Wednesday, May 28, 2008
Fronteras
Friday, May 23, 2008
si el universo se expande por qué no ha de ensancharse mi pecho y mi corazón?
Wednesday, May 14, 2008
hija, acaso le metiste un poco de heroína a mi marihuana?
Voy manejando por la carretera vacía que bordea la ciudad. El cielo empieza a adquirir ese tono azuloso oscuro que anuncia un amanecer soleado y benigno en todo caso. La estrella de la mañana ya hace su magistral aparición, justo en el campo de visión al cielo que me permite el marco del vehículo. Atrás está Karlo durmiendo la borrachera pero yo siento deseos de tomar otra cerveza. En el discman del carro suena shadow of the sun de audioslave. Canto de vez en cuando: i can tell you why people die alone!! pegándole al volante con una furia disparada. Mi deseo añora esas escenas de película americana en que una bella autostopista hippie detiene el carro y dice algo como echa a volar la fiesta maestre. Nos detendríamos un instante, justo en medio del desierto de Los Ángeles, yo la besaría apasionadamente, el frío de la mañana cada vez se aplacaría con el incesante rayo del sol, le levantaría su vestido de verano y le metería mi verga a su ardiente coño. Los dos sudaríamos como animales hermosos del primer día de creación. Su aliento sería puro lsd y sus gafas estarían estampadas de motivos de blotter art. Yo mordería una cañita mientras la penetro con rabia por no ser el hombre que está haciendo el amor con ella sino ser el universal del fiestero recoge bellas autostopistas. En este instante dejaría de ser yo para interpretar obediente mi papel de gigoló precario e insuficiente; en este instante vuelvo al coche, vuelvo a la canción de audioslave, se difumina el último astro y el sol es indiferente a la ventisca que arrecian las montañas. De repente es como si sintiera que ya no puedo ser feliz de ninguna manera. Ningún sueño me alcanza como sosiego. Revuelvo entre la basura del carro con la esperanza de encontrar un cigarro medianamente fumable pero sólo logro ensuciarme de sustancias viscosas los dedos. Allí en la esquina va un hombre cargando a caballo a su hijo más pequeño, agarrando de la mano a otro niño y seguido de una mujer gorda de pasos fatigados. Al ver la miserable marcha pienso en procesos biológicos, pienso en penetraciones, en semen, en manchas de excremento. Pienso en lo triste que es el sexo cuando ya no hay esperanzas, cuando sólo un espacio corporal puede cobijar toda la tristeza de un hombre. Luego el vientre se hincha y todo es una desgracia con el hijo. Y cuando muere el hijo no hay sensación más absoluta de tristeza y desamparo, porque entonces este mundo se devora el rezago de inocencia que surge de su callado palpitar de corazón. La vida de los pobres es una noche que asciende detrás de mi cráneo que quiere sedarse ante su amenaza pero ya siente su sombra en las hundidas ojeras. Entiendes que nadie está a salvo de la miseria y que la miseria es omnipotente, que te cierra la boca en el momento en que más hambre aguantas y estás solo entre una estampida de vidas apresuradas e indiferentes. Algún mediodía nos sentaremos en el césped, indiferentes como todos, mientras los carros nos envenenan con su brisa, y compartiremos el poco pan y el refrescante jugo, miraremos al horizonte como todos y nos sentiremos felices con lo nada que tenemos en el universo, sin importar ya nada sino estar juntos y respaldados, sentir la fuerza del amor en la cercanía del otro y no nos detendremos a pensar ni a mirarnos muy de cerca como no miraremos muy de cerca al otro que causamos asco, soltaremos una risa justa y el mundo será nosotros.
Thursday, May 08, 2008
que los cumplas muy feliz
O sea tenía que salir
con los bolsillos llenos de lugares comunes
tangos en estado de merecer
por ejemplo un chamuyo misterioso me
acorrala el corazón
por ejemplo pensé en no verte y temblé
por ejemplo fuiste papusa del fango
por ejemplo siento angustias en mi pecho
por ejemplo alma otaria que hay en mí
por ejemplo el amor escondido en un portón
por ejemplo su lento caracol de sueño
por ejemplo no hay luz en mis ojos
por ejemplo paseo mi tristeza
por ejemplo quería besar tus manos
por ejemplo ya me voy y me resigno
pero a los quince años los tangos suenan como
lejanos bombardeos
como ráfagas que hieren siempre a otros
como fuelles que avivan la hoguera del vecino
nunca como el contrabando de nuestra dulce
infamia
como la pústula de ternura que nos afecta
hasta la raíz del pelo
como nuestra vergüenza a la intemperie
a mis quince años de las once y cinco
los tangos no se apoyan en mis huesos
sino en la gran claraboya del mundo
y eso
está alto
y sobre todo lejos
el cielo llueve con todos sus bandoneones
pero hasta que la gran claraboya no se abra
su aguacero de bochorno no empapará mi rostro
no tomará el aspecto de mis lágrimas
esto es pulpa de tango y el resto verdurita
en vista de lo cual decido irme a lo del viejo
baldomero
a su altillo de pulida miseria
baldomero es un fantasma remendón
tan flaco que el viento le silba en las mandíbulas
a su lado tiene un balde rigurosamente oxidado
donde extrae clavitos que muerde y saborea
baldomero es por sí solo una hazaña
alguien que esperó en vano a goya o modigliani
sabía que ibas a venir dice mirándome por
sobre la media suela clavada y el taco de goma
lo sabía porque sos normalmente egocéntrico
tenés tu autoculto de la personalidad
cumplís quince y querés de algún modo
calibrar el eco de tan gloriosa celebración
pero a mí no me molesta
al contrario me entusiasma verte tan cándido
en tu orgullo sin trastienda
tan lleno de signos y de auspicios
de vastos presagios es decir de fatigas
botija no sé en realidad qué decirte
quince años es una edad linda para no morirse
claro no me refiero a esa poca muerte que
reclama pésames y puteadas
más bien quiero decir que es una edad linda
para no morir de rutina de orden
incurable e infeccioso
para no morir de certificados
de disculpas
de prudencia
de tendríamos que
y sin embargo no sé qué decirte
no creas que me callo sólo porque aprieto estos
clavitos con los labios
en realidad no sé qué decirte porque ninguna
lección sirve
hoy tenés una mirada dulce esplendorosa
y mañana o pasado no te reconocerás de tan
amargo
hoy mirás a las muchachas de la lluvia
las muchachas del sol
y tu primera taquicardia de homenaje te deja
débil con las cejas en alto y una nostalgia
que empieza en los riñones
tu suerte y tu desgracia
es que podés empezar a comparar
digamos el contrabando de emociones que
aparece algunas tardes en la mirada
negra de tu viejo
o la perplejidad con que tu madre todavía hoy
mueve las manos sin anillos
o el conmovedor sortilegio con que tu hermana
ablanda tus durísimos reposos
o la vacación que se toma tu abuelo cuando
cuelga la escafandra en el ropero
o la rompiente soledad de tu abuela cuando
moja el pan en nuestro vino tinto
o la solidaria ira con que el primer amigo te
embauca honestamente
con qué
compararlos con qué
acaso con la miseria remolona que una vez
viste desde la ventanilla del 126
con el descalzo invierno de los pibes que te
examinan con truculencia como si fueras
el apolo doce o la aurora boreal
con los primos de la sirvienta que se
masturban frente al televisor
con el tío estudiante que en horas de disección
pone un cigarrillo en los labios ceniceros
del muerto
(...)
compararlos con qué
con las floraciones y los escollos
y los secretos y los raptos y las indigencias
ejemplares
con el bochorno y el espanto que infectan
diariamente las noticias
con el aprendizaje de la crueldad
con los testigos del aprendizaje
eh compararlos con qué
es horrible el horror
pero qué cierto
mientras termino esta media suela
andá vaciando tus bolsillos
de boletos y pétalos y contraseñas
de diamantes de vidrio
de tus oros de lata
convencete botija
se te acabó la única vacación que nos otorgan
vaciá de una vez los bolsillos
vacialos de esos salmos a nadie
de esas mentiras de colores
llegó la hora de la desmemoria
la hora de hacerte la decisiva morisqueta frente
al espejo roto
ya sé
todavía la infancia anda remolineando por tus
bronquios tus encías tu páncreas tus rodillas
no se decide a abandonarte así no más
vos mismo sentís que tu estatura te queda
grande como un capote de la guerra del
catorce
cuando nadie te ve te aferrás al meccano y al
yoyó como si los desdichados juguetes
pudieran salvarte
este presente brusco te tomó evidentemente de
sorpresa
no estabas preparado para el mal aliento ni
para tu primera erección ni para el
epiléptico que viste derrumbarse
sin embargo eso es bueno
es decir necesario
mirá los remendones como yo tenemos tiempo
de pensar entre taco y taco
lo importante es que adviertas que el mundo es
jodida pero remediablemente injusto
lo importante es no rezar líbranos de todo mal
nadie se libra
por lo menos nadie se libra matriculándose en
humanidades
ni tomando diurético los lunes
ni mudándose al camposanto
ni aprendiendo alquimia por correspondencia
ni abriendo en sueños las dóciles piernas de
miss universo
ni escribiendo una oda sobre kennedy u otros
cabrones igualmente simpáticos
ni regando los cardos con ternura
ni congraciándose con los psicodélicos
ni vacunándose contra la polio
ni fornicando un sábado de gloria
no hay posible exorcismo
nadie se libra
la única fórmula es asumir el mal
digerir el mal
y hasta ayudarlo con un buen laxante
las brujas de salem como es obvio
son un caso de estreñimiento colectivo
me voy baldomero digo
no te olvides grita todavía
este mundo es injusto
tate tranqui viejo no me olvido
catarsis sí estreñimiento no
Mario Benedetti. El cumpleaños de Juan Ángel.
Monday, May 05, 2008
heaven scent
Hoy le dije que estaba muy triste. Muy putamente triste. Que sufría de una enfermedad llamada depresión y que era natural que estuviera tan triste. Pero tenía esas arrugas en la frente que no se me hacían, ese entrecejo tan contraído, y ella decía que me veía normal. Debo ser un animal para no llorar. O no debo amar para no llorar. Y sin embargo amo mucho. Amo todo. Amo el lugar modesto que se ocupa en el universo y sé que yo no soy de esta tierra, sino de un planeta ajeno, él me lo ha dicho y a él le creo. Alguna gente ha usurpado nuestras conversaciones y no ha entendido nada. Estoy tan ebrio que ya nada importa y sin embargo esta tristeza es arrasadora y me dirige a una niebla infinita en la cual me pierdo.
Tuesday, April 29, 2008
Kerberos Monogatari
Sunday, April 20, 2008
(untitled)
Al otro lado de la mesa el hombre con turbante me dice que está llorando. Yo tomo mi malta con pitillo y trato de imaginar su contorno. Me levanto de la mesa. Cuando vuelvo el hombre con turbante sigue al frente mío. Mientras yo tomo mi malta, sorbiendo con el pitillo, el extraño confiesa estar llorando. Él está llorando, pero no veo su contorno. Cuánto tiempo llevamos sentados y no nos reconocemos. Sólo pronósticos terribles. Este hombre incita a seguir sus lágrimas aún cuando no se sepa nada sobre él. Repentinamente ambos estamos llorando. De repente siempre estuve solo. Al frente de mi mesa hay un espejo y mi imposibilidad de reconocerme en este mar de lágrimas. Mis manos sobre el calor de mi rostro ardiendo. De repente nunca ha habido nada. Todo se fue para la mierda. Todo cumplió su silenta lenta trayectoria desde el final hasta el olvido. En un café internet, él me dice que está llorando. Yo aparento sorber una malta pero aparento existir aparte. Lo recreo con un turbante, porque su tristeza insola y es árida. Provoca el último esfuerzo de lagrimeo en los ojos para aclarar la vista y ver que al frente no queda nada.
Ella está fumando un cigarrillo mientras lo espera a él. Él es alto, delgado y jorobado. Ella pasea por el supermercado mientras él llega. Ella mira a través de los estantes. Mira la fruta. Mira los granos. Mira los paquetes. Todo está empaquetado. A veces, piensa, no sientes que te has pasado de la raya? Es como si se hubieran sobrepasado los límites, entonces en realidad no somos libres de la manera en que pretendemos serlo. He sobreactuado mi vida, piensa ella, que ya no fuma desde que ha entrado al supermercado. Los productos están bañados en luz aséptica que diseñan un espacio interior propio con una visión particular de la vida y los alimentos. Ella tiene náuseas a pesar de no haber probado bocado en dos días. Si hubiera comido estaría vomitando por lo menos. Pero sencillamente no hay necesidad de comer. Como si el cuerpo ya no se esforzara por aplazar lo inevitable. Se sienta en una silla del improvisado café al interior del supermercado y se deja sumergir en la marea de un repentino sueño. Él nunca llega. Ella mira el reloj y sabe que no llegará. Más de dos horas han pasado desde lo acordado. Quiere llamarlo al celular pero sabe que es inútil. Sale a la terraza del supermercado y enciende un cigarrillo. Siente frío y cansancio.
Thursday, April 17, 2008
Walking Wounded
Esta canción posee una tristeza despedazante que siempre logra quebrarme.
Una escena de la película del año 1999, Splendor de Gregg Araki, ella acepta la invitación de su amigo intelectual a tomar unas copas en un bar. La música de fondo: Before today mezclado por Chicane.

Splendor de 1999 logra rescatar esas inquietudes elementales de confusión de nuestra generación: los problemas de relación, la idealización de la pareja, la imposibilidad de amar a una sola persona que satisfaga todas nuestras expectativas. No trato de... entienden... de sublimar una película y decir que Araki sea el Godard actual, porque es falso. Existen películas para la posteridad, pero también existen películas que de alguna manera responden a unas inquietudes propias generacionales. Pueden ser una soberana mierda, pero vaya... Por ejemplo, vean El Calentito y entiendan por qué no estamos en el 2008 sino que vivimos en 1981.
Clearwater, Florida.
Amanezco con unas ganas irresistibles de emborracharme, como siempre. Mientras los demás compañeros de casa tratan de improvisar sus desayunos medianamente comestibles, yo agarro los pequeños bafles de Andrea y los conecto a mi Walkman. Abro la primera lata de cerveza. Al frente mío está una muchacha americana de 18 años algo entrada en carnes. Está tirada en el sofá donde anoche se la comió un muchacho colombiano bastante prepotente. Hoy ha salido temprano a trabajar. Yo creo que estoy en la casa porque ya me han echado del trabajo. Ella me dice si puedo darle un poco de mi cerveza. Le doy una lata nueva. Me pregunta qué es lo que suena. Le digo que EBTG. He puesto el Walking Wounded. La primera canción del álbum es Before Today. Me dice que es bastante deprimente. Le contesto que me gusta. Ella dice que hoy ha amanecido deprimida. Nos terminamos nuestra primera cerveza del día. Aún no son las 8 de la mañana. No hemos comido nada y no lo haremos sino dos horas más tarde. Nos concentramos en nuestras latas; a veces trato de cabecear con el ritmo y ella permanece con la sábana sobre sus piernas.
Walking Wounded:
Así pues ¿recuerda algo el cuerpo? Una invasión, destrucción y trauma semejantes -cortar, coser, sangrar- han de dejar forzosamente una huella. Muchas de las terapias alternativas y los métodos holísticos trabajan sobre la base de que el cuerpo recuerda. Sostienen que el cuerpo no olvida nunca un parto difícil o un hueso fracturado de mala manera. La tensión y el estrés pueden tener su origen en tales incidentes, mientras el cuerpo lucha por protegerse, y puede a su vez manifestarse externamente en forma de disgusto y desasosiego. Pero cuando ahora me lamento, me parece que solo lo hago por una sensación general de pérdida y de cambio que rodea gran parte de mi presente y de mis perspectivas de futuro así como de mi pasado. A veces quisiera que fuera algo más concreto, algún hecho difícil en el que concentrarme a fin de exorcizarlo: un momento particularmente duro en el quirófano, la laboriosa resección, unos instantes de peligro, una incisión crucial, el tacto del tejido muerto y enmarañado. ¿Son capaces de borrarlo todo las anestesias?
BEN WATT. Paciente. La verdadera historia de una enfermedad poco común.
En el escenario veo a Tracey Thorn cantando con una voz preciosa; su esposo Ben Watt detrás de los teclados, arreglando y orquestando la música para la voz de su compañera de vida. No veo un grupo de trabajo. No veo un esposo y una esposa. No veo una pareja de extravagantes rockeros viviendo en la ola de las drogas y el desenfreno. Veo una comunicación, una armonía, una expresión que se siente en su música y que va más allá de ellos.
Tracey estaba sentada junto a mi cama, leyendo. Me sostenía la mano, soltándome momentáneamente cada dos minutos para pasar la página y volviéndomela a coger, hasta que la sentía fría y volvía a deslizarla por debajo de las mantas.
No quería pensar en qué nos estábamos convirtiendo, o si todavía éramos los mismos. Todo estaba en un presente claramente enfocado. No había un pasado que yo pudiera reconocer o con el que quisiera hacer comparaciones. Tampoco un futuro. Veía una imagen repetida de ella caminando sola por el Embankment, pasando solo para hacer tiempo, el pie derecho sin apenas saber lo que hacía el izquierdo, y eso me dejaba sin habla. Permanecimos muchas horas en silencio, como si nos dijéramos en clave: Lo sé. Lo sé. Más tarde. Más tarde.
Pienso en todo lo que se pudo ser y no fue. Me duele el alma. Por qué está canción me hace llorar? Before Today. I don`t want your history, I don't want that Stuff, I want you to shut your mouth, that would be enough, I don't care if you been here before, you don't understand, tonight I feel above the law and I'm coming into land.
Las cosas en pareja no pueden darse siempre sobre la base de los ideales y de las cosas perfectas. Detesto terminar con una puta moraleja; pero el amor se prueba en los momentos duros, respetando la esencia del otro, los sueños, las ambiciones.
Tuesday, April 08, 2008
Viernes Santo
La noche anterior, luego de que mi tío se fuera, nos quedamos con mi tía N y mi primo Fe afuera de la casa, contemplando los jovencitos que se detenían en la discoteca del frente, las calles vacías, las estrellas y la poca gente que salía de misa de última cena. Al lado, la señora de las empanadas alistaba las últimas cosas para cerrar su carrito e irse con él y su hija de regreso a la casa. En diciembre esta misma señora fue la feliz ganadora del sorteo que rifaba una moto. Recuerdo que en la casa todos compartimos esta noticia del premio como si se tratara de un justo reconocimiento a la dedicación y perseverancia de la labor de la humilde señora. La señora pronto vendió la moto, me contó mi tía.
Al haber terminado la jornada, la señora de las empanadas decidió admirar un poco también ella la noche y nos invitó a tomar asiento. Mi tía se sentó en una de las sillas rimax roja, mi primo se sentó al lado en otra silla igual, la hija de la señora se acomodó en su cicla y yo me sentaba a veces en el andén cuando no era perturbado por los mosquitos.
Le comenté a la señora mi determinación de participar en la peregrinación a la montaña con que el pueblo celebra la viacrucis, lo que propició una conversación sobre las religiones y sus costumbres que se alargó incluso cuando volvió mi primo Da de casa de su novia. Mi tía, que se convirtió al cristianismo hace algunos años, hacía mofa de los rituales católicos y comentaba con desparpajo la vez que decidió participar en la caminata, la primera vez que se hizo en el pueblo, hace como 5 años aproximadamente. Me producía placer escuchar la manera en que tomaba detalle del acontecimiento, con mordacidad y viveza. Me dibujó con sus palabras un pueblo exhausto al final del camino, que se caía en el ascenso a la montaña, niños vomitando por doquier, ella misma detenida en la mitad del tramo sin más aliento incapaz llegar al destino, hombres borrachos y un espíritu colectivo festivo más propio de la camadarería que de la devoción.
Después de que los devotos salieran de la misa de jueves santo, con sus ánimos serenos, mi primo Da contó que lo malo de los católicos era que tuvieran misas tan aburridas, no como los cuadrángulares que bailaban y los pastores gritaban para despertarlo a uno. Mi tía dijo que era la manera correcta de alabar a cristo puesto que en la biblia se exhortaba a celebrar con maracas y tambores su nombre. Luego de un rato le reprochó a mi primo Da que fuera tan católico, tal vez de manera inconciente, pero claramente católico.
Las calles del pueblo quedaron de nuevo desocupadas y mi primo Da dijo que el pueblo estaba vacío. Mi primo se encontraba estudiando derecho en Bogotá y a veces me aterraba verlo de lejos y reconocer en él un futuro abogado. Ya había sentido esta soledad del pueblo en diciembre cuando vine con K. Para empeorar las cosas el ejército había decidido instalar un cordón de seguridad en todo el centro del pueblo lo que creaba un gran vacío en todo el corazón de S. Pero a veces me preguntaba si era verdad que el pueblo estaba vacío o si siempre había sido de esa manera.
Recuerdo mi infancia en S. Uno de mis recuerdos de infancia me transporta al parque. Una navidad. Mi padre me llevaba de la mano en una calurosa noche de diciembre, mostrándome las bonitas luces rojas y la decoración. El parque relucía como el más hermoso de la tierra. Los niños jugaban a los vaqueros entre las matas de bambús, los vendedores se juntaban en la esquina con sus máquinas de hacer raspados y los hombres iban y venían resfrecándose en la brisa exquisita del piedemonte llanero. Al final del parque nos encontramos con mi tío materno T y su hijo L. Mi padre se detuvo a conversar largamente con mi tío T y yo miraba fijamente a su hijo, al frente, que como yo estaba agarrado de la mano de su padre. Luego seguimos nuestro trayecto y es todo lo que recuerdo. Con los años unos hombres encapuchados masacraron a mi tío al frente de su casa, seguramente en presencia de sus hijos. Los criminales necesitaron hacer varios disparos a quemarropa y cargar varios fusiles para aniquilar a este sencillo hombre que vivía en el taller de carros con su mujer y sus dos hijos. Mi madre me contaba que era uno de los hombres más corajudos de su época. Uno de los primeros hombres que ella vió matar fue de la mano de su hermano.
A pesar de las figuras que tengo de mi temprana infancia el pueblo siempre ha parecido deshabitado. Una mañana antes de viajar para Bogotá recuerdo que tuve una visión aterradora de S. En una esquina de la casa de Cottom pude atravesar con la mirada el largo de una desolada calle que recorría de principio a fin el pueblo. No había una persona, un perro. Vacío. Esperé que fuera cosa de ese año. Pero todos los años estaba más solo el pueblo y uno se preguntaba entonces de dónde salían tantos muertos. A quién masacrarían luego si ya nadie quedaba. Era la época en que acostumbraban a matar quinceañeras. Y uno se preguntaba de dónde salían tantas quinceañeras, porque siempre había una que resultaba muerta.
Cottom madrugaba cada mañana a la plaza a comprar las cosas del almuerzo. Y fue cuando alguna vez encontró la mano de uno de esos soldados que había volado en pedazos. Uno de esos pobres muchachos, sin su manito, como ella contaba. Las figuras deformadas del cuerpo humano son tema constante en S. Mi tío antes de irse nos contó una conversación con un policía en que le describía la manera como habían quedado sus compañeros luego del fuego cruzado. La dirección en que el tiro había traspasado la cara, el tamaño de los impactos y el desastre que hacía en sus rostros. Conversaciones que imponen el horror de la realidad y la impotencia de las circunstancias. Luego sigue un silencio largo, con la cabeza abajo, y finalmente alguien se levanta de su asiento, dice que mañana tiene que madrugar y trata de seguir su vida.
Mi madre salió a la terraza y me invitó a acostarme temprano para poder madrugar. Ella estaba alistando las bolsas de agua, algunos bocadillos y, por si acaso, un pan. La idea de emprender el viacrucis había sido mía, pero mi madre se motivó y quiso hacerlo también ella. A pesar de la objeción de la mayor parte de la familia, y las constantes advertencias para desanimarla a realizar la travesía, ella permaneció terca en su resolución e ignorando todo tipo de comentarios que surgían al respecto fue la primera en levantarse y en llegar al punto de encuentro donde partiríamos hacia la primera montaña para celebrar la crucifixión de Cristo.
La mañana era opaca; lo que resultaba de alguna manera un buen presagio, puesto que el sol consistía una de las más fuertes amenazas, por su poder de insolar, de agotar más rápido, de hacer desfallecer. En el punto de encuentro ya mi madre se encontraba reunida con su hermana y el esposo, y dos compadres. Los saludé, naturalmente, pero me molestó que mi madre lo hiciera parecer una obligación al ordenarme: salude a los compadres. Nada es más desalentador que recibir una orden por algo que uno ya se propone a realizar por cuenta propia. Tan pronto como los saludé me alejé y me senté en la entrada de una casa, al lado de dos muchachos que me veían como si yo fuera un "guate". "Guate" es la manera en que las personas de Arauca se refieren a las personas extranjeras o de modales extraños. Pero yo era tan nativo como ellos, sólo que profundamente desarraigado, un desarraigo que impone su propia cuna en el lugar de la nada. Cómo se traduce: nowhereland? Y de todas maneras me fastidia mucho ese folclorismo contemporáneo que es tan forzado como querer ser de otra parte. Una persona auténtica no requiere explicar su identidad con estéticas sobrecargadas. Pero yo no tengo ni pretendo ninguna autoridad para hablar de autenticidad ni de identidad. A veces es como si me viera a mí mismo como un turista exhuberante, con ropas que no van a la ocasión y una tristeza y un sufrimiento que siempre desentonan.
La jornada empezó con las Siete Palabras del Señor en la Cruz. Haciendo abstracción del instante pensé en lo extraño que resultaba amanecer escuchando las siete palabras de una persona muerta hace dos mil años. Y de repente es como si no estuviera en ese instante sino que lo estuviera viendo a través de una pantalla que me distanciaba del momento, la pantalla de mi juicio crítico, esa pantalla que no permite vivir el tiempo y lo lleva a uno a otro lugar distinto, una connotación de la vida, que no es vida ni muerte, es interior y es distancia. De todos modos, no me gusta ser una persona muy pensante, muy filosófica, de esas que se acomodan una mano en la barbilla, arquean sus cejas y lo ven todo como indigno de su intelectual presencia. Luché contra este horrible sentido del juicio crítico y traté de tomar la ceremonia lo más devotamente posible, aún con el conocimiento de que estaba irremediablemente perdido en la incredulidad de mi momento histórico.
Las Siete Palabras contienen una belleza propia y misteriosa que me atraen profundamente en el interior. Son palabras mágicas, reveladoras y oscuras. Dan la impresión de esperar algo pero a la vez de tener la plenitud de todo. Las asocio con el primer super-átomo con el que algunos científicos explican el Big Bang. Me parece que las Siete Palabras son conspiradoras en desarrollo. La Palabra viva, las palabras que pronunció Cristo al morir, cargadas de vida.
Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen
La humanidad, el pecado, el peso que conlleva toda su perdición y el dolor que sumergió a Dios el ver a su hijo tan corrompido y enceguecido. Un Dios vivo, que se desprende de la muerte de la sentencia, de la imputación del pecado e ilumina la penumbra del planeta con la luz que al final del camino nos aguarda. Yo amo a ese Dios enloquecidamente, por no decir que me encanta ese hombre, aún cuando me encanta ese hombre ensangrentado, desnudo, flagelado y castigado por sus contemporáneos que creían ver en él "uno de los suyos" y nunca supieron el valor de que ese hombre fuera Dios al tiempo. Nada más despreciable para un hombre que un hombre aún si ese hombre es Dios.
En verdad te digo: hoy estarás conmigo en el Paraíso
La promesa que Dios le hizo a Moisés y la certeza de que a pesar de morir todos los días podemos acercarnos a él y pedir perdón y salvación para nuestras almas. Una persona engreída es inconciente de su circunstancia, de la cruz que lleva puesta y considera que por su propia cuenta es capaz de arreglárselas a la hora de su muerte. En cambio, el cristiano reconoce un alivio a su carga en la cruz de Cristo sacrificado y brindando toda la ternura de su corazón agitado levanta una oración hacia ese justo salvador con la esperanza de la resurrección y el amor divino.
Mujer, he ahí a tu hijo; hijo he ahí a tu madre
ELÍ, ELÍ LAMMA SABACHTANI
¡Dios mío, Dios mío!, ¿por qué me has abandonado?
Los seminarios no empiezan. El calor cada vez se torna más molesto, sumándole a esto la falta de dinero y una alimentación precaria. Mi condición de estudiante inmigrante no mejora las cosas. El Río de Plata reluce a lo lejos disputando una batalla ancestral con los rayos del sol que rebotan en la superficie. Espero a Ely con mi libro de El Llanto bajo mis brazos. Me siento incapaz de escribir una frase, de crear una historia, de escribir en definitiva. No considero que lo que tenga sea un bloqueo de escritor, pero me pregunto qué clase de bloqueo podría estar padeciendo.
Tengo sed
Llegamos a la cuarta estación más o menos a las nueve, o nueve y media de la mañana. En el transcurso me he adelantado a la procesión, me he quedado, me he sentado, he despachado dos botellas de agua y tomado fuerzas con un bocadillo veleño. Me superaron mi mamá y sus compadres. La veo y no puedo dejar de sentirme orgulloso de ella, de su determinación. El día anterior tanta insistencia por parte de familiares de que no fuera, que le ganaría. Incluso yo traté de convencerla, diciendo que se enfermaría y que no estaba para ponerse a estas exigencias físicas. Ahora la veía, segura, caminando, con felicidad y devoción, deteniéndose en cada estación y rezando, empeñada en realizar su pequeño sacrificio para reafirmar su fe católica.
En esta estación me encuentro con el muchacho que usa camisa larga, blanca y lleva a cuestas la sencilla cruz diseñada a partir de dos grandes leños cortados y lijados. Lo veo, la manera en que suda, el modo en que desempeña su labor en silencio; el aspecto de hombre de otro mundo que brinda su espectáculo me conmueve. Mientras la procesión se detiene en la estación para alzar los rezos y escuchar al padre, le pregunto al muchacho si se molestaría en que le ayudara a cargar la cruz. Por su expresión me doy cuenta que no se esperaría ese detalle de mí pero sin embargo acepta el ofrecimiento.
Llevaba la cruz en medio de la procesión. La gente tenía cuidado en no tropezar conmigo o en atravesarse en mi camino. La cruz en un primer instante no me pareció particularmente pesada, pero con el tiempo cargándola la sentía más pesada y hubo un momento en que llegué a pensar que tal vez un niño travieso se había subido encima porque pesaba como si tuviera un cuerpo humano. La carretera destapada a veces me ponía problemas por una roca o un hueco bastante pronunciado. Quise sentir cómo se debió haber sentido Cristo en ese día tan crucial para la humanidad, el deber interno que le guiaba hacia su propia muerte como hombre, el peso de la cruz con todos los pecados del mundo en ella. Me di cuenta que era imposible tratar de sentir cómo ese hombre había sentido e igual de necio tratar de aventurar sus pensamientos. Dejó las palabras, sus hechos, su promesa y su gloriosa resurrección, pero incluso en aquellos instantes tristes y oscuros poco se sabe de la actividad interior del hijo de Dios, el rey de reyes.
Al llegar a la quinta estación le devolví la cruz al muchacho que con la misma determinación la volvió a poner en su espalda. La quinta estación versaba sobre el momento en que Simón de Cerene fue llamado a ayudar a cargar la cruz a un Cristo ya desfalleciente y agotado. Cuando era niño creía que Simón le había ayudado al Señor de manera voluntaria, con un espíritu de verdadera piedad y compasión por el condenado por los hombres. Pero en la Biblia queda claro que fue obligado. Más que un acto de generosidad y bondad ahora lo veo como un ejemplo de la mezquindad y el egoísmo de los hombres que jamás se ofrecerán por su propia voluntad a aliviar el sufrimiento del otro, a reconocerse en la cruz del prójimo, en tratar de entender el peso de otra vida. Me gusta pensar a veces que Simón de Cerene era el diablo, al que los guardias también obligaron a la fuerza a cargar por un instante el peso de la cruz. Y me gustaría que el diablo hubiera sentido el sudor y la sangre de Cristo en su piel, y que hubiera visto el rostro de Cristo, abstraído y delirante, y hubiera sentido envidia de ese dolor, ese sufrimiento tan desgarrador, con el que el hijo se comunicaba con su padre.
Todo está cumplido
Al mediodía llegamos a la montaña. A primera vista parecía un cerro más bien insignificante. La primera montaña o la última, depende de la manera en que se vea. Más allá de este cerro se abre toda la cadena montañosa andina desde el departamento de Boyacá. Veía a la gente subiendo como cucarachas por las paredes del cerro. Una vez me acerco al cerro veo que a pesar de su pequeño tamaño, para alguien que está acostumbrado a vivir en el interior y habérselas con montañas monstruosas, está lo suficientemente empinado como para dejarlo a uno lo suficientemente agotado.
No di más de dos pasos y me encontré con la hija de los compadres de mi mamá. No la reconocí pero ella, muy familiarmente, se me acercó y me preguntó si ya no daba más. La verdad es que estaba tambaleando un poco pero apenas empezaba y no estaba tan mal como ella me hizo parecer. El comentario me molestó así como su intempestiva confianza que me resultó difícil ubicar rápidamente. Todo lo que duré dudando fue lo que ella estuvo cerca a mí y luego que le fui a decir hola ella ya estaba dos metros arriba mío. Me molestó la situación porque siempre he dado la impresión de ser atontado y lo que me acababa de suceder no ayudaba mi imagen personal. Será que la gente actúa conforme el concepto que tiene de uno y a partir de él le inducen a uno a seguir ese mismo patrón? De alguna manera debe ser así para que no se pierda el equilibrio en el universo de las apariencias en que mucha gente habita.
Una familia iba subiendo alegremente la montaña y las niñas rodeaban a sus cansados padres a punta de monerías. Subían y bajaban haciendo alarde de toda la potencia y energía de sus tempranas edades. Finalmente el padre tuvo que hacer una pausa en el camino para retomar el aliento. Se sentaron en una roca, y alegres empezaron a bromear. Era tanta la dicha de una de las muchachas que sin darse cuenta soltó un estruendoso peo que la hizo sonrojarse de inmediato y a todos callar por un instante y verse los rostros. Finalmente, no habiendo más que hacer, todos soltaron la carcajada junto a la muchacha que se cogía la cara con las manos por la pena que le había dado su cuerpo. Era un día espléndido, con un sol amable que apenas permitía sentir su presencia. Las montañas de un verde vibrante. Yo subía tomando nota de toda la perfección reunida y presencié la escena del bochornoso peo. Ellos siguieron bromeando y haciendo mofas, yo seguí derecho mi camino. Pensaba en los recuerdos. Este día tan hermoso quedará grabado en la memoria de esta muchacha cuando ya sus padres hayan muerto? Porque seguramente este es un día que vale la pena recordar. Yo lo recordaría como el día de la viacrucis con mis padres antes de que se murieran. El peo, en concordancia, entraría en el recuerdo? La manifestación ruidosa del ano haría oscurecer el recuerdo manchándolo de vergüenza? O, por el contrario, se vería como otra libertad de la infancia? Es decir, el peo se asumiría sin vergüenza y se recordaría con cariño hasta este pequeño impasse?
El cuerpo habló, seguí pensando mientras subía. Finalmente lo que nos rodea y nos parece precioso en este momento es la naturaleza y reconocer la naturaleza es también reconocer los desperdicios de la naturaleza, su muerte, conviviendo conjuntamente con el esplendor de la vida. Somos naturaleza, pretendemos amarla, pero sin embargo, al pretender ser racionales nos avergónzamos de nuestra animalidad. Y hemos creado un sistema de expresión en detrimento de nuestro propio ser natural. Hemos dado mayor importancia a ese ano con dientes que parlotea sin sentido, olvidando que portamos un ano portentoso y que alguna vez también fue un elemento de comunicación. La boca y el ano, dos caras del mismo sistema, deben desaparecer para que nuestra raza persista. Nos debemos alimentar por la nariz, creando químicos para este fin y olvidarnos de todo lo que tuvo que ver con intestinos y tripas, es decir, clausurando para siempre la boca y el ano.
Vivere Vivere Igitur Amas
Amas Credamus
Credamus Deum Ad Futurum
Futurum Immortalis
Est Animus Humanus
Immortalis Est Animus Humanus
Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu
Al llegar a la cima, vi cómo los hombres posaban sus manos con fervor sobre la cruz instalada hace poco en lo alto de la montaña. También habían niños, unos por cuenta propia, otros obligados por sus padres. Me acerqué y también sujeté fuerte la cruz y levanté mi oración hacia el señor. Desde allí pude ver todo el horizonte de los llanos que se perdía en la mirada. Una tierra hermosa en la que he nacido, pensé. Todos esos terrenos verdes, los ríos que serpenteaban los caminos, las trochas de arena. Es una tierra que me recuerda la muerte y me hace recordar una espera, una promesa. Quise sentir lo que pensó Moisés al ver la tierra prometida y saber que moriría antes de llegar allí.
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Anochecía y quise visitar a mi abuela Cottom. Partiría el día siguiente y quería compartir con ella un rato. Me encontré con mi primo Da de casualidad en la calle, él iba manejando la moto y le dije que me llevara. Al llegar se encontraba mi tío J, sin camisa, viendo una película religiosa de semana santa, con más cara de aburrido que de interesado. Allí también estaban dos o tres niños de la cuadra. Desde que tengo memoria y desde antes de tenerla, siempre han habido niños y animales en casa de mi abuela. Mi abuela ejerce una influencia especial en las criaturas del señor que les hace anhelar su compañía. Recordé las tardes enteras de mi infancia que pasé junto a ella, en la mecedora, viendo algún programa de tv o leyendo, o sencillamente viendo la tarde pasar afuera de la casa.
Se estaba alistando y cuando salió de su cuarto me preguntó si la acompañaría a la misa de la noche. Estaba cansado y no tenía muchas ganas de ir. Al momento llegó José, quien la acompañaría también, pero mi abuela tenía un serio interés en que fuera yo quien la acompañara, tal vez porque José todavía era muy niño y quería estar al lado de alguien más grande. Le dije que la acompañaría hasta la entrada de la iglesia. Llegamos a las 6:30, hora en el que el anterior cura abría las puertas, según mi abuela y José. Al anterior padre lo habían matado y ahora el nuevo padre era una porquería, porque alargaba muchos los sermones y era muy perezoso a la hora de abrir la puerta y tocar las campanas.
Como la puerta seguía cerrada mi abuela me propuso que dejáramos mi bolso en casa de mi tía N y la acompañara finalmente a misa. Cómo negársele a esta dulce mujer? Fuimos a casa de mi tía N, allí la conduje al cuarto donde se encontraba mi papá para que lo saludara y, después de arreglarme, volvimos de nuevo a la iglesia que aún permanecía cerrada. Allí estaba la señora P. Me volví a saludarla pero no sabía quién era yo. Se acuerda de mí? Estuve en diciembre en su casa, con mi hija y mi mujer. Ella me preguntó si ya tenía hija. Aburrido le contesté que sí de mala gana y me despedí de ella. Finalmente abrieron las puertas de la iglesia. Mi abuela tenía especial interés en entrar rápido para conseguir puestos. Nos sentamos en la nave central. Luego de veinte minutos aún quedaban suficientes puestos como para un batallón. Allí permanecimos un rato en silencio; mi abuela, José y yo. Unos puestos atrás, en la nave del otro lado, una hermosa mujer de mi edad capturó mi mirada. Mi abuela se dio cuenta de la mujer a la que veía y también la miró. Me sentí incómodo por esa evidencia de lujuría en mí revelada por encima a mi abuela. Pero a veces me ganaba la atracción hacia ese rostro femenino y volvía otra vez la mirada. Al poco tiempo llegó un señor que conocía mi abuela. Mi abuela me lo presentó y yo lo saludé cordialmente. Luego volvimos al silencio; mi abuela, José, el señor y yo. El sacerdote demoraba y aún no tocaba las campanas reglamentarias. Los ventiladores permanecían apagados y con el tiempo se apagaron también las luces. Eran las 7:30 y la misa que debería empezar a las 7 no empezaba. Volví la mirada hacia mi abuela y estaba dormida. José también empezaba a cabecear. Recordé que la hora en que se acuestan por lo general en la cuadra es a las 7 de la noche. Así que le propuse a mi abuela que mejor nos fuéramos, que hoy se demoraría en empezar la misa. Ella se dio cuenta de lo mismo y me dijo que era lo mejor. Caminamos abajo por la calle hacia la casa de mi abuela. El pueblo cubierto por la penumbra. Los pocos faros que funcionaban daban una peor apariencia que si estuvieran apagados.
Bajábamos la calle, mi abuela, José y yo. Cuando dejé a mi abuela en la casa, ella le ordenó a José que me acompañara de vuelta a casa de mi tía N. Le dije a José que no era necesario pero en seguida comprendí que él quería respirar un poco de la noche también. José me dejó en la esquina de la casa de mi tía, le di las gracias y en vez de ir a la casa de mi tía N fui a un puesto a comer buñuelos.
Friday, April 04, 2008
vibraciones
Friday, March 28, 2008
la cárcel
Thursday, March 20, 2008
Agente Bumbly (1)
En mi maleta jamás pueden faltar mis pantalones de rayas, mis camisas blancas pulcramente planchadas y mi colección de cassetes de Eros Ramazzotti. Me conozco Eros Ramazzotti de pe a pa y me encargo de tenerlo en mi reproductor de cassetes todo el tiempo posible. Desde su revelador Cuori agitati hasta e al cuadrado no hay artista que se le compare o le llegue a los talones. Clara Luz no opinaba lo mismo, claro, ella era seguidora de Andrés Cepeda y aunque Andrés Cepeda también me gusta, no creo ni que se pueda comparar al lado de un grande de la balada como lo es el señor Eros. Mi confidente de viaje.
Clara Luz era mi anterior mujer. Ella también solía burlarse de mis pantalones de artista. Decía que hacían honor al rango sólo si tenemos en cuenta que un domador de monos de circo también es un artista. Por otra parte, Clara Luz no entendió muy claramente mi oficio. Pero la presente crónica no consiste en recordar a la ex Bumbly ni en ir a la par de la melodía de las grandes canciones del mejor artista italiano de todas las épocas. Aunque ahorita que tomo del pitillo de este gran vaso de jugo de naranja se me viene a la cabeza: ir corriendo de un lado a otro, como dos niños, por debajo de los grandes árboles del bosque, ella siguiéndome y yo gritando que no me cogería; yo sujetándole el bolso y ella a punto de explotar de desespero: Bumbly, joder, devuélveme el bolso que tengo que irme. Y yo corriendo en círculos como menos que un macaco al borde de la inanición. Ella a veces atrás, a veces adelante. Corro un poco más rápido y la abrazo con toda mi fuerza; ella se pierde y los dos caemos. Los rayos del sol nos inundan en su diluvio de luz. Me da un puño en la cara y me dice: bobo, por qué me haces perder el tiempo; y yo, boba hazme perder la vida. Tan perfecto como una canción del Ramazzotti.
Termino el jugo y camino al rayo del sol vespertino rumbo a la terminal. Tengo que ir a una vereda cerca a cubrir el acontecimiento. Una niña rubia se me acerca a través de las desoladas calles. Me arrodillo con el fin de poder verle mejor la cara. Sigue su paso, sin detenerse y en el momento en que creo que va a chocar conmigo cierro los ojos. Cuando los abro, vuelvo mi cabeza y ella sigue su camino hasta perderse en la lejanía. Eso significa que me traspasó? Un fantasma. Creo recordar su cara pero una vez creo que la recuerdo se me olvida. La recuerdo cada vez que no piense al respecto. Me siento en la acera, a la sombra, como presa de una terrible agitación.
Bumbly acababa de llegar a la ciudad. Bogotá, una ciudad gris y fea que parecía desgarrar con su filoso aire cada inhalación y volver sobre la herida en la exhalación. Los edificios, curtidos y monstruosos, se levantaban a su paso para cortar el horizonte que le era tan propio. Las avenidas se tropezaban a los hombres repletas de un tránsito imposible, asfixiante y asesino. Los buses eran devoradores de esperanzas y la gente se moría de pena atestada en el corazón de la aglomeración sin despertar el mínimo sentido de solidaridad del vecino, vecino que tenía que velar por el cuidado de sus cinco hijos, también montados en ese transporte infernal y que se embrutecían a puntos de golpes con las varillas y los codos en la cabeza. Gran ciudad Bogotá!, la verdad es que uno se pregunta si vale la pena vivir bajo esas condiciones tan denigrantes o no será mejor colgarse a la sombra de un limonero en el pueblo que lo engendró a uno.
Blumby llegó a la ciudad, maleta de cartón en mano y sombrero en la cabeza. Siguió las instrucciones, cómo tomar el bus hasta la 26 y de allí tomar otro por la décima hacia el sur. Blumby, maleta de cartón en mano, miles de problemas en la cabeza, se bajó obediente en el tráfico enloquecido de la 26, con el fin de tomar su segundo bus. Tendría que cruzar el mar de este imposible tráfico. Llegó hasta el separador. A su lado, una señora de edad media aguardaba la misma oportunidad, agarrando de la mano a su pequeña hija.
- Hermano y la niña se adelantó sin fijarse en el bus que venía.
Blumby se preguntaba si alguna vez sería capaz de perdonarle a una ciudad esta indiferencia.
Tendré que quedarme esta noche en este pueblo muerto. Este pueblo que ya no es capaz de decirme más cosas. Es como si todo se hubiera mudado y sólo hubiera quedado el espacio como una mofa de lo que alguna vez fue. Y alguna vez fueron juegos infantiles, brillos, proyectos y esperanzas. Tenía un caballo que en realidad no era mío, le gustaba pasar los días a la sombra de un árbol frente a mi casa. Era tan flaco que despertaba mi conmiseración y cada tarde le llevaba un banano podrido o una manzana vieja. Alguna vez cuando niño mi mamaíta me compró un chivo. De allí, desde muy temprano, conocí el significado de la frase: más loco que una cabra. Me encantaba darle su tetero. Mientras alimentaba a mi animal le acariciaba el lomo. Me montaba encima del animal y conquistábamos naciones enteras entre los dos, pero fueron recuerdos que también perdí. Alguna vez caí de su cuerpo o me tumbó, cómo saberlo. Mi cara se llenó de sangre pero yo no tenía miedo y sujeté mi chivo porque sabía lo que vendría. Al ver el daño que me había causado el animal lo obligaron a perderse en la espesura de las calles vacías del pueblo. Y él iba llorando al tiempo que yo quedaba llorando. Gritaba por mi chivo, no era su culpa. Y el chivo jamás volvió.
Así que invito a la insolente joven de los jugos de naranja a bailar más tarde. Llévame al mejor sitio de esta pocilga. Ella apenas alza los hombros, ni le interesa ir ni le interesa despreciarme. La recojo en su casa a las 8 de la noche. Vaya, es bonita, debajo de esa tienda no parecía. Llevo mi camisa corta de baile con un estampado de un par de bombos rojos entrelazados en una cinta roja. Es mi camisa preferida. A ella no le gusta bailar salsa, me confiesa. Preferiría escuchar Incubus. Pero a mí no me gusta el rock y lo que quiero es bailar merengue.
Ella me llevaba el ritmo. Debajo de las transparencias de su blusa se perfilaba un hermoso par de senos. El descaderado se ajustaba perfectamente al menear de sus morenas caderas. Ya habíamos terminado la botella de ron y yo me sentía perfectamente listo para otra tanda de danzas y delirio en los brazos de la señorita. A Clara le hubiera parecido una cualquiera, una guisa, una basura pueblerina. Pero algo me decía que jamás lograría complacer a Clara, nunca daría con una chica a su altura, con alguna que se le comparara. Bailábamos un merengue apretadito, rodeados de miles de parejas que se entregaban a la danza como nosotros, en esa misma pista, secundados por la máquina de humo y la oscuridad de la discoteca. Le pregunté al oído a la muchacha: por qué te burlaste de mi pantalón? Y ella me susurró, con una risa contenida: porque te veías ridículo a pleno de rayo de sol vestido como un agente de los años 50's. Fue cuando recordé la misión que venía a cumplir en este pueblo, más exactamente en la vereda del pueblo, y la que había descuidado por el flujo de mis pensamientos y la libre voluntad que le daba a mi deseo. Ahora tal vez sería demasiado tarde.
Ella se llamaba Mónica. Tenía 17 años y le encantaba Incubus. "no los has escuchado, tío, son música del otro espacio". Hablando del otro espacio, tal vez ya sería demasiado tarde, tal vez ya estaría este padrecito William en el sitio, evangelizando las pruebas y dándole un carácter moral al hecho. En mis años de estudio en Criminalística teníamos un gran profesor, el Doctor Cagadory que nos enseñó la doctrina del crimen y me dío, en lo personal, la lección definitiva que marcaría el curso de mis investigaciones en los años siguientes. Un crimen es un hecho positivo que dice y no puede decir nada más allá de su propio ser y obedece a una lógica única como una explicación inmanente a ella: la prueba, muchachos, la prueba irrefutable y material que no concede espacio a las interpretaciones, eso es lo importante, y es la tarea trascendente que a ustedes como autoridades del crimen les compete entregar con lo mejor de su talento y vida en ella. Por esto, mientras bailaba la cucharita de Juan Luis Guerra me entró el odio por ese padre retórico llamado William Nobrainsky, hermano del prestigioso científico Virgilio Nobrainsky. El padre William era un veneno del discurso. Y yo tendría que pararlo. Esa nave, esa nave me pertenece a mí.
Son las tres de la mañana. Las cosas con Mónica prometen más de lo que se podría pedir. Me ha dicho que a pesar de mis excentricidades y de mis años me encuentra guay. Ya le he cogido con disimulo una nalga y sólo se ha limitado a verme fijamente a los ojos con picardía, sin decirme nada. Cuando vuelva del baño actuaré con más sagacidad. Considero que lo que hago es un arte. Voy por la botella a la mesa y me sirvo un poco de lo que queda en el vaso. La música se apaga repentinamente. Por qué? Por qué joder si hasta ahora las cosas iban a empezar? Por qué ahora? Aseguraría que en esta tierra no cerraban los bares sino entrada la madrugada. A través de las cabezas danzantes, ahora inmóviles, las cabezas ex-danzantes, y la bruma del humo los veo llegar. Hombres uniformados se desplegan por toda la pista de baile. Fuertemente camuflados y con sus armas sobre sus hombros. Detienen sus feroces miradas sobre todos los clientes. Uno ordena al dj que no pare la música. La reinicia, a bajo volumen; ya nadie baila, se han perdido todas las ganas.
La niña rubia está a un lado de la pista. Se ríe al verme y sale corriendo de la discoteca. Me estoy volviendo loco? Tiro el vaso a la pared y los hombres armados corren hacia mí. Voy hacia el baño, en donde debería estar Mónica. Le toco a la puerta pero no contesta. La tienen encerrada. Con mi sobrenatural fuerza tumbo la puerta y la veo con la boca arriba hacia el cielo. De ella emana una entidad extraterrestre. Al abandonarla arroja su cuerpo al arruinado piso del baño. Me golpeo la cabeza contras las páredes y es cuando soy detenido. Me sacan a empujones y me dicen que tal vez caí presa del pánico. Pero, en su lógica militar, si caí presa del pánico era porque seguramente ocultaba algo. Vamos habla, si no tienes nada oculto no temes nada. Me golpean contra los barrotes de la cárcel. Y había sido una noche tan bonita, pienso.
El resto de la noche fue una sucesión interminable de emesis y pavor.
