Sunday, July 13, 2008
friend of me
Ahora que los lazos se han roto completamente, a pesar de que las palabras se encuentran de vez en cuando, pero el lazo se haya podrido de tanto uso, del trajín de tantas manos puestas en este lazo, decido escribirte por este medio; pues tengo la seguridad de que sigues visitándolo así sea para confirmar que ya no escribo en él, o por morbosidad de que algún día como hoy pueda soltar mi mierda y decir: ahí está el maldecidor pintado; porque la sustancia no es cómo maldecirlo sino tal vez cómo lograr no decirlo en absoluto pero es un imposible ese silencio en él, eh. No parar de escribir y de expresar cosas aún cuando nada se exprese en absoluto en este influjo deseado habilitado en desarrollar un suprematismo absurdo en que el propio contenido niega el fondo o viceversa o no reversa o vista inversa o travestido verso o travesti versado o ni lo uno ni la posibilidad siquiera de lo otro así pues un jamás. Qué es eso que no quiero decirte? Con tanta claridad poder decirlo y tú conformemente cerrar tus ojos y responder un no como si habláramos un mismo idioma, como si nuestra carne fuera la misma y si nuestros ojos pudieran ver lo mismo y así entendernos y poder comunicarnos de una forma tan transparente como la leche de camella y de esta manera tú poder negarte a aquello que no sabes de mí pero que en la ilusión de unas palabras precisas no pensar otra cosa que tu deseo, no pensar otra cosa que tus manos estrujando mi cuello, no pensar otra cosa que tu soberanía sobre mi territorio, tu manera de torcerme el pescuezo y verme asifixiar en este amor tan inexpresable que ojos muertos se resisten a parar el llanto. Sé que eres una mujer muy lista. Tan inteligente que este país realmente no te merece. Mis problemas son nimiedades para una mujer tan interesante como tú. Con claridad contemplas lo primordial y sabes qué es lo secundario; de esta manera me estrujas y me tuerces el pene como si no tuviera memoria, como si se parara por su propia voluntad y mis ojos que lloran en mares ya no te importaran porque para ti es como si ya los hubieras visto. No sientes las lágrimas que caen sobre tus músculos rígidos mientras me aprietas el sexo con tu vulva caníbal, una vulva con dientes de animal que me destroza el sexo con la legitimidad del veredicto de que mi carne es de la misma materia que la tuya. Una vulva tan categórica no se merece a un sujeto tan escurridizo como yo; alguien que no tiene la decencia de decir las palabras que tiene en la punta de la lengua. Yo soy un sujeto tan puro y beato y tú eres una romana que se divierte mientras me devoran los leones o acaso el fuego de mi propia pasión. Porque sabes que nací para el sacrificio. Te diviertes mientras tu látigo de cuero lacera mi carne porque para ti es como si también se rompiera en jirones tu propia humanidad, tu propia compasión por la debilidad que es lo que más desprecia tu lúcido juicio en tu proceder con los otros -que de alguna manera se comprenden en tu ser natural-. Es imperdonable que pierdas un minuto de tu atención en cosas que no son de un interés primordial. El futuro que se proyecta en tus prematuros años es vasto y no merece desperdiciarse en un ser repulsivo que no dice, que no puede exclamar lo que se le ordena que vomite. De vuelta en el transmilenio de aquel día que te dije adiós sentí un estremezón de una naturaleza tan extraña que supuse que estaba enfermo. Esa noche me levantaron sueños terribles; la gente caía sobre los edificios; su grito aún al mediodía, ese grito que se quedó sellado en mi memoria. Supe que mis días en el planeta eran cortos y supe que nuestra carne era de una materia tan distinta que todas nuestras oraciones no habían sido sino malentendidos. Es la hora en que los terribles sueños aún siguen perturbando, como una ventisca de invierno para recuperar el verano en que tu cuerpo me es necesario como expuesto a una infinita jornada en el desierto y tú un espejismo que me obliga en su ilusión de negar la existencia de todo posible desierto en mi corazón y la carencia de sombra ante este sol que petrifica toda palabra posible. Por qué el todopoderoso nos creó del lodo y no de la arena, simple arena? Así me desmoronaría y la marea lamería mis dolores arrastrando hacia el olvido toda la pena que me posee y me estremece, como invadido por extrañas intuiciones de otras posibilidades expresadas en el jamás. Si lo digo sería tan banal su traducción en tu maduro cerebro que sentirías lástima de mí al no poder confesarlo. Pero me abstengo de su revelación no sólo por no sentir tu pena sino porque soy incapaz de alguna vez ponerlo en palabras humanas que tú pudieras entender fuera de ti misma; es decir, palabras que no pudieras comprender sino siendo otra. El beso de la mortalidad ante el infinito de un azul celeste que nos contempla sin reparo en una misma condescendencia despectiva. Cuentos, historias, fábulas, mitos y leyendas. Duerme de esta manera. Que no te asalte un sueño que no sea una ficción intencional. Crees que nunca me perdiste porque de alguna manera aquí sigo. No trato de hacerte ver las cosas mejor de lo que tú puedes, nadie podría; tocaría hacerte ver las cosas de la peor manera para que pudieras imaginar el cómo se resiente mi cerebro al escuchar tu voz diciendo que tienes una mejor vida. No me perdiste, como siempre tienes la Razón; recuerdo cómo reíste ante la anécdota que te conté de la mayoría de niños que se despedían de sus heces fecales cuando bajaban la cisterna.
Sunday, June 15, 2008
luz baja
Tuesday, June 10, 2008
Les bourgeois de Calais

Les Bourgeois de Calais fue un monumento encargado a Auguste Rodin con el fin de homenajear un sentido específico de patria y grandeza en nombre de los seis mártires de Calais que se ofrecieron de voluntarios al monarca de Inglaterra Eduardo III para liberar del sitiamiento inglés al importante puerto francés.

Rodin se desprende de los ideales de nación y valores patrios que demandaban el monumento para retomar el tema desde el punto de vista humano; humano entendido como las posibilidades plásticas del carácter que moldea la carne en un momento histórico determinado. La potencialidad de llegar a traducir el alma de un hombre en cada linea acentuada de un músculo, en los contornos de la cara, en el gesto mismo del instante en que el hombre alcanza su plena realización en una épica de los cuerpos que se debaten entre la mezquindad de las circunstancias y la contención de la grandeza del espíritu.
El arte debe velar por el alma humana, por su salvación. No sirve a patriotismos ni a valores de la época. No sirve al egoísmo del artista y sí a la grandeza de su realización como instrumento de una voz que busca su expresión en el silencio de los gestos.
Les bourgeois de Calais es una serie infinita de reproducciones y representaciones de un instante de entrega, de amor por el otro y de sumisión a las fuerzas de mal; momento espectacular protagonizado por los líderes más valiosos de una comunidad en un momento crucial en que el pueblo se consumía en la enfermedad y el hambre. Desnudos, humillados, a cuestas con herrajes vulgares que les mancillaban su nombre, en forma de burla atados de las manos con las llaves de la ciudad.
Rodin no representó la grandeza de una nación, ni de los valores franceses ni su espíritu noble. Vemos el drama de una rendición, de un agachar la cabeza para la supervivencia de un pueblo, de un sentido valeroso y heroíco que aún perduraba en el corazón de los hombres. Nos recuerda y nos escupe a la cara, a nosotros que nos vestimos y nos pretendemos erigir aún cuando nuestro honor no valga un centavo, que en el mundo hubo un tiempo en que existían hombres, valerosos líderes que generosos de corazón morían por el destino de sus pueblos: los mártires; los burgueses que se han desprendido de todas sus comodidades para rebajarse, reducirse, experimentar algo peor que la pobreza que es la humillación y sin embargo, en sus rostros aún perduraba la nobleza, la riqueza de su carácter, la fuerza y el valor de su personalidad.
Monday, June 02, 2008
just breathe
Mente y cuerpo están desconectados. Qué es lo que quiere el espíritu es tan distinto al cuerpo. El cuerpo calla mientras lo otro se permite grandes vuelos a expensas de lo desconocido; va volando por las colinas y vuelas sobre las noches en que los niños tímidos se acuclillan sobre su propio calor en las rodillas porque el frío ya no permite otro plazo y nuestras alas arriba bajo el tibio suspenso de la luna. La realidad inflama de estar enferma. En la clínica muy puntual. Una niña con labio leporino asiste también a esta hora. La veo y la compadezco por el dolor que va a tener que soportar. He leído que la gente que sufre de labio leporino por lo general padece retraso mental. No creo que el universo sea universal. Finalmente entre más conocemos más nos damos cuenta de nuestra ignorancia absoluta. Qué tópico suena esto. No creo que la niña tenga retraso mental, actúa como cualquier niña de su edad, tal vez un poco albiriscada para la situación en que se encuentra, la misma que yo, a unos pocos minutos de someterse a una complicada cirugía, pero la niña debe aguardar mucha esperanza y felicidad de su intervención, por ello tal vez su comportamiento agitado. Su comportamiento agitado consiste en levantarse del puesto e ir y venir de un lado para otro de la sala, mirar descomplicadamente los muñecos en la televisión, hablar con su padre por el celular y decirle que quiere verlo antes de que se vaya. Yo trato de fijarme en el televisor pero no puedo. La doctora llega y yo me levanto a saludarla. Le quiero pasar un papel pero este se desliza de mi mano cayendo al suelo. Lo recojo. Es obvio, estoy nervioso. Ella, por un minuto, mientras mi madre habla, se queda viéndome fijamente, como si se preguntara si este muchacho con vida sería su mesa de operación en la que efectuaría los cortes acostumbrados. Por lo general a los doctores y médicos les resulta más fácil concebirte como un material óptimo de trabajo que una persona con una vida externa, es decir, una vida distinta al cuerpo, que se mueve por el mundo, sueña y ambiciona como todas, tiene relaciones sociales y desempeña una función en la sociedad. No sé si yo desempeñe una función en la sociedad, el caso es que para la doctora soy su paciente. Para mi hija soy su padre. En fin. Me demoran un rato en trámites médico burocráticos. Estoy harto de ellos. Toda la semana he estado lidiando con este tipo de vueltas. Así que acá estoy. A pocos pasos de la sala de cirugía, repitiendo mi cédula de ciudadanía, llenando formas, que nadie va a responder por mi vida en caso de... que es voluntario en caso de... Finalmente el sensato de la sala dice por qué no que sus padres se hagan cargo de ese papeleo y él vaya pasando. Me pasan a la clásica salita en la que te desnudas y te pones una bata. Complacido veo que ahora las batas para los pacientes no tienen esa horrible abertura que te deja con el culo al aire. Para rematar de lo bueno ahora te dan una especie de pantaloneta con la que te aseguran que nadie se fijara en tu culo mientras te anestesian. También me dan una especie de chancletas a las que no les encuentro el derecho. Inmediatamente me pasan a la sala de cirugía. Me acuestan en la camilla escritorio; la doctora ya ha instalado los tacs y radiografías, los estudia. Las enfermeras hacen su labor y yo sólo las observo. Les molesta que las observe, lo sé. Me preparo para todo el dolor posible; sé que el cuerpo en condiciones normales no conoce la palabra insoportable porque lo insoportable está por encima del umbral de la vida. En un brazo me toman la presión arterial. En el otro se detienen un rato. "Es todo el dolor que te provocaremos" Dicen en forma de chiste, trato de reir. Es una aguja. En una época las agujas me parecían juego de niños. Recuerdo la segunda operación a la que me sometí; mi vena ya cansada de exámenes médicos se resistía a ser agujereada de nuevo, tomaron tres intentos para por fin "agarrarla", puesto que ella parecía un niño travieso que juega a la hora de la seriedad. Yo también reía y me hacía gracia la vena; la anestesióloga, una mujer madura muy guapa, me pedía una y otra vez perdón, yo le insistía: trate de nuevo doc, ella se tiene que dejar. Al tercer intento, bastante doloroso, por fin la vena cedió. Ahora las agujas me provocan espanto. Veo el catéter que insertarán y me parece del tamaño de un camión. Trato de no detenerme en él pero no puedo dejar de fijar la mirada. Penetran la aguja con precisión y suelto un pequeño grito que me indigna, pues no solía quejarme por estas cosas. Ahora conectan una rudimentaria máquina al lado de donde me conectaron al suero. Me fascina lo básico de su funcionamiento a base de perillas y puntillas. Quisiera poder manejar una de ellas. Encima ponen una gran bandeja que parece tan pesada que la máquina no pudiera sostenerla. La doctora le brinda las instrucciones a su ayudante. En ese momento llega otra persona a la que no he visto, habla con las enfermeras, dice que es practicante, algo así, viene del San Ignacio y la enfermera que ha estado conmigo le da la bienvenida de una manera cordial. Todo el ambiente en la sala es cordial y amable, me agrada, me siento a gusto. La enfermera entonces me coloca una mascarilla, me dice que inhale, es sólo oxígeno, me doy cuenta de cuando cambian al módulo de anestesia y pienso joder no tan rápido me cogerán y ya voy contando dos y el blanco...
Cuál es esta horrible música que tienen encendida? En algún lado, a un volumen insoportable, suenan pitos y ritmos embrutecedores, bestiales. Llegan de un lugar muy cercano, ahora lo siento en toda mi oreja, no puedo separarme de este ritmo absurdo. Es una música vulgar y grosera. Qué es lo que tengo cerca a mi cuerpo? Por qué estoy todo mojado? Debo estar en un ambiente húmedo y frío. Todo es blanco. En qué horrible isla me hallo?
Abro los ojos y encuentro que he salido de la operación. Tal y como lo imaginaba. Sin embargo nada es tal y como lo imaginaba. Es como si me hubieran extractado de otra dimensión. En esta los colores, las personas, las cosas han sido levemente modificadas para que no se note el plagio. Todo es radicalmente distinto bajo su apariencia de normalidad pero se trata de una realidad más agresiva, más pálida y seca. Recuerdo la primera vez que me operaron. Siempre el despertar ha sido lo horrible. Un largo tubo me rasgó la traquea. Me encontraba en una bonita habitación, mis padres allí, todos dándome consuelo, ya estaba despierto, ya todo estaba bien y sin embargo mi tráquea estaba destrozada. Me recomendaron tratar de sentarme para ver cómo reaccionaba. Me llevaron un jugo y en seguida lo vomité completamente. Un dolor terrible en todo el centro de la garganta me hacía imposible creer que todo estaba bien. La segunda vez, una operación más complicada, estaba más irascible y menos tolerante. La historia clínica estaba descaradamente sobre mis piernas. Nunca he tolerado ese gesto tan peyorativo de los doctores de instalarte junto a tu historia clínica como si fueras un escritorio más en el que apoyar las cosas. Estaba nervioso, tiré la historía médica lejos con mis piernas y hacía todo lo posible por llamar la atención de las enfermeras. En ese mismo momento acababa de llegar una niña por urgencias victima de una bala perdida en el centro de la ciudad. Veía con odio a las monjas y enfermeras. Ellas trataban de sacar todo el provecho de la fortuita tragedia y especulaban al respecto; incluso decían que se trataba de la hija de un trabajador de la clínica. Toda esta experiencia me conmocionó mucho y fue lo primero que dije cuando finalmente se me libró de los grandes ganchos que sostenían mis dientes y me impidieron el habla a lo largo de una semana.
Le dije a la enfermera sobre el agua en mi cuerpo. En efecto, se estaba regando del catéter el suero. Ellas me explicaron que eso sucedía cuando se pinchaba el catéter para aplicar medicamentos. En mi cara tenía aún la máscara de oxígeno y aunque al principio me molestó al poco tiempo estaba bastante acostumbrado a ella y me di cuenta que podía respirar por la nariz cosa que me alivió. Le pregunté a la enfermera si me veía muy hinchado y le pedí inmediatamente paños de hielo. No me llevó los paños hasta que no le preguntó a la doctora y ella me dio la razón. La doctora entonces empezó a hablar de cuentas conmigo en ese estado, yo bastante molesto le dije que evidentemente no se podía entender conmigo dadas mis circunstancias, que hablara con mis padres. Me hizo quitar la máscara y empecé a sufrir porque el aire no fluía de la misma manera. Me tuvieron en sala de operación más de las dos horas programadas sin ningún motivo por ello; yo sabía que me estaban reteniendo sin necesidad, sin embargo traté de no ser molesto y sólo veía con ojos de aburrido a la enfermera mientras hablaba de sus cosas con una amiga. Finalmente me pasaron a una pequeña sala de recepción donde debía verme con mis familiares. Mi madre pasó y me observó, yo ya estaba estable y no tenía de qué quejarme. La monja le dijo a mi madre que probáramos un líquido para ver cómo lo asimilaba. Ella fue hasta la tienda de la clínica y me llevó un jugo de manzana que tomé rápidamente, pues estaba sediente y sentía el cuerpo en perfecto estado así que no tuvimos problema. Estuve otras dos horas en esta sala mientras mi madre hacía las vueltas para darme salida. En estas dos horas fue poco lo que hablé y no fue sino hasta el final cuando logré atrapar la atención de la monja enfermera, ya envejecida, al confesarle que me hubiera gustado llevar una vida religiosa, fuera de preocupaciones mundanas. Una vez terminados todos los trámites, la despedida fue rápida y poco espectacular. En la sala de espera de cirugía ambulatoria otros familiares de otros pacientes fijaron su atención en aquel muchacho que salía en silla de ruedas, pero yo traté de esquivar sus miradas. Desde aquel momento hasta la presente he llevado una buena recuperación. Ayer me quitaron unos tapones y una placa que tenía en la nariz lo que ha permitido que pueda mejorar mi respiración. Aún me cuesta pero es cuestión de días para que de nuevo me encuentre respirando mejor que nunca. Un tío alguna vez me dijo: quién no controla su respiración no es capaz de controlar ni su propia vida. Había sabiduría en estas palabras tan elementales y desde ese instante, en mi adolescencia, soñé con el día en que pudiera controlar la respiración, algo que desde muy niño perdí debido al asma. Ahora aspiro poder practicar el método que enseña Antonin Artaud de respiración teatral para alcanzar un nivel de plenitud metafísica elevada.
Wednesday, May 28, 2008
Fronteras
Friday, May 23, 2008
si el universo se expande por qué no ha de ensancharse mi pecho y mi corazón?
Wednesday, May 14, 2008
hija, acaso le metiste un poco de heroína a mi marihuana?
Voy manejando por la carretera vacía que bordea la ciudad. El cielo empieza a adquirir ese tono azuloso oscuro que anuncia un amanecer soleado y benigno en todo caso. La estrella de la mañana ya hace su magistral aparición, justo en el campo de visión al cielo que me permite el marco del vehículo. Atrás está Karlo durmiendo la borrachera pero yo siento deseos de tomar otra cerveza. En el discman del carro suena shadow of the sun de audioslave. Canto de vez en cuando: i can tell you why people die alone!! pegándole al volante con una furia disparada. Mi deseo añora esas escenas de película americana en que una bella autostopista hippie detiene el carro y dice algo como echa a volar la fiesta maestre. Nos detendríamos un instante, justo en medio del desierto de Los Ángeles, yo la besaría apasionadamente, el frío de la mañana cada vez se aplacaría con el incesante rayo del sol, le levantaría su vestido de verano y le metería mi verga a su ardiente coño. Los dos sudaríamos como animales hermosos del primer día de creación. Su aliento sería puro lsd y sus gafas estarían estampadas de motivos de blotter art. Yo mordería una cañita mientras la penetro con rabia por no ser el hombre que está haciendo el amor con ella sino ser el universal del fiestero recoge bellas autostopistas. En este instante dejaría de ser yo para interpretar obediente mi papel de gigoló precario e insuficiente; en este instante vuelvo al coche, vuelvo a la canción de audioslave, se difumina el último astro y el sol es indiferente a la ventisca que arrecian las montañas. De repente es como si sintiera que ya no puedo ser feliz de ninguna manera. Ningún sueño me alcanza como sosiego. Revuelvo entre la basura del carro con la esperanza de encontrar un cigarro medianamente fumable pero sólo logro ensuciarme de sustancias viscosas los dedos. Allí en la esquina va un hombre cargando a caballo a su hijo más pequeño, agarrando de la mano a otro niño y seguido de una mujer gorda de pasos fatigados. Al ver la miserable marcha pienso en procesos biológicos, pienso en penetraciones, en semen, en manchas de excremento. Pienso en lo triste que es el sexo cuando ya no hay esperanzas, cuando sólo un espacio corporal puede cobijar toda la tristeza de un hombre. Luego el vientre se hincha y todo es una desgracia con el hijo. Y cuando muere el hijo no hay sensación más absoluta de tristeza y desamparo, porque entonces este mundo se devora el rezago de inocencia que surge de su callado palpitar de corazón. La vida de los pobres es una noche que asciende detrás de mi cráneo que quiere sedarse ante su amenaza pero ya siente su sombra en las hundidas ojeras. Entiendes que nadie está a salvo de la miseria y que la miseria es omnipotente, que te cierra la boca en el momento en que más hambre aguantas y estás solo entre una estampida de vidas apresuradas e indiferentes. Algún mediodía nos sentaremos en el césped, indiferentes como todos, mientras los carros nos envenenan con su brisa, y compartiremos el poco pan y el refrescante jugo, miraremos al horizonte como todos y nos sentiremos felices con lo nada que tenemos en el universo, sin importar ya nada sino estar juntos y respaldados, sentir la fuerza del amor en la cercanía del otro y no nos detendremos a pensar ni a mirarnos muy de cerca como no miraremos muy de cerca al otro que causamos asco, soltaremos una risa justa y el mundo será nosotros.
Thursday, May 08, 2008
que los cumplas muy feliz
O sea tenía que salir
con los bolsillos llenos de lugares comunes
tangos en estado de merecer
por ejemplo un chamuyo misterioso me
acorrala el corazón
por ejemplo pensé en no verte y temblé
por ejemplo fuiste papusa del fango
por ejemplo siento angustias en mi pecho
por ejemplo alma otaria que hay en mí
por ejemplo el amor escondido en un portón
por ejemplo su lento caracol de sueño
por ejemplo no hay luz en mis ojos
por ejemplo paseo mi tristeza
por ejemplo quería besar tus manos
por ejemplo ya me voy y me resigno
pero a los quince años los tangos suenan como
lejanos bombardeos
como ráfagas que hieren siempre a otros
como fuelles que avivan la hoguera del vecino
nunca como el contrabando de nuestra dulce
infamia
como la pústula de ternura que nos afecta
hasta la raíz del pelo
como nuestra vergüenza a la intemperie
a mis quince años de las once y cinco
los tangos no se apoyan en mis huesos
sino en la gran claraboya del mundo
y eso
está alto
y sobre todo lejos
el cielo llueve con todos sus bandoneones
pero hasta que la gran claraboya no se abra
su aguacero de bochorno no empapará mi rostro
no tomará el aspecto de mis lágrimas
esto es pulpa de tango y el resto verdurita
en vista de lo cual decido irme a lo del viejo
baldomero
a su altillo de pulida miseria
baldomero es un fantasma remendón
tan flaco que el viento le silba en las mandíbulas
a su lado tiene un balde rigurosamente oxidado
donde extrae clavitos que muerde y saborea
baldomero es por sí solo una hazaña
alguien que esperó en vano a goya o modigliani
sabía que ibas a venir dice mirándome por
sobre la media suela clavada y el taco de goma
lo sabía porque sos normalmente egocéntrico
tenés tu autoculto de la personalidad
cumplís quince y querés de algún modo
calibrar el eco de tan gloriosa celebración
pero a mí no me molesta
al contrario me entusiasma verte tan cándido
en tu orgullo sin trastienda
tan lleno de signos y de auspicios
de vastos presagios es decir de fatigas
botija no sé en realidad qué decirte
quince años es una edad linda para no morirse
claro no me refiero a esa poca muerte que
reclama pésames y puteadas
más bien quiero decir que es una edad linda
para no morir de rutina de orden
incurable e infeccioso
para no morir de certificados
de disculpas
de prudencia
de tendríamos que
y sin embargo no sé qué decirte
no creas que me callo sólo porque aprieto estos
clavitos con los labios
en realidad no sé qué decirte porque ninguna
lección sirve
hoy tenés una mirada dulce esplendorosa
y mañana o pasado no te reconocerás de tan
amargo
hoy mirás a las muchachas de la lluvia
las muchachas del sol
y tu primera taquicardia de homenaje te deja
débil con las cejas en alto y una nostalgia
que empieza en los riñones
tu suerte y tu desgracia
es que podés empezar a comparar
digamos el contrabando de emociones que
aparece algunas tardes en la mirada
negra de tu viejo
o la perplejidad con que tu madre todavía hoy
mueve las manos sin anillos
o el conmovedor sortilegio con que tu hermana
ablanda tus durísimos reposos
o la vacación que se toma tu abuelo cuando
cuelga la escafandra en el ropero
o la rompiente soledad de tu abuela cuando
moja el pan en nuestro vino tinto
o la solidaria ira con que el primer amigo te
embauca honestamente
con qué
compararlos con qué
acaso con la miseria remolona que una vez
viste desde la ventanilla del 126
con el descalzo invierno de los pibes que te
examinan con truculencia como si fueras
el apolo doce o la aurora boreal
con los primos de la sirvienta que se
masturban frente al televisor
con el tío estudiante que en horas de disección
pone un cigarrillo en los labios ceniceros
del muerto
(...)
compararlos con qué
con las floraciones y los escollos
y los secretos y los raptos y las indigencias
ejemplares
con el bochorno y el espanto que infectan
diariamente las noticias
con el aprendizaje de la crueldad
con los testigos del aprendizaje
eh compararlos con qué
es horrible el horror
pero qué cierto
mientras termino esta media suela
andá vaciando tus bolsillos
de boletos y pétalos y contraseñas
de diamantes de vidrio
de tus oros de lata
convencete botija
se te acabó la única vacación que nos otorgan
vaciá de una vez los bolsillos
vacialos de esos salmos a nadie
de esas mentiras de colores
llegó la hora de la desmemoria
la hora de hacerte la decisiva morisqueta frente
al espejo roto
ya sé
todavía la infancia anda remolineando por tus
bronquios tus encías tu páncreas tus rodillas
no se decide a abandonarte así no más
vos mismo sentís que tu estatura te queda
grande como un capote de la guerra del
catorce
cuando nadie te ve te aferrás al meccano y al
yoyó como si los desdichados juguetes
pudieran salvarte
este presente brusco te tomó evidentemente de
sorpresa
no estabas preparado para el mal aliento ni
para tu primera erección ni para el
epiléptico que viste derrumbarse
sin embargo eso es bueno
es decir necesario
mirá los remendones como yo tenemos tiempo
de pensar entre taco y taco
lo importante es que adviertas que el mundo es
jodida pero remediablemente injusto
lo importante es no rezar líbranos de todo mal
nadie se libra
por lo menos nadie se libra matriculándose en
humanidades
ni tomando diurético los lunes
ni mudándose al camposanto
ni aprendiendo alquimia por correspondencia
ni abriendo en sueños las dóciles piernas de
miss universo
ni escribiendo una oda sobre kennedy u otros
cabrones igualmente simpáticos
ni regando los cardos con ternura
ni congraciándose con los psicodélicos
ni vacunándose contra la polio
ni fornicando un sábado de gloria
no hay posible exorcismo
nadie se libra
la única fórmula es asumir el mal
digerir el mal
y hasta ayudarlo con un buen laxante
las brujas de salem como es obvio
son un caso de estreñimiento colectivo
me voy baldomero digo
no te olvides grita todavía
este mundo es injusto
tate tranqui viejo no me olvido
catarsis sí estreñimiento no
Mario Benedetti. El cumpleaños de Juan Ángel.
Monday, May 05, 2008
heaven scent
Hoy le dije que estaba muy triste. Muy putamente triste. Que sufría de una enfermedad llamada depresión y que era natural que estuviera tan triste. Pero tenía esas arrugas en la frente que no se me hacían, ese entrecejo tan contraído, y ella decía que me veía normal. Debo ser un animal para no llorar. O no debo amar para no llorar. Y sin embargo amo mucho. Amo todo. Amo el lugar modesto que se ocupa en el universo y sé que yo no soy de esta tierra, sino de un planeta ajeno, él me lo ha dicho y a él le creo. Alguna gente ha usurpado nuestras conversaciones y no ha entendido nada. Estoy tan ebrio que ya nada importa y sin embargo esta tristeza es arrasadora y me dirige a una niebla infinita en la cual me pierdo.
Tuesday, April 29, 2008
Kerberos Monogatari
Sunday, April 20, 2008
(untitled)
Al otro lado de la mesa el hombre con turbante me dice que está llorando. Yo tomo mi malta con pitillo y trato de imaginar su contorno. Me levanto de la mesa. Cuando vuelvo el hombre con turbante sigue al frente mío. Mientras yo tomo mi malta, sorbiendo con el pitillo, el extraño confiesa estar llorando. Él está llorando, pero no veo su contorno. Cuánto tiempo llevamos sentados y no nos reconocemos. Sólo pronósticos terribles. Este hombre incita a seguir sus lágrimas aún cuando no se sepa nada sobre él. Repentinamente ambos estamos llorando. De repente siempre estuve solo. Al frente de mi mesa hay un espejo y mi imposibilidad de reconocerme en este mar de lágrimas. Mis manos sobre el calor de mi rostro ardiendo. De repente nunca ha habido nada. Todo se fue para la mierda. Todo cumplió su silenta lenta trayectoria desde el final hasta el olvido. En un café internet, él me dice que está llorando. Yo aparento sorber una malta pero aparento existir aparte. Lo recreo con un turbante, porque su tristeza insola y es árida. Provoca el último esfuerzo de lagrimeo en los ojos para aclarar la vista y ver que al frente no queda nada.
Ella está fumando un cigarrillo mientras lo espera a él. Él es alto, delgado y jorobado. Ella pasea por el supermercado mientras él llega. Ella mira a través de los estantes. Mira la fruta. Mira los granos. Mira los paquetes. Todo está empaquetado. A veces, piensa, no sientes que te has pasado de la raya? Es como si se hubieran sobrepasado los límites, entonces en realidad no somos libres de la manera en que pretendemos serlo. He sobreactuado mi vida, piensa ella, que ya no fuma desde que ha entrado al supermercado. Los productos están bañados en luz aséptica que diseñan un espacio interior propio con una visión particular de la vida y los alimentos. Ella tiene náuseas a pesar de no haber probado bocado en dos días. Si hubiera comido estaría vomitando por lo menos. Pero sencillamente no hay necesidad de comer. Como si el cuerpo ya no se esforzara por aplazar lo inevitable. Se sienta en una silla del improvisado café al interior del supermercado y se deja sumergir en la marea de un repentino sueño. Él nunca llega. Ella mira el reloj y sabe que no llegará. Más de dos horas han pasado desde lo acordado. Quiere llamarlo al celular pero sabe que es inútil. Sale a la terraza del supermercado y enciende un cigarrillo. Siente frío y cansancio.
Thursday, April 17, 2008
Walking Wounded
Esta canción posee una tristeza despedazante que siempre logra quebrarme.
Una escena de la película del año 1999, Splendor de Gregg Araki, ella acepta la invitación de su amigo intelectual a tomar unas copas en un bar. La música de fondo: Before today mezclado por Chicane.

Splendor de 1999 logra rescatar esas inquietudes elementales de confusión de nuestra generación: los problemas de relación, la idealización de la pareja, la imposibilidad de amar a una sola persona que satisfaga todas nuestras expectativas. No trato de... entienden... de sublimar una película y decir que Araki sea el Godard actual, porque es falso. Existen películas para la posteridad, pero también existen películas que de alguna manera responden a unas inquietudes propias generacionales. Pueden ser una soberana mierda, pero vaya... Por ejemplo, vean El Calentito y entiendan por qué no estamos en el 2008 sino que vivimos en 1981.
Clearwater, Florida.
Amanezco con unas ganas irresistibles de emborracharme, como siempre. Mientras los demás compañeros de casa tratan de improvisar sus desayunos medianamente comestibles, yo agarro los pequeños bafles de Andrea y los conecto a mi Walkman. Abro la primera lata de cerveza. Al frente mío está una muchacha americana de 18 años algo entrada en carnes. Está tirada en el sofá donde anoche se la comió un muchacho colombiano bastante prepotente. Hoy ha salido temprano a trabajar. Yo creo que estoy en la casa porque ya me han echado del trabajo. Ella me dice si puedo darle un poco de mi cerveza. Le doy una lata nueva. Me pregunta qué es lo que suena. Le digo que EBTG. He puesto el Walking Wounded. La primera canción del álbum es Before Today. Me dice que es bastante deprimente. Le contesto que me gusta. Ella dice que hoy ha amanecido deprimida. Nos terminamos nuestra primera cerveza del día. Aún no son las 8 de la mañana. No hemos comido nada y no lo haremos sino dos horas más tarde. Nos concentramos en nuestras latas; a veces trato de cabecear con el ritmo y ella permanece con la sábana sobre sus piernas.
Walking Wounded:
Así pues ¿recuerda algo el cuerpo? Una invasión, destrucción y trauma semejantes -cortar, coser, sangrar- han de dejar forzosamente una huella. Muchas de las terapias alternativas y los métodos holísticos trabajan sobre la base de que el cuerpo recuerda. Sostienen que el cuerpo no olvida nunca un parto difícil o un hueso fracturado de mala manera. La tensión y el estrés pueden tener su origen en tales incidentes, mientras el cuerpo lucha por protegerse, y puede a su vez manifestarse externamente en forma de disgusto y desasosiego. Pero cuando ahora me lamento, me parece que solo lo hago por una sensación general de pérdida y de cambio que rodea gran parte de mi presente y de mis perspectivas de futuro así como de mi pasado. A veces quisiera que fuera algo más concreto, algún hecho difícil en el que concentrarme a fin de exorcizarlo: un momento particularmente duro en el quirófano, la laboriosa resección, unos instantes de peligro, una incisión crucial, el tacto del tejido muerto y enmarañado. ¿Son capaces de borrarlo todo las anestesias?
BEN WATT. Paciente. La verdadera historia de una enfermedad poco común.
En el escenario veo a Tracey Thorn cantando con una voz preciosa; su esposo Ben Watt detrás de los teclados, arreglando y orquestando la música para la voz de su compañera de vida. No veo un grupo de trabajo. No veo un esposo y una esposa. No veo una pareja de extravagantes rockeros viviendo en la ola de las drogas y el desenfreno. Veo una comunicación, una armonía, una expresión que se siente en su música y que va más allá de ellos.
Tracey estaba sentada junto a mi cama, leyendo. Me sostenía la mano, soltándome momentáneamente cada dos minutos para pasar la página y volviéndomela a coger, hasta que la sentía fría y volvía a deslizarla por debajo de las mantas.
No quería pensar en qué nos estábamos convirtiendo, o si todavía éramos los mismos. Todo estaba en un presente claramente enfocado. No había un pasado que yo pudiera reconocer o con el que quisiera hacer comparaciones. Tampoco un futuro. Veía una imagen repetida de ella caminando sola por el Embankment, pasando solo para hacer tiempo, el pie derecho sin apenas saber lo que hacía el izquierdo, y eso me dejaba sin habla. Permanecimos muchas horas en silencio, como si nos dijéramos en clave: Lo sé. Lo sé. Más tarde. Más tarde.
Pienso en todo lo que se pudo ser y no fue. Me duele el alma. Por qué está canción me hace llorar? Before Today. I don`t want your history, I don't want that Stuff, I want you to shut your mouth, that would be enough, I don't care if you been here before, you don't understand, tonight I feel above the law and I'm coming into land.
Las cosas en pareja no pueden darse siempre sobre la base de los ideales y de las cosas perfectas. Detesto terminar con una puta moraleja; pero el amor se prueba en los momentos duros, respetando la esencia del otro, los sueños, las ambiciones.
Tuesday, April 08, 2008
Viernes Santo
La noche anterior, luego de que mi tío se fuera, nos quedamos con mi tía N y mi primo Fe afuera de la casa, contemplando los jovencitos que se detenían en la discoteca del frente, las calles vacías, las estrellas y la poca gente que salía de misa de última cena. Al lado, la señora de las empanadas alistaba las últimas cosas para cerrar su carrito e irse con él y su hija de regreso a la casa. En diciembre esta misma señora fue la feliz ganadora del sorteo que rifaba una moto. Recuerdo que en la casa todos compartimos esta noticia del premio como si se tratara de un justo reconocimiento a la dedicación y perseverancia de la labor de la humilde señora. La señora pronto vendió la moto, me contó mi tía.
Al haber terminado la jornada, la señora de las empanadas decidió admirar un poco también ella la noche y nos invitó a tomar asiento. Mi tía se sentó en una de las sillas rimax roja, mi primo se sentó al lado en otra silla igual, la hija de la señora se acomodó en su cicla y yo me sentaba a veces en el andén cuando no era perturbado por los mosquitos.
Le comenté a la señora mi determinación de participar en la peregrinación a la montaña con que el pueblo celebra la viacrucis, lo que propició una conversación sobre las religiones y sus costumbres que se alargó incluso cuando volvió mi primo Da de casa de su novia. Mi tía, que se convirtió al cristianismo hace algunos años, hacía mofa de los rituales católicos y comentaba con desparpajo la vez que decidió participar en la caminata, la primera vez que se hizo en el pueblo, hace como 5 años aproximadamente. Me producía placer escuchar la manera en que tomaba detalle del acontecimiento, con mordacidad y viveza. Me dibujó con sus palabras un pueblo exhausto al final del camino, que se caía en el ascenso a la montaña, niños vomitando por doquier, ella misma detenida en la mitad del tramo sin más aliento incapaz llegar al destino, hombres borrachos y un espíritu colectivo festivo más propio de la camadarería que de la devoción.
Después de que los devotos salieran de la misa de jueves santo, con sus ánimos serenos, mi primo Da contó que lo malo de los católicos era que tuvieran misas tan aburridas, no como los cuadrángulares que bailaban y los pastores gritaban para despertarlo a uno. Mi tía dijo que era la manera correcta de alabar a cristo puesto que en la biblia se exhortaba a celebrar con maracas y tambores su nombre. Luego de un rato le reprochó a mi primo Da que fuera tan católico, tal vez de manera inconciente, pero claramente católico.
Las calles del pueblo quedaron de nuevo desocupadas y mi primo Da dijo que el pueblo estaba vacío. Mi primo se encontraba estudiando derecho en Bogotá y a veces me aterraba verlo de lejos y reconocer en él un futuro abogado. Ya había sentido esta soledad del pueblo en diciembre cuando vine con K. Para empeorar las cosas el ejército había decidido instalar un cordón de seguridad en todo el centro del pueblo lo que creaba un gran vacío en todo el corazón de S. Pero a veces me preguntaba si era verdad que el pueblo estaba vacío o si siempre había sido de esa manera.
Recuerdo mi infancia en S. Uno de mis recuerdos de infancia me transporta al parque. Una navidad. Mi padre me llevaba de la mano en una calurosa noche de diciembre, mostrándome las bonitas luces rojas y la decoración. El parque relucía como el más hermoso de la tierra. Los niños jugaban a los vaqueros entre las matas de bambús, los vendedores se juntaban en la esquina con sus máquinas de hacer raspados y los hombres iban y venían resfrecándose en la brisa exquisita del piedemonte llanero. Al final del parque nos encontramos con mi tío materno T y su hijo L. Mi padre se detuvo a conversar largamente con mi tío T y yo miraba fijamente a su hijo, al frente, que como yo estaba agarrado de la mano de su padre. Luego seguimos nuestro trayecto y es todo lo que recuerdo. Con los años unos hombres encapuchados masacraron a mi tío al frente de su casa, seguramente en presencia de sus hijos. Los criminales necesitaron hacer varios disparos a quemarropa y cargar varios fusiles para aniquilar a este sencillo hombre que vivía en el taller de carros con su mujer y sus dos hijos. Mi madre me contaba que era uno de los hombres más corajudos de su época. Uno de los primeros hombres que ella vió matar fue de la mano de su hermano.
A pesar de las figuras que tengo de mi temprana infancia el pueblo siempre ha parecido deshabitado. Una mañana antes de viajar para Bogotá recuerdo que tuve una visión aterradora de S. En una esquina de la casa de Cottom pude atravesar con la mirada el largo de una desolada calle que recorría de principio a fin el pueblo. No había una persona, un perro. Vacío. Esperé que fuera cosa de ese año. Pero todos los años estaba más solo el pueblo y uno se preguntaba entonces de dónde salían tantos muertos. A quién masacrarían luego si ya nadie quedaba. Era la época en que acostumbraban a matar quinceañeras. Y uno se preguntaba de dónde salían tantas quinceañeras, porque siempre había una que resultaba muerta.
Cottom madrugaba cada mañana a la plaza a comprar las cosas del almuerzo. Y fue cuando alguna vez encontró la mano de uno de esos soldados que había volado en pedazos. Uno de esos pobres muchachos, sin su manito, como ella contaba. Las figuras deformadas del cuerpo humano son tema constante en S. Mi tío antes de irse nos contó una conversación con un policía en que le describía la manera como habían quedado sus compañeros luego del fuego cruzado. La dirección en que el tiro había traspasado la cara, el tamaño de los impactos y el desastre que hacía en sus rostros. Conversaciones que imponen el horror de la realidad y la impotencia de las circunstancias. Luego sigue un silencio largo, con la cabeza abajo, y finalmente alguien se levanta de su asiento, dice que mañana tiene que madrugar y trata de seguir su vida.
Mi madre salió a la terraza y me invitó a acostarme temprano para poder madrugar. Ella estaba alistando las bolsas de agua, algunos bocadillos y, por si acaso, un pan. La idea de emprender el viacrucis había sido mía, pero mi madre se motivó y quiso hacerlo también ella. A pesar de la objeción de la mayor parte de la familia, y las constantes advertencias para desanimarla a realizar la travesía, ella permaneció terca en su resolución e ignorando todo tipo de comentarios que surgían al respecto fue la primera en levantarse y en llegar al punto de encuentro donde partiríamos hacia la primera montaña para celebrar la crucifixión de Cristo.
La mañana era opaca; lo que resultaba de alguna manera un buen presagio, puesto que el sol consistía una de las más fuertes amenazas, por su poder de insolar, de agotar más rápido, de hacer desfallecer. En el punto de encuentro ya mi madre se encontraba reunida con su hermana y el esposo, y dos compadres. Los saludé, naturalmente, pero me molestó que mi madre lo hiciera parecer una obligación al ordenarme: salude a los compadres. Nada es más desalentador que recibir una orden por algo que uno ya se propone a realizar por cuenta propia. Tan pronto como los saludé me alejé y me senté en la entrada de una casa, al lado de dos muchachos que me veían como si yo fuera un "guate". "Guate" es la manera en que las personas de Arauca se refieren a las personas extranjeras o de modales extraños. Pero yo era tan nativo como ellos, sólo que profundamente desarraigado, un desarraigo que impone su propia cuna en el lugar de la nada. Cómo se traduce: nowhereland? Y de todas maneras me fastidia mucho ese folclorismo contemporáneo que es tan forzado como querer ser de otra parte. Una persona auténtica no requiere explicar su identidad con estéticas sobrecargadas. Pero yo no tengo ni pretendo ninguna autoridad para hablar de autenticidad ni de identidad. A veces es como si me viera a mí mismo como un turista exhuberante, con ropas que no van a la ocasión y una tristeza y un sufrimiento que siempre desentonan.
La jornada empezó con las Siete Palabras del Señor en la Cruz. Haciendo abstracción del instante pensé en lo extraño que resultaba amanecer escuchando las siete palabras de una persona muerta hace dos mil años. Y de repente es como si no estuviera en ese instante sino que lo estuviera viendo a través de una pantalla que me distanciaba del momento, la pantalla de mi juicio crítico, esa pantalla que no permite vivir el tiempo y lo lleva a uno a otro lugar distinto, una connotación de la vida, que no es vida ni muerte, es interior y es distancia. De todos modos, no me gusta ser una persona muy pensante, muy filosófica, de esas que se acomodan una mano en la barbilla, arquean sus cejas y lo ven todo como indigno de su intelectual presencia. Luché contra este horrible sentido del juicio crítico y traté de tomar la ceremonia lo más devotamente posible, aún con el conocimiento de que estaba irremediablemente perdido en la incredulidad de mi momento histórico.
Las Siete Palabras contienen una belleza propia y misteriosa que me atraen profundamente en el interior. Son palabras mágicas, reveladoras y oscuras. Dan la impresión de esperar algo pero a la vez de tener la plenitud de todo. Las asocio con el primer super-átomo con el que algunos científicos explican el Big Bang. Me parece que las Siete Palabras son conspiradoras en desarrollo. La Palabra viva, las palabras que pronunció Cristo al morir, cargadas de vida.
Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen
La humanidad, el pecado, el peso que conlleva toda su perdición y el dolor que sumergió a Dios el ver a su hijo tan corrompido y enceguecido. Un Dios vivo, que se desprende de la muerte de la sentencia, de la imputación del pecado e ilumina la penumbra del planeta con la luz que al final del camino nos aguarda. Yo amo a ese Dios enloquecidamente, por no decir que me encanta ese hombre, aún cuando me encanta ese hombre ensangrentado, desnudo, flagelado y castigado por sus contemporáneos que creían ver en él "uno de los suyos" y nunca supieron el valor de que ese hombre fuera Dios al tiempo. Nada más despreciable para un hombre que un hombre aún si ese hombre es Dios.
En verdad te digo: hoy estarás conmigo en el Paraíso
La promesa que Dios le hizo a Moisés y la certeza de que a pesar de morir todos los días podemos acercarnos a él y pedir perdón y salvación para nuestras almas. Una persona engreída es inconciente de su circunstancia, de la cruz que lleva puesta y considera que por su propia cuenta es capaz de arreglárselas a la hora de su muerte. En cambio, el cristiano reconoce un alivio a su carga en la cruz de Cristo sacrificado y brindando toda la ternura de su corazón agitado levanta una oración hacia ese justo salvador con la esperanza de la resurrección y el amor divino.
Mujer, he ahí a tu hijo; hijo he ahí a tu madre
ELÍ, ELÍ LAMMA SABACHTANI
¡Dios mío, Dios mío!, ¿por qué me has abandonado?
Los seminarios no empiezan. El calor cada vez se torna más molesto, sumándole a esto la falta de dinero y una alimentación precaria. Mi condición de estudiante inmigrante no mejora las cosas. El Río de Plata reluce a lo lejos disputando una batalla ancestral con los rayos del sol que rebotan en la superficie. Espero a Ely con mi libro de El Llanto bajo mis brazos. Me siento incapaz de escribir una frase, de crear una historia, de escribir en definitiva. No considero que lo que tenga sea un bloqueo de escritor, pero me pregunto qué clase de bloqueo podría estar padeciendo.
Tengo sed
Llegamos a la cuarta estación más o menos a las nueve, o nueve y media de la mañana. En el transcurso me he adelantado a la procesión, me he quedado, me he sentado, he despachado dos botellas de agua y tomado fuerzas con un bocadillo veleño. Me superaron mi mamá y sus compadres. La veo y no puedo dejar de sentirme orgulloso de ella, de su determinación. El día anterior tanta insistencia por parte de familiares de que no fuera, que le ganaría. Incluso yo traté de convencerla, diciendo que se enfermaría y que no estaba para ponerse a estas exigencias físicas. Ahora la veía, segura, caminando, con felicidad y devoción, deteniéndose en cada estación y rezando, empeñada en realizar su pequeño sacrificio para reafirmar su fe católica.
En esta estación me encuentro con el muchacho que usa camisa larga, blanca y lleva a cuestas la sencilla cruz diseñada a partir de dos grandes leños cortados y lijados. Lo veo, la manera en que suda, el modo en que desempeña su labor en silencio; el aspecto de hombre de otro mundo que brinda su espectáculo me conmueve. Mientras la procesión se detiene en la estación para alzar los rezos y escuchar al padre, le pregunto al muchacho si se molestaría en que le ayudara a cargar la cruz. Por su expresión me doy cuenta que no se esperaría ese detalle de mí pero sin embargo acepta el ofrecimiento.
Llevaba la cruz en medio de la procesión. La gente tenía cuidado en no tropezar conmigo o en atravesarse en mi camino. La cruz en un primer instante no me pareció particularmente pesada, pero con el tiempo cargándola la sentía más pesada y hubo un momento en que llegué a pensar que tal vez un niño travieso se había subido encima porque pesaba como si tuviera un cuerpo humano. La carretera destapada a veces me ponía problemas por una roca o un hueco bastante pronunciado. Quise sentir cómo se debió haber sentido Cristo en ese día tan crucial para la humanidad, el deber interno que le guiaba hacia su propia muerte como hombre, el peso de la cruz con todos los pecados del mundo en ella. Me di cuenta que era imposible tratar de sentir cómo ese hombre había sentido e igual de necio tratar de aventurar sus pensamientos. Dejó las palabras, sus hechos, su promesa y su gloriosa resurrección, pero incluso en aquellos instantes tristes y oscuros poco se sabe de la actividad interior del hijo de Dios, el rey de reyes.
Al llegar a la quinta estación le devolví la cruz al muchacho que con la misma determinación la volvió a poner en su espalda. La quinta estación versaba sobre el momento en que Simón de Cerene fue llamado a ayudar a cargar la cruz a un Cristo ya desfalleciente y agotado. Cuando era niño creía que Simón le había ayudado al Señor de manera voluntaria, con un espíritu de verdadera piedad y compasión por el condenado por los hombres. Pero en la Biblia queda claro que fue obligado. Más que un acto de generosidad y bondad ahora lo veo como un ejemplo de la mezquindad y el egoísmo de los hombres que jamás se ofrecerán por su propia voluntad a aliviar el sufrimiento del otro, a reconocerse en la cruz del prójimo, en tratar de entender el peso de otra vida. Me gusta pensar a veces que Simón de Cerene era el diablo, al que los guardias también obligaron a la fuerza a cargar por un instante el peso de la cruz. Y me gustaría que el diablo hubiera sentido el sudor y la sangre de Cristo en su piel, y que hubiera visto el rostro de Cristo, abstraído y delirante, y hubiera sentido envidia de ese dolor, ese sufrimiento tan desgarrador, con el que el hijo se comunicaba con su padre.
Todo está cumplido
Al mediodía llegamos a la montaña. A primera vista parecía un cerro más bien insignificante. La primera montaña o la última, depende de la manera en que se vea. Más allá de este cerro se abre toda la cadena montañosa andina desde el departamento de Boyacá. Veía a la gente subiendo como cucarachas por las paredes del cerro. Una vez me acerco al cerro veo que a pesar de su pequeño tamaño, para alguien que está acostumbrado a vivir en el interior y habérselas con montañas monstruosas, está lo suficientemente empinado como para dejarlo a uno lo suficientemente agotado.
No di más de dos pasos y me encontré con la hija de los compadres de mi mamá. No la reconocí pero ella, muy familiarmente, se me acercó y me preguntó si ya no daba más. La verdad es que estaba tambaleando un poco pero apenas empezaba y no estaba tan mal como ella me hizo parecer. El comentario me molestó así como su intempestiva confianza que me resultó difícil ubicar rápidamente. Todo lo que duré dudando fue lo que ella estuvo cerca a mí y luego que le fui a decir hola ella ya estaba dos metros arriba mío. Me molestó la situación porque siempre he dado la impresión de ser atontado y lo que me acababa de suceder no ayudaba mi imagen personal. Será que la gente actúa conforme el concepto que tiene de uno y a partir de él le inducen a uno a seguir ese mismo patrón? De alguna manera debe ser así para que no se pierda el equilibrio en el universo de las apariencias en que mucha gente habita.
Una familia iba subiendo alegremente la montaña y las niñas rodeaban a sus cansados padres a punta de monerías. Subían y bajaban haciendo alarde de toda la potencia y energía de sus tempranas edades. Finalmente el padre tuvo que hacer una pausa en el camino para retomar el aliento. Se sentaron en una roca, y alegres empezaron a bromear. Era tanta la dicha de una de las muchachas que sin darse cuenta soltó un estruendoso peo que la hizo sonrojarse de inmediato y a todos callar por un instante y verse los rostros. Finalmente, no habiendo más que hacer, todos soltaron la carcajada junto a la muchacha que se cogía la cara con las manos por la pena que le había dado su cuerpo. Era un día espléndido, con un sol amable que apenas permitía sentir su presencia. Las montañas de un verde vibrante. Yo subía tomando nota de toda la perfección reunida y presencié la escena del bochornoso peo. Ellos siguieron bromeando y haciendo mofas, yo seguí derecho mi camino. Pensaba en los recuerdos. Este día tan hermoso quedará grabado en la memoria de esta muchacha cuando ya sus padres hayan muerto? Porque seguramente este es un día que vale la pena recordar. Yo lo recordaría como el día de la viacrucis con mis padres antes de que se murieran. El peo, en concordancia, entraría en el recuerdo? La manifestación ruidosa del ano haría oscurecer el recuerdo manchándolo de vergüenza? O, por el contrario, se vería como otra libertad de la infancia? Es decir, el peo se asumiría sin vergüenza y se recordaría con cariño hasta este pequeño impasse?
El cuerpo habló, seguí pensando mientras subía. Finalmente lo que nos rodea y nos parece precioso en este momento es la naturaleza y reconocer la naturaleza es también reconocer los desperdicios de la naturaleza, su muerte, conviviendo conjuntamente con el esplendor de la vida. Somos naturaleza, pretendemos amarla, pero sin embargo, al pretender ser racionales nos avergónzamos de nuestra animalidad. Y hemos creado un sistema de expresión en detrimento de nuestro propio ser natural. Hemos dado mayor importancia a ese ano con dientes que parlotea sin sentido, olvidando que portamos un ano portentoso y que alguna vez también fue un elemento de comunicación. La boca y el ano, dos caras del mismo sistema, deben desaparecer para que nuestra raza persista. Nos debemos alimentar por la nariz, creando químicos para este fin y olvidarnos de todo lo que tuvo que ver con intestinos y tripas, es decir, clausurando para siempre la boca y el ano.
Vivere Vivere Igitur Amas
Amas Credamus
Credamus Deum Ad Futurum
Futurum Immortalis
Est Animus Humanus
Immortalis Est Animus Humanus
Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu
Al llegar a la cima, vi cómo los hombres posaban sus manos con fervor sobre la cruz instalada hace poco en lo alto de la montaña. También habían niños, unos por cuenta propia, otros obligados por sus padres. Me acerqué y también sujeté fuerte la cruz y levanté mi oración hacia el señor. Desde allí pude ver todo el horizonte de los llanos que se perdía en la mirada. Una tierra hermosa en la que he nacido, pensé. Todos esos terrenos verdes, los ríos que serpenteaban los caminos, las trochas de arena. Es una tierra que me recuerda la muerte y me hace recordar una espera, una promesa. Quise sentir lo que pensó Moisés al ver la tierra prometida y saber que moriría antes de llegar allí.
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Anochecía y quise visitar a mi abuela Cottom. Partiría el día siguiente y quería compartir con ella un rato. Me encontré con mi primo Da de casualidad en la calle, él iba manejando la moto y le dije que me llevara. Al llegar se encontraba mi tío J, sin camisa, viendo una película religiosa de semana santa, con más cara de aburrido que de interesado. Allí también estaban dos o tres niños de la cuadra. Desde que tengo memoria y desde antes de tenerla, siempre han habido niños y animales en casa de mi abuela. Mi abuela ejerce una influencia especial en las criaturas del señor que les hace anhelar su compañía. Recordé las tardes enteras de mi infancia que pasé junto a ella, en la mecedora, viendo algún programa de tv o leyendo, o sencillamente viendo la tarde pasar afuera de la casa.
Se estaba alistando y cuando salió de su cuarto me preguntó si la acompañaría a la misa de la noche. Estaba cansado y no tenía muchas ganas de ir. Al momento llegó José, quien la acompañaría también, pero mi abuela tenía un serio interés en que fuera yo quien la acompañara, tal vez porque José todavía era muy niño y quería estar al lado de alguien más grande. Le dije que la acompañaría hasta la entrada de la iglesia. Llegamos a las 6:30, hora en el que el anterior cura abría las puertas, según mi abuela y José. Al anterior padre lo habían matado y ahora el nuevo padre era una porquería, porque alargaba muchos los sermones y era muy perezoso a la hora de abrir la puerta y tocar las campanas.
Como la puerta seguía cerrada mi abuela me propuso que dejáramos mi bolso en casa de mi tía N y la acompañara finalmente a misa. Cómo negársele a esta dulce mujer? Fuimos a casa de mi tía N, allí la conduje al cuarto donde se encontraba mi papá para que lo saludara y, después de arreglarme, volvimos de nuevo a la iglesia que aún permanecía cerrada. Allí estaba la señora P. Me volví a saludarla pero no sabía quién era yo. Se acuerda de mí? Estuve en diciembre en su casa, con mi hija y mi mujer. Ella me preguntó si ya tenía hija. Aburrido le contesté que sí de mala gana y me despedí de ella. Finalmente abrieron las puertas de la iglesia. Mi abuela tenía especial interés en entrar rápido para conseguir puestos. Nos sentamos en la nave central. Luego de veinte minutos aún quedaban suficientes puestos como para un batallón. Allí permanecimos un rato en silencio; mi abuela, José y yo. Unos puestos atrás, en la nave del otro lado, una hermosa mujer de mi edad capturó mi mirada. Mi abuela se dio cuenta de la mujer a la que veía y también la miró. Me sentí incómodo por esa evidencia de lujuría en mí revelada por encima a mi abuela. Pero a veces me ganaba la atracción hacia ese rostro femenino y volvía otra vez la mirada. Al poco tiempo llegó un señor que conocía mi abuela. Mi abuela me lo presentó y yo lo saludé cordialmente. Luego volvimos al silencio; mi abuela, José, el señor y yo. El sacerdote demoraba y aún no tocaba las campanas reglamentarias. Los ventiladores permanecían apagados y con el tiempo se apagaron también las luces. Eran las 7:30 y la misa que debería empezar a las 7 no empezaba. Volví la mirada hacia mi abuela y estaba dormida. José también empezaba a cabecear. Recordé que la hora en que se acuestan por lo general en la cuadra es a las 7 de la noche. Así que le propuse a mi abuela que mejor nos fuéramos, que hoy se demoraría en empezar la misa. Ella se dio cuenta de lo mismo y me dijo que era lo mejor. Caminamos abajo por la calle hacia la casa de mi abuela. El pueblo cubierto por la penumbra. Los pocos faros que funcionaban daban una peor apariencia que si estuvieran apagados.
Bajábamos la calle, mi abuela, José y yo. Cuando dejé a mi abuela en la casa, ella le ordenó a José que me acompañara de vuelta a casa de mi tía N. Le dije a José que no era necesario pero en seguida comprendí que él quería respirar un poco de la noche también. José me dejó en la esquina de la casa de mi tía, le di las gracias y en vez de ir a la casa de mi tía N fui a un puesto a comer buñuelos.
