extremados ojos negros hundidos de ultratumba.
El rastafari, haciendo dotes de galán:
-Hola, la Lilly Munster que faltaba. La hora en que salen los Freaks. Yo iría hasta los Carpathos por tu beso mortal.
La mirada de la recién invitada no podía ser más que de reproche. Fue tan severa la mirada que todos tuvieron que callar. Ella se acercó al precario efebo. Nadie recuerda haberle visto el torpe caminar de las piernas. Fue tan perfecto su acercamiento que pareció volar. Tomó por la mandíbula al simulacro de jamaiquino y giró tan fuerte de ella que le separó instantáneamente la cabeza del cuerpo. La sangre soltaba a chorros increíbles y el cuerpo demoro un poquito en caer definitivamente hacia la región en que los chistes están de más. La cabeza se vio rodar por la oscuridad del parque como una pelotita de fútbol golpeada por Pelé.
El hombre de negro, que hace poco estaba arrojado en una lomita del parque, ahora incorporado, sintió unas súbitas ganas de beber de aquel estúpido que ahora desangraba lo poco que tenía de real en vida. Le pareció estar rodeado de un grupo de buenos Kamarades que le invitaban a saciar su mórbido apetito.
Al tiempo que el renovado hombre se saciaba de la sed del desgraciado, la oscura gitana daba consejo a los estupefactos muchachos de barriada de domingo. Al androide de gimnasio, que aún se creía invencible por la ridícula forma que le había dado a su cuerpo hora tras hora en un gimnasio de hedor inmundo de sudor imposible de borrar, que aún conservaba una risa de idiota, le dijo, como una buena mami:
- Con esa risita de superioridad idiota lo más fácil para ti debe ser obtener un premio de Literatura o Cine. Sí, eso se traduce a dinero en efectivo, sin sudor en la frente: todo el sudor que necesitas expulsar lo restringes al gimnasio: buena idea, buen material para tus ideas. Aunque hace años nadie hubiera dado un peso por alguien de peso, ahora las cosas se revierten a tu favor: la frivolidad y la estupidez deben llenar las hojas de gente que apenas se esfuerza en leer cosas no mayores de 120 páginas. Debes estar lo más cercano posible al espíritu del ejecutivo, lo más cercano a su humor para ser vendido como un intelectual de la época. Tan cercano que procures que lo lejos que aún mantienes con él sea visto como marginal y nadie note la hermandad secreta que habeís trazado con él. Porque sos una puta, tanto de cuerpo como de alma, no me llamas la atención y no me provoca tu sangre. Ve a reir al gimnasio o a los clubes que sos la risa que delata la ignorancia de tus lectores. Ellos ríen contigo, creyendo que se ríen de ti -y en parte lo hacen- porque se ríen de ellos mismos. Y todo es una risotada, un conducto espiral de la estupidez que se conoce categóricamente, determinísticamente.
Thursday, March 22, 2007
Sin morir
Dedicado a los sueños imposibles,
o sea, a ti, Kira.
o sea, a ti, Kira.
La historia que a mis padres les gusta contar, para abreviar, es que nací en un olvidado pueblo del Arauca, enfermé desde muy pequeño, estuve en innumerables tratamientos médicos y finalmente, terminamos llegando a Bogotá cuando yo contaba con 5 años. Antes de esa época realmente es poco lo que recuerdo. Pero las pocas cosas que recuerdo haber vivido contradicen radicalmente esta historia de mi propia vida.
No recuerdo nunca haber nacido y mucho menos como humano. En cambio, cuento con vagas visiones de esa época que me llegan por medio de sueños, flashes o delirios de fiebre. En estos extremos estados alcanzo a ver la figura de mi padre, un hombre bastante delgado, alto, un bigote rubio ceniciento, ojos grises y expresión severa. Él me recoge de una estación satelital. Recorremos juntos, de la mano, un aséptico corredor, tan blanco que enceguece. El hombre de seguridad le entrega lo que parecen ser unas llaves. Avanzamos callados una extensa avenida en medio de la noche. Había nacido.
Lo que en seguida se consideró sin mayor reparo como el curso de mi vida lo interpreto como la ardua tarea que llevó acomodarme a mi nueva condición. Por otra parte, nunca te has preguntado por qué la palabra "condición", con pocas modificaciones en su estructura, parece estar en el seno de la mayoría de idiomas del mundo? Si hubo una severa infección desde el principio es porque algo definitivamente no cuadraba en mi propio organismo. Y si lloraba a los 9 años, a la inescrupulosa luz nocturna del sanatorio respiratorio, con La isla del tesoro en mi regazo, rogando a Dios que me llevara por una buena vez y la enfermera no demoraba en volver para revisar la temperatura, era porque definitivamente algo no terminaba de cuadrar en mi propio organismo.
Y si demoré en aprender el habla y cuando la adopté la expresión se mofaba de mí y me violentaba como una perra dominatriz, era porque estaba mortalmente enfermo y la interrogación era el impulso básico de mi nueva condición humana.
Había escuchado decir que ellos vendrían por ti. Que ellos rastrean a los de su propia especie y es cuestión de tiempo para que te reclamen. La primera vez que presentí que algo extraño, pero a la vez terriblemente familiar, estaba realmente cerca fue en inmediaciones de la Zona Industrial en Bogotá, Colombia. Era un día espectacular, el cielo estaba totalmente despejado, el sol brillaba como un ano, la gente parecía ir y venir alegre. De repente sentí el hedor. Algo tan horroroso que te provocaba náuseas al instante. Pero lo resistí y empecé a sentirme mareado. El color de las cosas fue otro. La gente se veía tan horrible como en realidad era. Podías ver el grano que este adolescente había estado molestando, la cicatriz que aquella muchacha quería ocultar con un poco de polvos cosméticos, el pelo en la nariz que sobresalía del chacho de la oficina, el diente amarillo de la reluciente prepago que pasaba. Y tú empezabas a extrañar algo realmente sublime que te pudiera abrigar, más allá del hipócrita cielo capitalino, pero que podría esconderse en el subsuelo como un milagro en medio de la mierda. Y entonces viste tres espectros correr por el lado izquierdo, ir por el lado derecho, tan veloz que tu cuello no podía seguirlos. Hasta que sentiste el terror en todo el frente tuyo y dijiste: está es mamá. El resto que supiste es que te encontraron tirado en el césped, creyendo que estabas muerto. Dos ambulancias aparcadas y dos hombres tomando tu pulso.
Al otro día, la normalidad tímida que conoce el enfermo crónico. Al decir de los martasanos estabas perfecto. Pero yo sabía que había visto algo realmente cojonudo. Y me emocionaba sólo de pensar en qué podría ser. Le describí la visión a algunas personas un poco más abiertas a este tipo de experiencias y todos parecían querer creer pero al final siempre me decían: bueno, esas cosas suceden siempre antes de un desmayo. La única que pareció seguir en serio mi testimonio pareció ser la empleada de servicio que en ese entonces teníamos. Se llamaba Elsa.
Elsa en ese entonces vivía en una casa al sur en la vía al llano, en un típico barrio de invasión. Era una casa, según lo describía, con una estructura clásica del campo. Por este motivo, no era raro que el baño quedara fuera de la casa y tocara cruzar un poco de la loma para llegar a él. Tampoco es raro encontrar, en estas casas de la zona marginada de la ciudad, sólo una gran habitación para varias personas y cerca a ella, una pequeña salita, en la cual se encuentra la cocineta de gas y varias ollas. El caso es que Elsa dormía junto a su hermana. Una espesa noche de Mayo, la hermana de Elsa sintió unas ganas de ir al baño que le ganaban y por el temor obvio de atravezar parte de la loma sola llamó a Elsa que la acompañara. Elsa renegó un poco puesto que se encontraba en su quinto sueño pero finalmente fue tanta la insistencia de su hermana que se vio obligada a acompañarla. Cruzaron la lúgubre vegetación nocturna hasta llegar al baño. Elsa esperó a su hermana, evidentemente sin gusto alguno y aún renegando por la actitud canalla de la cagona de media noche. En esas se encontraba, cuando de repente pudo divisar algo que se movía cerca a los árboles que circundaban la humilde morada.
Cuenta que se quedó completamente paralizada. Fue en ese momento que pudo ver los dos monstruosos ojos. Comprendió, sin saber cómo, que se trataba de una mujer muy blanca, con ojos tan negros como los de cuervo y un cabello largo, lacio e igualmente negro. Pero Elsa se encontraba fija en los aterradores ojos de la aparición. Y en ese shock hipnótico divisó que se filtraba en medio de los ojos un horrendo dedo cadavérico, con una uña tan larga como de bestia, llamándola. Ella iba siguiendo la telepática orden, sin mover los píes, tan etérea como el sueño. A medida que se acercaba, el espectro parecía complacerse más. Fue tal el gusto de la aparición que no se molestó en mostrar los dos afilados dientes que escondía tras su macabra boca.
La hermana de Elsa, al salir del baño, encontró a su hermana yendo por la espesura de la noche a un lugar incierto, sin plena conciencia de ello. La llamó numerosas veces pero la mujer no parecía entender palabra. Así que fue hasta ella y la agarró de la palma de la mano. Notó que estaba helada. Vio en su rostro el letargo y le gritó. Apenas tomó conciencia Elsa. Estaba tan aletargada que tardó unos segundos en reconocer a su hermana. Y cuando reconoció a su hermana, y se enteró de la extraña situación, todo su cuerpo tomó conciencia del peligro y echo a correr hacia adentro con su hermana, sin dar explicación, sin emitir un sólo quejido, sólo echando a correr lo más rápido posible.
Pocos meses después del suceso en la Zona Industrial, encontré un tumulto extraño en medio del pecho. Empecé a espicharlo frente al espejo, tomándolo como una suerte de acné caprichoso que se había depositado en esta inusual zona. Salió algo realmente escabroso. Era un líquido amarillo, pérfido y putrefacto. No descansé hasta no ver que había salido por completo. Pero meses después el bulto aparecía y reaparecía. La última vez fui a ver al doctor, me lo extirpó él mismo y guardó la extraña sustancia en una muestra de tubo...
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